EL OCASO DE LA JAURÍA
El ataque pirata a San Juan de Puerto Rico en 1595
El año 1595 marcó un punto de inflexión dramático en la larga y encarnizada Guerra Anglo-Española (1585-1604). Fue el año en que la Inglaterra isabelina lanzó su última gran apuesta naval contra el Caribe, una expedición masiva liderada por las dos figuras más despreciables de su época, los piratas: Drake y Hawkins. El objetivo final de este asalto no era originalmente Puerto Rico, pero la avaricia acabó convirtiendo en objetivo a la pequeña isla. El resultado fue una de las batallas más decisivas y simbólicas derrotas inglesas. La épica defensa de San Juan de Puerto Rico no solo salvó una ciudad Patrimonio de la Humanidad levantada por España, sino que también significó el fin de una era, cerrando el capítulo de las grandes jaurías piratas con una derrota estrepitosa.
A finales del siglo XVI, la guerra de la Inglaterra contra la España de Felipe II se había estancado en una guerra de desgaste. Siete años después de la derrota de la Gran Armada española en 1588 y seis después de la todavía mayor derrota de la Contra Armada inglesa en Coruña, España mantenía su poder naval y había fortificado sus rutas atlánticas con un sistema de flotas y galeones mucho más eficaz. Inglaterra, por su parte, sufría dificultades económicas y sus saqueos piratas ya no eran tan rentables ni sencillos como en décadas anteriores.
En este clima, la reina de Inglaterra autorizó una expedición masiva. El plan original era ambicioso: atacar Panamá, el corazón logístico desde donde la plata del Perú cruzaba el istmo para ser embarcada hacia Europa. Para liderar esta empresa, se recurrió a la «vieja guardia» carroñera. Hawkins, el pionero del comercio transatlántico de esclavos y Drake, «El Draque» para los españoles, el primer inglés en circunnavegar el globo tras secuestrar a un piloto español.

Ambos ladrones eran leyendas vivas en su país, pero sus mejores años habían pasado y sus estilos de mando eran opuestos. Hawkins era metódico, cauteloso y un administrador nato. Drake era impulsivo, carismático y se basaba en la improvisación. Esta fricción en el mando resultaría fatal para la operación. La flota que reunieron era imponente: 27 barcos, incluyendo seis galeones reales y unos 2.500 piratas.
Mientras los malos se preparaban en Plymouth, ocurrió un suceso en el Caribe que cambiaría el curso de la historia. La Flota de Tierra Firme española, que transportaba las mercancías anuales a Sevilla, fue azotada por un huracán en el Canal de las Bahamas. La nave capitana (buque insignia) de la retaguardia, el gran galeón Nuestra Señora de Begoña, sufrió daños catastróficos. Perdió sus mástiles y quedó a la deriva, incapaz de continuar el viaje transatlántico.

Pero gracias al buen hacer y la gran capacidad de sacrificio de los marinos hispanos, la Begoña logró llegar al puerto de San Juan de Puerto Rico en abril de 1595. A bordo llevaba una carga demasiado valiosa para pasar desapercibida: aproximadamente tres millones de monedas en oro y plata.
El gobernador de la isla, Pedro Suárez, un veterano experimentado de las guerras europeas, sabía que el tesoro atraería a los ingleses como la sangre a los tiburones. Suárez actuó con rapidez y energía. Desembarcó el tesoro y lo custodió en La Fortaleza (el palacio de Santa Catalina). Usó los cañones de la Begoña para reforzar las baterías costeras y preparó a la población capaz de combatir para prepararse a un asedio.
San Juan de Puerto Rico era conocida estratégicamente como la «llave de las Indias», la primera parada importante para los barcos que llegaban de España y la última para los que regresaban. Sin embargo, sus defensas en 1595 no eran aún la fortaleza inexpugnable que serían un siglo después. El Castillo San Felipe del Morro era todavía una fortificación modesta, y la guarnición era pequeña, compuesta por unos pocos cientos de soldados regulares y milicias locales.

La noticia del galeón averiado y su inmenso tesoro varado en San Juan no tardó en llegar a Europa. Los espías ingleses informaron a Isabel I y a su jauría pirata. El objetivo de la expedición cambió inmediatamente. Panamá podía esperar; el tesoro de la Begoña era una presa demasiado tentadora y accesible para ignorarla. La misión se reorientó: tomar San Juan, capturar el oro y asestar un golpe financiero mortal a España…
Pero el servicio de información de Felipe II era extraordinario y aunque el objetivo inglés no fue descubierto, si los preparativos de la flota pirata, por lo que se decidió enviar con urgencia desde la península una escuadrilla de cinco fragatas rápidas y bien armadas bajo el mando de Pedro Téllez de Guzmán, rumbo al Caribe.

La flota inglesa zarpó de Plymouth en agosto de 1595. Desde el principio, las tensiones entre Drake y Hawkins ralentizaron el progreso. Al llegar al Caribe, cometieron un error táctico fundamental. En lugar de dirigirse directamente a Puerto Rico para aprovechar el factor sorpresa, decidieron detenerse en la isla de Guadalupe para limpiar los cascos de los barcos, reabastecerse de agua, reorganizar sus fuerzas y hacer el pirata; saquear los recursos de la isla, emborracharse y abusar de las nativas.
Aunque la isla formalmente pertenecía a España, no había establecido una presencia militar permanente en la isla para esa fecha, centrándose en territorios continentales y rutas marítimas más lucrativas. Mientras los piratas estaban anclados en Guadalupe, las cinco fragatas españolas de Téllez de Guzmán, en su ruta hacia San Juan, aparecieron inesperadamente. Pese a encontrarse en clara inferioridad, los españoles lograron capturar una pequeña embarcación inglesa, la Francis.
El capitán de la Francis fue interrogado y, bajo presión, decidió «cantar». Informó que el objetivo era San Juan y el tesoro de la Begoña. Téllez de Guzmán, comprendiendo la urgencia, navegó a toda vela hacia Puerto Rico. Llegó el 13 de noviembre, apenas unos días antes que los ingleses, y entregó la inteligencia vital al gobernador Suárez Coronel. La sorpresa estratégica, el arma más poderosa de Drake, se había evaporado. Los españoles sabían exactamente quién venía, con qué fuerza y cuál era su objetivo.
Bajo el mando unificado de Suárez, Téllez de Guzmán y Alonso de Vargas (capitán de La Begoña), se prepararon para resistir un asedio.

Mientras tanto, en la flota inglesa, la moral decaía. Hawkins había enfermado gravemente durante la travesía y el haber sido descubiertos por los españoles en Guadalupe los desanimo, pues comprendieron que habían perdido el efecto sorpresa.
El 22 de noviembre de 1595, la imponente flota pirata apareció en el horizonte de San Juan. Ese mismo día, mientras los barcos maniobraban para tomar posiciones frente a la isla, el diablo decidió que era el momento de llevarse al infierno a Hawkins, que falleció en su camarote. Su muerte dejó a Drake como comandante único, pero también arrojó una sombra de mal agüero sobre la expedición.

Drake, ahora al mando absoluto, intentó una aproximación inicial que demostró su subestimación de las defensas españolas. Buscando un fondeadero al este de la entrada del puerto, en la zona conocida como la bahía de Cabras, la flota inglesa se acercó demasiado a las baterías costeras.
La respuesta hispana fue inmediata y letalmente precisa. Los artilleros del Morro y de las baterías de Santa Elena, reforzados con los cañones de la Begoña, escupieron fuego y hierro. Uno de los primeros disparos de cañón hizo historia. Una bala de cañón atravesó el costado del buque insignia de Drake, el Defiance, justo mientras él estaba cenando. El proyectil destrozó el taburete en el que estaba sentado Drake, matando instantáneamente a dos de sus compinches veteranos, Nicholas Clifford y Brute Brown, que estaban a su lado. Aunque la cena se le indigestó, Drake resultó sorprendentemente ileso, pero el impacto psicológico fue inmenso. «El Draque», el pirata que se creía inmortal, había sido alcanzado en su propio camarote. Sin duda que el destino evitó que muriese de manera instantánea en aquel momento para que fuera consciente de su ocaso.
La flota pirata se vio obligada a retirarse apresuradamente fuera del alcance de los cañones, sufriendo daños significativos en varios barcos durante la maniobra. Drake tuvo que replantear su estrategia. Un asalto frontal o un bombardeo a distancia eran imposibles.
El viejo pirata sabía que no podía tomar la ciudad por tierra fácilmente sin antes neutralizar el poder naval español en el puerto. Él creía que el tesoro todavía estaba en las fragatas de Téllez de Guzmán, ancladas en la bahía, protegidas por el Castillo del Morro y un arrecife natural, pues suponía erróneamente que formaban parte de la Flota de Indias que había quedado separada del resto junto a la Begoña a causa del huracán.
Entonces ideó todo un clásico de su repertorio de ladrón: un ataque nocturno sorpresa con botes pequeños para incendiar y destruir los barcos españoles, abriendo así el camino para un desembarco principal.
En la noche del 23 de noviembre de 1595, bajo un cielo oscuro, sin luna, con nocturnidad y alevosía, los ingleses lanzaron su ataque. Cerca de 30 lanchas, tripuladas por unos 1.500 piratas escogidos entre la peor calaña que Britania había parido, avanzaron silenciosamente hacia la boca del puerto. Estaban armados con mosquetes, picas y artefactos incendiarios (brulotes) destinados a prender fuego a las fragatas españolas.
Pero los españoles estaban esperando. El viejo pirata era buen ladrón pero pésimo estratega y su modus operandi para entonces era casi más viejo que el tabaco. El gobernador Suárez había ordenado una defensa ingeniosa y desesperada. Para bloquear la entrada al puerto, hundieron un viejo barco mercante en el canal principal y tendieron una gruesa cadena de hierro y maderos flotantes (una «estacada») entre el Morro y el pequeño fuerte de San Juan de la Cruz al otro lado de la bahía. Todos fingían dormir.
Cuando las lanchas piratas se acercaron a la barrera, el silencio se rompió y la noche se hizo día. Desde el Morro, desde las baterías de la costa y desde las cinco fragatas españolas ancladas detrás de la cadena, se desató un tremendo fuego. Cañones cargados con metralla, arcabuces y mosquetes barrieron las aguas.
La batalla fue brutal. Los piratas, atrapados en el punto de estrangulamiento y bajo un fuego cruzado devastador, lucharon con desesperación. Lograron acercarse a las fragatas españolas. De hecho, consiguieron prender fuego a una de ellas, la Texeda. El incendio iluminó la bahía como si fuera de día, pero aquello se les volvió en su contra porque gracias a la luz, las lanchas piratas quedaron en blancos perfectos para los artilleros españoles.

La tripulación de la Texeda luchó heroicamente contra las llamas al tiempo que repelía los abordajes piratas, logrando finalmente extinguir el fuego antes de que consumiera la nave o explotara su santabárbara (el deposito donde se guardaba la pólvora). Los otros intentos piratas de usar brulotes fracasaron, siendo desviados por las corrientes o hundidos por el fuego defensivo.
Después de horas de combate en las aguas oscuras de la bahía, con sus lanchas destrozadas y cientos de bajas (se estima que esa noche entre 400 y 500 piratas marcharon al averno, mientras que las bajas españolas fueron mínimas, alrededor de 40), Drake ordenó la retirada. El asalto había fracasado estrepitosamente. La inquebrantable moral hispana, una combinación de fortificaciones costeras bien situadas, una barrera física en el puerto y la potencia de fuego móvil de las fragatas, había resultado impenetrable.
Durante los dos días siguientes, la flota carroñera permaneció anclada a una distancia segura, lamiéndose las heridas. Drake, enfrentado a la realidad de que San Juan no caería y que el tesoro estaba fuera de su alcance, tomó la decisión de abandonar la empresa.
El 25 de noviembre, la pestilente flota pirata levó anclas y se alejó de Puerto Rico, derrotada y desmoralizada. Pero la tragedia para los piratas aún no había terminado. Retomaron su plan original de atacar Panamá, pero la suerte de Drake se había apagado. Sus intentos posteriores de asalto en Hispanoamérica fueron igualmente infructuosos, encontrando ciudades ya alertadas y preparadas para la defensa.
En enero de 1596, apenas dos meses después del desastre en San Juan, Drake enfermó de disentería frente a las costas de Panamá. Su socio el diablo se lo llevó lentamente y murió delirando, ordenando que le pusieran su armadura para enfrentar a la muerte, como sí fuera un soldado y ocultar su condición de ladrón. Tras una vida dedicada a llevarse el oro y la plata de otros al final de su vida solo se llevó plomo; el del ataúd en el que fue lanzado al mar.
La exitosa defensa de San Juan en 1595 tuvo inmensas repercusiones. La bonita y pujante ciudad de San Juan de Puerto Rico se salvó y validó su título de «Antemural del Imperio». España demostró que las costosas y complicadas reformas defensivas en el Caribe funcionaban. La Corona invertiría masivamente en las décadas siguientes para convertir El Morro en la formidable ciudadela que conocemos hoy, asegurándose de que ningún otro ataque tuviera posibilidades de éxito.

Para Inglaterra, la expedición fue una catástrofe financiera y «humana». La pérdida Hawkins y Drake en una sola incursión marcó el fin simbólico de la era dorada de los piratas. Aunque la guerra continuó hasta 1604, la Pérfida Albión nunca volvió a montar una amenaza pirata de tal magnitud en el Caribe durante el reinado de Isabel I. La Batalla de San Juan de 1595 demostró que la época de las incursiones fáciles y los saqueos impunes había terminado; el ocaso de la jauría había llegado.


