LA PRIMERA EXPEDICIÓN CIENTÍFICA A AMÉRICA
Mientras los conquistadores luchaban con y contra terribles guerreros ocultos en las selvas de América, un hombre perseguía el secreto de la curación. Francisco Hernández de Toledo fue el primer científico moderno de América que intentó meter un continente en una biblioteca. Su expedición de siete años por el Virreinato de Nueva España en el siglo XVI fue una epopeya de mestizaje intelectual. Hernández lideró lo que hoy consideraríamos la primera expedición científica moderna de la historia.
Francisco Hernández nació en La Puebla de Montalbán (Toledo) en 1514. Se formó en la Universidad de Alcalá de Henares, un hervidero de humanismo donde la medicina se estudiaba en los libros antiguos y a través de la observación directa.
Antes de su gran aventura americana, Hernández ya era un médico de prestigio. Había realizado otras expediciones científicas por la Península Ibérica y que estaba considerado como uno de los mayores expertos en plantas medicinales de su tiempo. Ejerció en los hospitales de Guadalupe y Toledo, tradujo al castellano la Historia Natural de Plinio el Viejo (un trabajo titánico que le dio las herramientas intelectuales para su futura obra) y había sido nombrado médico de cámara de Felipe II, lo que le situó en el epicentro del poder y la ciencia de la época.
En 1570, Felipe II, imbuido del espíritu del Renacimiento y del deseo de explotar los recursos desconocidos de América, entendió que el poder de un imperio también residía en sus raíces, flores y resinas, por lo que le encargó una misión sin precedentes: la Primera Expedición Científica al Nuevo Mundo. Las instrucciones eran claras y ambiciosas:
“Primeramente, que en la primera flota que de estos reinos partiere para la Nueva España os embarquéis y vayáis a aquella tierra primero que a ninguna otra parte de las dichas Indias, porque se tiene relación que en ella hay más cantidad de plantas e yerbas y otras semillas medicinales conocidas que en otras partes.»
«Os habéis de informar donde quiera que llegáredes de todos los médicos, cirujanos, herbolarios e indios e otras personas curiosas en esta facultad y que os pareciere podrán entender y saber algo, y tomar relación generalmente de ellos de todas las yerbas, árboles y plantas medicinales que hubiere en la provincia donde os halláredes”.
Otrosí os informareis qué experiencia se tiene de las cosas susodichas y del uso y facultad y cantidad que de las dichas medicinas se da y de los lugares adonde nascen y cómo se cultivan y si nascen en lugares secos o húmedos o cerca de otros árboles y plantas y si hay especies diferentes de ellas y escribiréis las notas y señales”.
“De todas las cosas susodichas que pudiereis hacer experiencia y prueba la haréis … las escribiréis de manera que sean bien conocidas por el uso, facultad y temperamento de ellas”.
«Informaos de todas las hierbas, árboles y plantas medicinales que hubiere en la provincia de Nueva España… y de la manera de cultivarlas… y de las virtudes y usos de ellas».
Felipe II
Francisco Hernández fue nombrado Protomédico General de nuestras Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano y obtuvo una financiación de 60.000 ducados para llevar a cabo la expedición.
Hernández desembarcó en Veracruz en 1571. Durante siete años, recorrió gran parte del territorio de Nueva España (actual México), enfrentándose a climas, selvas y geografía extrema que desafiaba cualquier esquema europeo previo.
Lo que hace a Hernández un pionero es su metodología. No despreció el conocimiento local; al contrario, se apoyó profundamente en los médicos indígenas y pintores (tlacuilos) que ilustraron las especies con una precisión asombrosa.
Estableció su centro de operaciones en el Hospital de la Santa Cruz de Tlatelolco, un lugar donde convergían el saber español y la milenaria tradición médica indígena. Trabajó codo a codo con médicos indígenas que habían heredado sus conocimientos por tradición oral. Cuando una planta era sugerida por un indígena, Hernández no la daba por buena de inmediato. La probaba en pacientes del hospital y observaba los resultados. Si el remedio funcionaba, lo incluía en su obra y conservó los nombres originales en náhuatl, entendiendo que el idioma contenía información taxonómica valiosa.

“Entre los indios practican la Medicina promiscuamente hombres y mujeres, a los que llaman ticitl. Estos ni estudian la naturaleza de las enfermedades y sus diferencias, ni, conocida la razón de la enfermedad, de la causa o del accidente, acostumbran a recetar medicamentos, ni siguen ningún método en las enfermedades que han de curar. Son meros empíricos y solo usan para cualquiera enfermedad aquellas hierbas, minerales o partes de animales que, como pasados de mano, han recibido por algún derecho hereditario de sus mayores y eso enseñan a los que les siguen”.
Hernández iba como un investigador experimental; probó remedios y realizó autopsias para entender el efecto de las plantas en el cuerpo humano. Curioso es un remedio indígena contra la diarrea, del cual escribió:
Remedio de la diarrea. Es el Apitzalpalti, una hierba de cinco palmos de largo, de raíz ramificada, hojas como de menta, flor amarillo rojiza, semillas como de malva, sabor casi nulo y naturaleza fría y salivosa. Debido a esto, las semillas o las hojas machacadas y tomadas en dosis de una onza con vino de metl o algún otro líquido astringente, contienen el flujo del vientre u otro cualquiera, de donde le viene el nombre. Se dice que en la misma dosis fortalecen el estómago y curan.
No todo fue armonía idealizada. Existía una tensión constante entre dos mundos. Hernández intentaba encajar las plantas americanas en las teorías de Galeno e Hipócrates. A veces, los indígenas le decían que una planta servía para algo que, según la teoría europea, era «imposible».
Además, debía tener cuidado. Muchas plantas se usaban en rituales religiosos indígenas. Para evitar problemas con la Inquisición, él intentaba separar el uso «médico» del uso «idólatra», algo que para los indígenas era inseparable, pues para ellos la medicina y la espiritualidad eran lo mismo.
«No hay que despreciar lo que la naturaleza enseña a los humildes, pues en una simple raíz puede hallarse el remedio que los libros de los sabios ignoran.»

Hernández trató de entender la «personalidad» médica de cada planta. Para un médico del siglo XVI, una planta no era solo un objeto, sino una combinación de potencias que podían sanar o alterar el espíritu. Introdujo al mundo maravillas que hoy consideramos cotidianas, pero que en el siglo XVI eran revolucionarias.
Gracias a la expedición de Francisco Hernández en Nueva España se descubrieron y trataron el cacao, la piña, el maíz, el guayaco, la zarzaparrilla, la nuez vómica, la fruta de la pasión y varias plantas alucinógenas utilizadas por los indígenas, como el peyote.
El Cacao; Hernández quedó fascinado por lo que llamó «el alimento de los dioses». Fue uno de los primeros en explicar que no era solo una bebida placentera, sino un medicamento potente. Lo clasificó como una sustancia de naturaleza fría y húmeda, recomendada para bajar la fiebre y para tratar problemas de hígado. Observó que los indígenas lo mezclaban con vainilla y pimienta negra para potenciar su efecto vigorizante.

El Maguey, «Árbol de las Maravillas»: Le dedicó páginas enteras porque no podía creer que una sola planta sirviera para tantas cosas a la vez. Notó que de ella se obtenía agua, vino (pulque), aceite, vinagre, miel, hilo para coser, vigas para casas y las espinas se usaban como agujas. Describió cómo el jugo de las hojas cocidas servía para limpiar heridas y cómo la raíz ayudaba a curar enfermedades de transmisión sexual (la «sífilis» de la época).
El Peyote: Fue el primer europeo en documentar científicamente el peyote, aunque lo hizo con una mezcla de curiosidad científica y cautela religiosa. Lo describió como una raíz pequeña y redonda que «hace que quienes la comen vean visiones espantosas o ridículas». A pesar de su recelo ante los ritos indígenas, reconoció su utilidad analgésica para tratar dolores articulares y musculares si se aplicaba de forma externa.
El Mechoacán: Esta planta fue uno de los grandes descubrimientos farmacéuticos que Hernández promocionó en Europa. En una época donde los médicos estaban obsesionados con «limpiar» el cuerpo, el Mechoacán se convirtió en el purgante preferido. Aseguraba que era mucho más suave y eficaz que los laxantes usados en el Viejo Continente.
La Flor de Nochebuena: Mucho antes de que fuera el símbolo de la Navidad en todo el mundo, Hernández la registró como una planta medicinal. Observó que las mujeres indígenas la usaban para aumentar la producción de leche materna. También destacó su belleza intensa, mencionando que se cultivaba en los jardines de los caciques mexicas simplemente por el placer de verla.
La Cocolmeca (Dioscorea): Documentó con mucho detalle varias especies de plantas trepadoras con raíces tuberosas que los indígenas llamaban Cocolmeca. Describió estas raíces como potentes remedios para «depurar la sangre» y tratar dolores articulares intensos. Dibujó sus hojas acorazonadas y describió la forma de sus raíces. En aquel momento, él no podía saber nada de hormonas, pero anotó algo clave; su capacidad para reducir inflamaciones graves. Siglos más tarde fue utilizada para desarrollar la cortisona contra la artritis.

Hernández estudiaba la planta primeramente en el lugar, tal y como le había indicado Felipe II y por ello, en alguna ocasión estuvo a punto de perder la vida, como al probar una planta durante un periplo por Michoacán. En aquella ocasión enfermó de cólicos y fiebres, posiblemente disentería, enfermedad que le acompañó hasta su muerte en Madrid en el año 1587.
«…y este cuidado y pena pienso ha sido parte de una prolija y grave enfermedad de la que al presente, como por milagro de Dios, me he librado.”
Si Hernández hubiera sido un dibujante mediocre o un descriptor vago, los científicos posteriores habrían confundido estas plantas con otras miles de especies similares. Su rigor permitió que otros botánicos pudieran darles un nombre científico oficial 200 años después. Es increíble pensar que un médico que viajaba en mula por la selva en el siglo XVI estaba, en realidad, señalando el camino para que 400 años después los pacientes de artritis disminuyeran sus dolores gracias a la cortisona.

El resultado de sus siete años de trabajo fue una obra colosal conocida originalmente como la Historia de las plantas de Nueva España, 24 libros sobre plantas, 1 sobre fauna, 1 de minerales y 10 de ilustraciones y dibujos, además de incontables notas escritas. Una obra de que documentó más de 3.000 especies de plantas, 400 animales (además de 230 de aves), muestras minerales y estudios arqueológicos.
Su obra no fue un simple catálogo de curiosidades, sino el primer tratado de farmacología global. Hernández fue, sin saberlo, el primer etnofarmacólogo. Su método de ir a la fuente (los médicos indígenas) es exactamente lo que hacen hoy las grandes farmacéuticas cuando envían científicos al Amazonas o a selvas tropicales para hablar con chamanes y curanderos.
Muchos de los remedios que anotó basándose en la observación clínica han sido validados por la bioquímica moderna. Antes de Hernández, si un libro antiguo decía que una planta curaba el hígado, se aceptaba sin rechistar. Hernández introdujo la mentalidad de laboratorio, documentando dosis, efectos secundarios y contraindicaciones. Sin su insistencia en la evidencia física, la medicina habría tardado mucho más en desprenderse de la magia y la astrología.
Gracias a sus informes, Europa empezó a importar resinas, bálsamos y raíces americanas que fueron esenciales en las boticas hasta bien entrado el siglo XX. Sentó las bases para que más tarde otros científicos como pudieran clasificar las plantas del mundo bajo un mismo sistema, usando muchas de las descripciones que Hernández salvó del olvido.
En marzo de 1576 hizo un envío a Felipe II de una copia de su obra. Esta versión revisada de su manuscrito contenía 893 páginas de texto junto con 2.071 páginas de pinturas de plantas para transmitir las plantas del Nuevo Mundo a Europa.
“Entregados tengo a los oficiales reales, para que envíen a V.M. con el armada que al presente está para partir, diez y seis cuerpos de libros grandes de la Historia Natural de esta tierra… No he respondido a la carta de V.S. esperando se acabase primero la del Libro de los animales de las Indias, el cual no he dejado de las manos un solo día hasta acabarle.. No van tan limpios, ni tan limados, o tan por orden (ni ha sido posible) que no deban esperar la última mano antes que se impriman, en especial que van mezcladas muchas figuras que se pintaban como se ofrecían».
Estando ya preparado para embarcar de regreso a España, hubo una epidemia de cocolitztli, una enfermedad endémica de la región que provocó una gran mortandad. Hernández pospuso el regreso y decidió quedarse para atender a los enfermos y escribió un tratado de esta enfermedad. Finalmente embarcó en marzo de 1577 con 22 libros, 68 talegas de semillas y raíces y 8 barriles con árboles y hierbas medicinales americanas, que junto con los 16 volúmenes ya enviados, recogían sus años de investigación científica en Nueva España.
Si la vida de Hernández fue una epopeya, el destino de su obra fue una tragedia griega. Al regresar a España con la salud quebrantada, en 1577, entregó al Rey 38 volúmenes de textos y dibujos, donde enumeraba los trabajos realizados y los libros concluidos: Las Antigüedades de la Nueva España, Traducción de la Historia Natural de Plinio, Historia Natural de la Nueva España, Tratado de Sesenta Purgas americanas, Plantas de Canarias, Plantas de Santo Domingo, Plantas de La Habana.

Felipe II, quizás abrumado por la magnitud del trabajo o por el coste de imprimirlo, depositó los originales en la biblioteca del Monasterio de El Escorial.
Con el ánimo amargado por no ver su obra publicada. Murió en Madrid en 1587, sin saber que siglos después sería considerado un titán de la ciencia universal.
Tras la muerte de Francisco Hernández, su obra quedó atrapada en una parálisis burocrática. Felipe II había gastado una fortuna en la expedición (se estima que unos 60,000 ducados, una cifra astronómica), pero el Rey era un hombre de secretos. Consideraba que la información sobre las plantas americanas era un secreto de Estado por su valor comercial y estratégico.
Pese a ello y por motivos humanitarios, Felipe II encargó a un médico italiano, Nardo Antonio Recchi, que hiciera un resumen de la parte médica para publicarlo. Este resumen perdió gran parte del alma etnográfica y científica del original. Una colección titulada Plantas y animales de la Nueva España, y sus virtudes por Francisco Hernández, también citado como Cuatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales que están recibidos en uso de medicina en la Nueva España publicado por Francisco Jiménez.

Los manuscritos originales quedaron guardados en El Escorial, y solo se permitía verlos bajo supervisión. Para el resto de Europa, el trabajo de Hernández era una leyenda; todos sabían que existía, pero nadie podía leerlo.
En 1603, un joven aristócrata italiano llamado Federico Cesi se enteró de la existencia del manuscrito de Hernández y decidió que su misión de vida sería publicarlo. Para él, ese libro era la llave para entender el orden de la creación. Fundó la Academia del Lince en Roma, la primera academia científica moderna del mundo (Galileo Galilei fue uno de sus miembros más ilustres). Eligieron al lince porque se creía que este animal tenía una visión tan aguda que podía ver a través de las paredes. Ellos querían hacer lo mismo; ver a través de la ignorancia usando la observación y el método científico.
Cesi envió emisarios a España para intentar conseguir copias del resumen que había hecho Nardo Antonio Recchi (el médico italiano que Felipe II contrató para sintetizar la obra de Hernández). Tras años de negociaciones y diplomacia científica, los Linces lograron hacerse con los papeles de Recchi.
Los científicos de la Academia comentaron los textos de Hernández, añadiendo dibujos y comparaciones con otras plantas conocidas. Cesi gastó su fortuna personal en la edición. Finalmente, en 1651 (casi 70 años después de la muerte de Hernández), se publicó en Roma el «Rerum Medicarum Novae Hispaniae Thesaurus».
Por primera vez, los botánicos de toda Europa pudieron ver imágenes precisas de la flora de Nueva España. Gracias a este libro publicado en Italia, el nombre de Francisco Hernández no desapareció de la historia tras el incendio de El Escorial en 1671, que había destruido los originales.
Aunque Francisco Hernández murió hace más de 400 años, su sombra es alargada; actualizó la medicina, que llevaba mil años estancada en los mismos textos griegos. Por ello es considerado el fundador de la farmacología moderna y la etnobotánica.


