LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO; EN EL MAR SIN LÍMITES

El Océano Pacifico ocupa una tercera parte del planeta Tierra, sus cifras son desorbitantes; cubre un área de 155.557.000 de kilómetros cuadrados, tiene un volumen de 714.839.310 kilómetros cúbicos, se extiende 15.000 kilómetros de norte a sur, una anchura máxima de 19.800 kilómetros y una profundidad media de 4.280 y máxima de 10.924 metros. Estos datos exactos los conocemos hoy, cuando la expedición de Magallanes – Elcano surcó este inmenso océano antes que nadie en 1521, no.

“El miércoles 28 de noviembre de 1520 desembocamos del estrecho para entrar en el gran mar , al que enseguida llamamos mar Pacífico, en el cual navegamos durante tres meses y veinte días sin probar ningún alimento fresco”

Antonio Pigafetta

Tras descubrir el estrecho que unía el Atlántico con el Pacífico, la expedición comenzó a navegar por el desconocido océano en su misión de llegar a las Islas de las Especias sin saber la verdadera dimensión del Pacífico. Durante aquella larga travesía pasaron 100 días sin encontrar tierra a la vista, por lo que las provisiones de comida y carne se acabaron y llegaron a bordo tres nuevos “tripulantes”; el hambre, la sed y el escorbuto. Las raciones de comida se vieron limitadas únicamente a la cantidad de arroz que cabe en un puño y la escasez de agua les obligó a cocinar aquel arroz con agua salada de mar. Pero el arroz también se acabó. Antonio Pigafetta, el cronista de la expedición embarcado, lo cuenta así:

“La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos que habían devorado toda la sustancia y que tenía un hedor insoportable. El agua que nos veíamos obligado a beber era igualmente pútrida y hedionda. Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero con el que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas. Este cuero siempre expuesto al agua, al sol, a los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar durante cuatro o cinco días para ablandarse un poco, y en seguida lo cocíamos y lo comíamos… Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro que se pagaba cada una a medio ducado…”

Antonio Pigafetta

No hace falta decir que con la desnutrición y la deshidratación, llegaron las enfermedades, especialmente el escorbuto, la enfermedad más temida y más habitual en los barcos de aquella época, una enfermedad de la que se desconocía el tratamiento.

“Nuestra mayor desdicha era vernos atacados por una enfermedad por la cual las encías se hinchaban hasta el punto de sobrepasar los dientes, tanto de mandíbula superior como de la inferior, y los atacados por ella no podían tomar ningún alimento. Murieron diecinueve hombres, entre ellos el gigante Patagón y un brasileño que iba con nosotros. Además de los muertos, tuvimos de veinticinco a treinta marineros enfermos, que sufrieron dolores en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero curaron”

Antonio Pigafetta

Pero no solo vivieron penurias, también vivieron nuevos fenómenos astronómicos desconocidos hasta la fecha, como la constelación llamada Cruz del Sur o la Nube de Magallanes , dos constelaciones ( Nubecula maior y Nubecula minor), ambas perceptibles a simple vista en el hemisferio austral. Están unidas por un puente gaseoso llamado Corriente Magallánica. Contienen una proporción importante de estrellas azules jóvenes y de gas interestelar.

“El cielo del polo Antártico no es tan estrellado como el del Ártico. Se ven muchas estrellas pequeñas tan juntas que parecen dos nubes, muy cerca la una de la otra y un poco borrosas. En medio hay dos estrellas muy grandes y muy brillantes que casi no se mueven, son las que indican el polo Antártico… La aguja de nuestra brújula comenzó a girar marcando el polo Ártico pero no tenía la fuerza suficiente para vencer la nueva atracción”

Antonio Pigafetta
La Cruz del Sur
Nube de Magallanes

Tras tres meses y veinte días después de salir del Estrecho de Magallanes, el 24 de enero de 1521, la expedición vio tierra firme pero no pudo echar el ancla debido a los arrecifes y a la gran cantidad de tiburones blancos (los más grandes y peligrosos), por temor a que los tiburones confundieran la panza de las barcas con otros animales marinos. Se trataba de dos pequeñas islas; a la primera la llamaron San Pablo (actual Puka Puka) y a la segunda De los Tiburones (actual Manihiki), ambas en lo que hoy forman la Polinesia Francesa.

“Durante tres meses y veinte días navegamos sin detenernos recorriendo alrededor de cuatro mil leguas de este mar Pacífico (que, en verdad, es bien pacífico porque durante ese tiempo no hubo tempestades) sin divisar otra tierra más que dos islotes deshabitados en los que solo encontramos pájaros y árboles. Las llamamos las islas Infortunadas. Distan doscientas leguas la una de la otra y no pudimos echar el ancla pues veíamos muchos tiburones… Cada día hacíamos cincuenta, sesenta o setenta leguas según la singladura. Si Dios y su bendita Madre no nos hubieran proporcionado tan buen tiempo hubiéramos muerto todos en este mar sin límites. Tengo la certeza de que un viaje igual no se volverá a hacer nunca”.

Antonio Pigafetta
Islas Infortunadas, según dibujo de Pigafetta
Monolito en la isla de San Pablo (actual Puka Puka) en recuerdo a la expedición de Magallanes – Elcano

No es difícil imaginar la gran desolación que debieron sufrir aquellos hombres sin comida y sin agua al no poder desembarcar en aquellos atolones, tras la tortura psíquica y física de navegar durante 110 días sin divisar nada que no fuera océano, en aquel mar sin límites, como lo llamaron. Todavía tendrían que esperar 20 días más hasta que por fin pudieron desembarcar y reabastecerse en una isla. Pero esa es otra historia dentro de esa maravillosa e irrepetible hazaña que fue la primera vuelta al mundo.

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