RAMIRO I DE ASTURIAS
El reinado de Ramiro I de Asturias, Vara de la Justicia, representa uno de los periodos más críticos y, a la vez, transformadores del Reino de Asturias. Fue un reinado breve de apenas ocho años, pero Intenso. Brutal cuando fue necesario, devoto por convicción y un estratega que entendió que Asturias debía expandirse o morir. Durante su reinado, Asturias pasó de ser un foco de resistencia montañés a consolidarse como una potencia militar y la dotó de una identidad mística, ligada para siempre al origen del culto a Santiago como patrón de la guerra. Detuvo a los vikingos, mantuvo a raya a los moros, limpió el reino de ladrones y nos dejó los monumentos más bellos de la Alta Edad Media española.
A la muerte de Alfonso II el Casto, que no dejó herederos, el reino de Asturias entró en una crisis sucesoria. Ramiro, hijo de Bermudo I el Diácono, era el sucesor designado, pero cuando Alfonso II exhaló su último suspiro, Ramiro se encontraba en Bardulia buscando esposa.
Esa ausencia fue aprovechada por el Conde de Palacio, Nepociano, quien se autoproclamó rey con el apoyo de la aristocracia asturiana. Ramiro no se quedó de brazos cruzados. Reclutó un ejército de fieles gallegos. Esto es clave, pues demuestra que el reino ya no era solo Asturias, sino una entidad pluriregional.
Los dos ejércitos se encontraron a orillas del río Narcea (La Batalla del Puente de Cornellana). La victoria de Ramiro fue total. Nepociano huyó, pero fue capturado en Primorias por dos condes leales a Ramiro. Ramiro no tuvo piedad. Mandó cegar a Nepociano y lo recluyó en un monasterio.
Según la tradición visigoda (el Liber Iudiciorum), un rey o un pretendiente al trono debía ser físicamente íntegro. Al cegar a usurpadores o rebeldes, Ramiro los eliminaba políticamente para siempre sin «mancharse» las manos. Era una muerte civil. Esta dureza inicial marcó su estilo de gobierno.
Su reinado fue una lucha constante contra la aristocracia que quería un rey débil. Además del intento de derrocamiento inicial de Nepociano, las crónicas mencionan al menos otras dos grandes conspiraciones. La rebelión de Aldroito, un noble que intentó derrocarlo y terminó, al igual que Nepociano, ciego. Y la revuelta de Piniolo, quien perdió a sus siete hijos en la ejecución tras su traición.
«También Piniolo, que fue después de él (Aldroito), conde de palacio, se alzó en abierta usurpación contra el rey. Fue muerto por él junto a sus siete hijos»
Crónica Ad Sebastianum (c. 883)

Este uso sistemático de la mutilación y la ejecución le valió su apodo, Vara de la Justicia. Ramiro entendió que, para que el reino sobreviviera a Córdoba, no podía haber fisuras internas. Sin su mano firme, es probable que las revueltas internas hubieran fragmentado el reino mucho antes de que la Reconquista tomara forma real. Limpió el reino de bandidos y rebeldes, creando un estado de orden que permitió el florecimiento artístico.
Las crónicas de la época (como la Albeldense) dicen con admiración que Ramiro puso fin a los ladrones. Antes de su reinado, los caminos de Asturias y los pasos de montaña eran territorio de nadie. Los peregrinos que empezaban a ir hacia el Locus Sancti Jacobi (Santiago) eran asaltados constantemente. Ramiro limpió las rutas principales con una eficiencia aterradora. Convirtió la seguridad de los caminos en una cuestión de Estado, permitiendo que el comercio y la comunicación fluyeran de nuevo hacia Oviedo.
Ramiro también fue implacable con los reductos de paganismo que aún quedaban en las montañas asturianas y gallegas. Se persiguió la brujería y las prácticas adivinatorias, que se consideraban formas de traición espiritual contra el Estado cristiano.
El resultado de esta «Vara de la Justicia» fue un periodo de paz interna sin precedentes. Tras el caos inicial, los nobles asturianos comprendieron que era mejor ser un conde leal que un rebelde ciego.

En lo que respecta a los moros, El Emirato de Al Ándalus estaba en su apogeo cultural y militar. Las incursiones de los moros, en las cuales saqueaban todo lo que podían, quemaban las cosechas y secuestraban mujeres y niños, eran una amenaza constante para las aldeas asturianas. Según las crónicas, el emir de Al Ándalus exigía anualmente el Tributo de las Cien Doncellas (cincuenta nobles y cincuenta plebeyas) como pago por la paz. Ramiro, indignado por este ultraje a la honra, en el año 844 se negó a pagar.
Más allá del mito religioso de Santiago, la batalla contra el tributo de las doncellas tiene una lectura militar y económica real. El pago de tributos era una forma de descapitalización. Al negarse a pagar, Ramiro I no solo defendía el honor, sino que retenía recursos humanos y económicos dentro del reino. Ramiro fue el primer rey asturiano en declarar formalmente que su reino no era un vasallo de Al Ándalus, lo que elevó la moral de sus tropas.
El ejército musulmán era una fuerza mucho más sofisticada. Eran contingentes militares de origen sirio establecidos en distritos específicos que recibían tierras a cambio de servicio militar. Además, contaba con mercenarios y esclavos europeos. Por sí todo esto fuera poco, en tiempos de Yihad (guerra santa), miles de civiles del norte de África y Arabia se unían a las expediciones atraídos por el botín y el fanatismo islámico.
Ramiro I lideraba una fuerza mucho más homogénea pero menos numerosa. Todos los hombres tenían la obligación de acudir a la guerra cuando el rey lo solicitaba. El ejército de Ramiro destacaba por su fuerte componente gallego, una infantería muy aguerrida y experta en combate en bosques y montañas. Un núcleo de nobles y guerreros profesionales (milites) constituían la élite de caballería pesada (Guardia Palatina).
Los asturianos evitaban las llanuras donde la caballería musulmana era invencible. Atraían a los moros a los desfiladeros de la Cordillera Cantábrica. Siguiendo la tradición visigoda, la infantería formaba bloques compactos donde la superioridad numérica del enemigo se anulaba por la falta de espacio. Ramiro reforzó los castros y las antiguas murallas romanas (como las de Lugo o León) para que sirvieran como refugio mientras el ejército hostigaba la retaguardia musulmana.
En logística y finanzas la diferencia también era abismal. El emirato era una potencia económica que contaba con un sistema fiscal avanzado que cobraba impuestos a musulmanes, cristianos y judíos. Esto le permitía mantener máquinas de asedio (catapultas y arietes) y una cadena de suministros que llegaba hasta cualquier lugar. Asturias no tenía una moneda fuerte circulando. Su economía era de subsistencia y el ejército se mantenía mediante el botín. Esto limitaba el tiempo que el ejército podía estar en el campo de batalla; sí la campaña se alargaba mucho, los soldados debían volver a sus tierras para la cosecha o el reino moriría de hambre.

Aunque algunos historiadores modernos debaten la literalidad de la Batalla de Clavijo, las crónicas asturleonesas cuentan que Ordoño, el hijo de Ramiro I, cercó la ciudad de Albelda y estableció su base en el monte Laturce, es decir, el mismo lugar donde la leyenda sitúa la batalla de Clavijo. Y los hallazgos arqueológicos no dejan lugar a dudas: en Albelda se combatió, y mucho. El hecho de que la legendaria batalla se le atribuya a Ramiro I, demuestra que su figura fue percibida como el punto de inflexión donde el Reino de Asturias dejó de pagar tributos y empezó a funcionar como un reino cohesionado capaz de enfrentarse a Al Ándalus, que en aquél momento era el emirato más poderoso.
Ante la inminente llegada de los moros, Ramiro I aplicó una táctica de tierra quemada. En lugar de presentar batalla en las llanuras de la meseta (donde la caballería musulmana lo habría aniquilado), Ramiro ordenó evacuar las guarniciones de León y hostigar las líneas de suministro musulmanas desde los montes. Esto obligó a las tropas de islámicas a retirarse por falta de víveres, demostrando que Ramiro sabía cuándo no pelear para ganar.
Los ejércitos se encontraron en el Campo de la Matanza, cerca de Clavijo (La Rioja) y ante la escandalosa inferioridad numérica, el ejército asturiano tuvo que retirarse al monte Clavijo. La noche previa a la batalla Ramiro I tuvo una experiencia mística en la cual, en sueños, se le apareció el Apóstol Santiago quien le animó a presentar batalla a los moros asegurándole la victoria. A la mañana siguiente Ramiro I arengó a sus hombres contándoles su visión.

Al día siguiente, el 23 de mayo del año 844, antes del choque final, cientos de jinetes moros cabalgaron hacia las líneas asturianas, lanzando una lluvia de flechas, para luego dar media vuelta rápidamente. Frente a este hostigamiento, la respuesta de Ramiro I fue la inmovilidad absoluta. Los asturianos aplicaban el muro de escudos, una táctica heredada de las legiones romanas y perfeccionada por los visigodos.
Los infantes gallegos y asturianos se apretaban hombro con hombro. Los escudos (redondos o de lágrima) se solapaban creando una pared de madera y cuero casi impenetrable. Mientras las flechas musulmanas repicaban contra los escudos, los hombres de Ramiro permanecían en silencio, manteniendo la línea. Ramiro, desde la retaguardia con su caballería pesada, esperaba el momento en que el enemigo se confiara o se agotara.
Como la caballería musulmana no lograba romper el muro, el Emir envió a su infantería pesada y a su Guardia de Eslavos. Aquí la batalla se convirtió en un caos de metal y gritos. Los moros usaban espadas más ligeras y tácticas de esgrima más fluidas. Su ventaja era la velocidad y la capacidad de rotar tropas frescas desde la reserva.
Los asturianos usaban hachas de guerra y espadas pesadas diseñadas para romper escudos y armaduras. Era un combate de desgaste físico brutal. Se dice que en Clavijo, la ferocidad cristiana fue tal que las líneas musulmanas, acostumbradas a que el enemigo se retirara a las montañas, entraron en pánico ante un ejército que no retrocedía un solo centímetro.
En el momento culminante, donde la leyenda sitúa al propio Santiago en el campo de batalla sobre un corcel blanco, blandiendo una espada de luz, Ramiro I ejecutó su movimiento maestro; la carga de la caballería pesada. En este instante nace el grito de guerra ¡Santiago! y la figura de Santiago Matamoros.
Mientras la infantería musulmana estaba trabada en el muro de escudos, los caballeros asturianos (armados con lanzas y cotas de malla pesadas) cargaron por los flancos. En un terreno llano pero limitado, la carga de caballería compacta tuvo un efecto psicológico y físico devastador, los asturianos, enardecidos, masacraron a los moros.
La mitológica intervención de Santiago en las batallas contra los moros funcionó como un multiplicador de fuerza e hizo que el ejército asturiano fuera extremadamente difícil de desmoralizar, incluso cuando eran superados 10 a 1.
Y es que, la creación del mito de Santiago Matamoros fue una genialidad tal, que no solo se empleó en aquella batalla y durante el reinado de Ramiro, sino que el grito de !!Santiago¡¡ trascendió por los siglos durante toda la época de La Reconquista. Fue una invocación al momento de enfrentarse a los musulmanes y una motivación necesaria, ya que durante varios siglos siempre se enfrentaban a los moros en inferioridad numérica.
Un grito de guerra que continuó durante la Conquista de América y en las guerras de Flandes. Una sencilla imagen y exclamación que sirvió para escribir la historia de España.

Tras la victoria, en honor al Apóstol Santiago, Ramiro ordenó levantar la Iglesia del Bendito Santiago y otorgó a su General Sancho Fernández, ciertos privilegios además del apellido de Tejada en recuerdo de la rama de un tejo que utilizó como arma cuando se rompió su lanza en el combate y que blandía valientemente arengando a sus tropas en un último esfuerzo.
Además, Ramiro dictó el voto de Santiago, comprometiendo a todos los cristianos de la Península a peregrinar a Santiago de Compostela portando ofrendas como agradecimiento al Apóstol por su intervención en la batalla.
Pero Ramiro no se dejó llevar por la euforia y era consciente de la inferioridad demográfica y económica frente a Al Ándalus, por lo que mantuvo la prudencia y se no se obsesionó con destruir el Califato (algo imposible en ese siglo), sino demostrar que el coste de invadir Asturias era demasiado alto.
Ese mismo año, Ramiro tuvo que enfrentar otra amenaza que vino del mar; los vikingos. Una flota de 80 drakkars (barcos vikingos), apareció en el horizonte tras haber saqueado las costas francesas e intentó desembarcar en el puerto de Gijón. Al no encontrar botín fácil, siguieron hacia el oeste hasta llegar a Coruña.
Los vikingos utilizaban una táctica de «Guerra Relámpago»; desembarcar, saquear todo lo posible y retirarse antes de que el ejército local pudiera organizarse. Sin embargo, Ramiro I tenía a sus tropas en alerta máxima gracias a un sistema de atalayas de señales (fuegos y espejos) heredado de los romanos para vigilar la costa y envió de inmediato un contingente armado a la costa gallega.
Lo que ocurrió fue un duelo de titanes. Los vikingos eran maestros del Skjaldborg (su versión del muro de escudos), pero se encontraron con que los soldados de Ramiro I utilizaban una formación casi idéntica, heredada de la tradición visigoda y romana. Los vikingos solían romper las líneas enemigas por puro impacto psicológico. Pero los hombres de Ramiro mantuvieron la formación. Cuando los vikingos chocaron contra el muro asturiano, se encontraron con una pared de madera y hierro que no retrocedía.
Mientras que los vikingos llevaban hachas y protecciones de cuero, la élite de Ramiro portaba cotas de malla y espadas de tipo carolingio, más pesadas y eficaces en el combate cuerpo a cuerpo prolongado. Fue una derrota catastrófica para los nórdicos. La Vara de la Justicia había enviado un contingente que no buscaba negociar, la orden era el exterminio de los invasores. Se estima que miles de vikingos cayeron en las playas y campos cercanos a Coruña. Todo lo que habían saqueado en incursiones previas quedó en Asturias.
Lo que más dolió a los vikingos fue que los asturianos lograron prender fuego a gran parte de sus barcos utilizando proyectiles incendiarios (una versión primitiva del fuego griego o simplemente flechas con brea) para destruir las naves vikingas, cuyos barcos eran de madera calafateada con resina altamente inflamable. Para un vikingo, su barco era su hogar, su medio de transporte y su única vía de escape. Perder el barco significaba morir en una tierra extraña. Los supervivientes vikingos estaban tan diezmados y aterrorizados que huyeron hacia el sur. Fue esa misma flota la que, poco después, atacó Lisboa y saqueó Sevilla.

El mensaje quedó claro en el mundo vikingo; Asturias no era objetivo fácil. De hecho, las incursiones en el norte de la Península disminuyeron drásticamente, ya que los vikingos prefirieron buscar objetivos menos «blindados» en las costas de Francia o el sur de Al-Ándalus.
Ramiro I demostró que su ejército era polivalente y una potencia capaz de defender su litoral. Su capacidad para mantener un ejército movilizado contra los moros, mientras sufría revueltas internas y además ataques vikingos desde el mar, es muestra de un genio logístico militar inusual para la época.
Pese a ello, Ramiro mantuvo una política de defensa activa. Fortificó las líneas del Duero y aseguró que las incursiones de los moros no lograran asentarse en territorio asturiano.
Durante su reinado, Oviedo y sus alrededores vivieron una explosión creativa y política que rompió con la austeridad anterior. Su legado arquitectónico es, literalmente, Patrimonio de la Humanidad. Ramiro I impulsó un estilo único dentro del Prerrománico Asturiano, conocido como periodo ramirense.
Sus edificios introdujeron relieves escultóricos de influencia bizantina. Medallones con animales fantásticos, caballeros y motivos vegetales que no existían antes. Atrajo a arquitectos y artistas de Europa e incluso de tierras musulmanas huidos del Emirato, lo que convirtió a Oviedo en una capital cultural.
El diseño de los edificios en Oviedo era tan avanzado que los arquitectos posteriores del románico (siglos XI y XII) venían a Asturias para estudiar cómo habían logrado levantar techos de piedra tan altos sin que se cayeran.
En el Monte Naranco, frente a Oviedo, construyó un complejo palaciego y religioso que desafiaba las técnicas de la época.
Santa María del Naranco es un edificio de dos plantas con una armonía de proporciones que parece adelantarse siglos al románico. Sus arcos peraltados y su decoración escultórica son señales de un rey que se veía a sí mismo como el heredero legítimo de la majestad visigoda. Construido originalmente, como salón del trono, fue el primer edificio en Europa en utilizar la bóveda de cañón en todo el recinto. Esto permitía construir en altura sin que el edificio se derrumbara por el peso. Tiene dos miradores laterales desde donde Ramiro podía observar Oviedo.

San Miguel de Lillo es la iglesia palatina del complejo. Aunque un derrumbe en el siglo XI nos dejó solo un tercio de su estructura, lo que queda muestra una esbeltez asombrosa. Las ventanas de piedra tallada son de una delicadeza que parece encaje, demostrando que en Oviedo trabajaban los mejores canteros de Europa.
Al construir edificios tan sofisticados, Ramiro enviaba un mensaje a Al Ándalus y a Europa, recordando que no toda la Península Ibérica había caído en manos del islam y que en el norte de la Hispania romana, el reino de Asturias resistía heroicamente y con tronío, y que era un reino dispuesto a ser el Nuevo Imperio Cristiano.
Ramiro I de Asturias, Vara de la Justicia, murió en su palacio de Naranco el 1 de febrero del año 850. Su cuerpo fue llevado a la Catedral de Oviedo y enterrado en el Panteón de los Reyes, junto a su segunda esposa, Paterna.
OBIIT DIVAE MEMORIAE RANIMIRUS REX DIE KAL. FEBRUARII. ERA DCCCL. OBTESTOR VOS OMNES QUI HAEC LECTURI ESTIS. UT PRO REQUIE ILLIUS ORARE NON DESINETIS.
EL REY RAMIRO, DE DIVINA MEMORIA, FALLECIÓ EL 1 DE FEBRERO, AÑO 850. LES PIDO A TODOS LOS QUE LEEN ESTO, QUE NO DEJEN DE ORAR POR SU DESCANSO


