LA RECONQUISTA

LA RECONQUISTA DE HUESCA

La recuperación de la ciudad de Huesca en el año 1096 no fue simplemente una victoria militar más en el largo proceso de la Reconquista; fue el punto de inflexión definitivo que transformó al incipiente Reino de Aragón de un condado montañés a una potencia regional capaz de disputar la hegemonía del Valle del Ebro. Este evento, donde se entrelazan la historia documentada, la geopolítica compleja del siglo XI y la leyenda fundacional de San Jorge, marcó el destino de la Corona de Aragón.

Para comprender la magnitud de la conquista de Huesca, es necesario entender el escenario de la Península Ibérica a finales del siglo XI. El Califato de Córdoba se había desintegrado décadas atrás, dando paso a los Reinos de Taifas. Estas entidades políticas musulmanas, aunque culturalmente esplendorosas y económicamente ricas, eran militarmente débiles e inestables.

En el norte, los cuatro reinos hispanos (León, Castilla, Navarra y Aragón) habían comenzado a explotar esta debilidad mediante el sistema de parias: tributos en oro que los reyes moros de las taifas pagaban a los monarcas cristianos a cambio de protección y de no ser atacados.

La Taifa de Zaragoza era una de las más poderosas. Su rey era un gobernante hábil que mantenía un delicado equilibrio diplomático. Pagaba parias a Alfonso VI de León y Castilla, lo que teóricamente le garantizaba la ayuda militar castellana ante agresiones externas.

Por otro lado, Aragón, estaba en plena ebullición y estaba unido a Navarra. El rey Sancho Ramírez (Sancho I de Aragón y V de Pamplona) había pasado su reinado consolidando las fronteras y expandiéndose hacia el llano. Para Aragón, salir de los valles pirenaicos no era solo una ambición, era una necesidad de supervivencia económica y demográfica. Y la llave de ese llano era la inexpugnable ciudad de Huesca.

Muralla y torreón de Huesca, testigos de la reconquista de Huesca. Foto de Richi Pérez

Huesca era la ciudad musulmana más septentrional en la península Ibérica, una plaza fuerte fronteriza con murallas formidables y una guarnición experimentada. Para los aragoneses, Huesca era la «espina clavada» que impedía su expansión hacia el sur e impedía el acceso al Valle del Ebro, imprescindible para generar una agricultura necesaria para la supervivencia de Aragón.

El rey Sancho Ramírez entendió que Huesca no podía ser tomada mediante un asalto directo. Su estrategia fue el aislamiento. Construyó castillos en la periferia para cortar las líneas de suministro y comunicación de la ciudad, siendo el más importante el Castillo de Montearagón. Desde esta fortaleza, que se alzaba imponente sobre un cerro cercano, el rey y sus tropas podían vigilar constantemente la ciudad y hostigar a sus habitantes.

Castillo de Montearagón. Foto de Javier González Martín

En 1094, sintiendo que el momento era propicio, Sancho Ramírez cerró el cerco. Sin embargo, el destino fue cruel. Mientras inspeccionaba las murallas de Huesca buscando un punto débil, el rey se acercó demasiado imprudentemente. Un arquero musulmán disparó una flecha desde las almenas que encontró un hueco en la armadura real, hiriendo mortalmente a Sancho en el pecho (o en la axila, según las crónicas).

Sancho Ramírez, rey de Aragón y Navarra, es alcanzado por una flecha durante el asedio a Huesca

La muerte de Sancho Ramírez podría haber significado el fin de la campaña y la desmoralización del ejército aragonés. Sin embargo, en su lecho de muerte, el rey hizo jurar a su hijo y sucesor, Pedro I, que no levantaría el asedio hasta que Huesca fuera cristiana.

A menudo, la historia tiende a recordar a los iniciadores y a los grandes conquistadores. Pedro I queda en medio, con un reinado corto de apenas 10 años, pero su papel fue fundamental. Sin Pedro I, el reinado posterior de Alfonso el Batallador no habría sido posible. Pedro I no fue solo un guerrero, fue un estadista que tuvo que madurar de golpe tras ver morir a su padre.

Su padre había viajado a Roma y convertido a Aragón en vasallo del Papa para ganar legitimidad internacional. Pedro mantuvo esa política férrea, asegurando que la Iglesia apoyara la Cruzada aragonesa. Y no olvidemos que Pedro I firmaba como «Rey de Aragón y de Pamplona». Mantuvo unidos ambos reinos bajo una misma corona, lo que le añadió unos recursos humanos (tropas navarras) importantes para tomar Huesca.

Pedro I ascendió al trono con una misión clara. Además una cuestión de recuperar un territorio usurpado por los moros, lo era también de honor y legitimidad dinástica. Tras un breve periodo para asegurar su posición y reorganizar las tropas, Pedro I reanudó el asedio con una intensidad renovada en la primavera de 1096.

A diferencia de su padre, Pedro I no buscaba solo hostigar, sino estrangular completamente a la ciudad. Las tropas aragonesas y navarras (recordemos que Pedro también era rey de Pamplona) cortaron el suministro de agua y alimentos. Los campos alrededor de Huesca, que solían alimentar a la ciudad, fueron controlados por los hispanos.

Dentro de las murallas de Huesca, la situación se volvía desesperada. Las reservas de comida se agotaban y la moral de la población decaía. El gobernador de la ciudad envió mensajeros desesperados a Zaragoza, implorando que se enviara un ejército de socorro antes de que fuera demasiado tarde.

La petición de auxilio de Huesca puso a Zaragoza en una situación crítica. Si Huesca caía, Zaragoza sería la siguiente en la línea de ataque aragonesa. El rey moro decidió movilizar un gran ejército, pero sabía que sus fuerzas por sí solas podrían no ser suficientes contra las veteranas infanterías de Aragón y Navarra.

Aquí entra en juego la compleja diplomacia de las parias. Zaragoza invocó su tratado con Alfonso VI de Castilla. Dado que Zaragoza pagaba tributo a Castilla, el rey castellano tenía la obligación de protegerla. Alfonso VI, que no veía con buenos ojos la expansión del reino aragonés (un rival potencial), envió un contingente de tropas castellanas al mando de uno de sus nobles más destacados, el conde García Ordóñez, conde de Nájera y rival acérrimo del Cid Campeador.

Así se configuró el escenario para una de las paradojas de la Reconquista: un ejército cristiano (aragoneses y navarros) se enfrentaría a una coalición de musulmanes y cristianos (castellanos).

El ejército de socorro partió de Zaragoza hacia el norte. Pedro I, informado de su avance, tomó una decisión audaz. En lugar de refugiarse en sus fortificaciones o levantar el asedio para huir, decidió dividir sus fuerzas. Dejó un contingente mínimo para mantener el bloqueo sobre Huesca y evitar una salida de la guarnición, y con el grueso de su ejército marchó al encuentro del enemigo.

El choque tuvo lugar en los llanos cercanos a la ciudad, en una zona conocida como Alcoraz, el 18 de noviembre de 1096 (algunas fuentes citan fechas cercanas entre el 15 y el 19).

El ejército moro y el de García Ordóñez era numéricamente superior. Contaba con una caballería pesada castellana de élite y una numerosa infantería y caballería ligera musulmana. Por su parte, el ejercito arago-navarro de Pedro I comandaba una fuerza más pequeña pero altamente motivada y cohesionada. Su núcleo era la infantería pesada de los valles y la caballería noble aragonesa.

La batalla fue brutal y sangrienta. Las crónicas describen un choque frontal donde la caballería castellana intentó romper las líneas aragonesas mediante cargas devastadoras. Sin embargo, la tenacidad de los aragoneses, que luchaban en su propio terreno y motivados por una causa «sagrada» (la promesa al rey muerto), logró contener el embiste.

Durante horas, el resultado fue incierto. El acero chocaba contra el acero, y el polvo nublaba la visión. Se dice que la ferocidad fue tal que el arroyo que cruzaba el campo de batalla se tiñó de rojo. A pesar de la superioridad numérica de la coalición musulmana-castellana, la descoordinación entre sus fuerzas (dos ejércitos distintos con mandos distintos) empezó a pasar factura frente a la disciplina férrea de los hombres de Pedro I.

Finalmente, el flanco musulmán cedió. El pánico se extendió entre las filas de la taifa, y la retirada se convirtió en desbandada. Viendo la batalla perdida, el conde García Ordóñez y sus caballeros castellanos también se retiraron, dejando el campo en manos de los aragoneses. La victoria de Pedro I fue total.

La batalla de Alcoraz con la aparición de San Jorge

Es imposible hablar de la Batalla de Alcoraz sin mencionar la leyenda que se forjó ese día y que daría a Aragón uno de sus símbolos más potentes.

Según la tradición, en el momento más crítico de la batalla, cuando las fuerzas aragonesas flaqueaban ante el empuje numérico del enemigo, apareció milagrosamente en el campo de batalla un caballero desconocido. Vestía armadura blanca y montaba un corcel blanco, portando una cruz roja sobre el pecho.

Este caballero no era otro que San Jorge. La leyenda cuenta que el santo bajó del cielo llevando a su grupa a un caballero alemán que había invocado su ayuda en otra batalla lejana (posiblemente en las Cruzadas, en Antioquía) y que fue transportado mágicamente a Huesca para ayudar a los cristianos.

La aparición del santo infundió un valor sobrenatural a los aragoneses y aterrorizó a los musulmanes, decantando la victoria. Tras la batalla, se encontraron las cabezas de cuatro reyes moros (generales o gobernadores) decapitados en el campo.

San Jorge se aparece en la batalla de Alcoraz contra las tropas islámicas. Obra de Martín Coronas (1890)

Esta leyenda dio origen al escudo de Aragón tal como lo conocemos en una de sus variantes: la Cruz de Alcoraz, que muestra la cruz roja de San Jorge y, en los cuatro cuarteles, las cuatro cabezas de los «reyes moros» (una iconografía que perdura en el escudo oficial de Aragón hoy en día). San Jorge se convirtió, desde entonces, en el santo patrón de la caballería aragonesa y, posteriormente, de todo el Reino.

El momento en el que a alguien se le ocurre incluir en el escudo da la Cruz de Alcoraz, las cuatro cabezas de los cuatro principales dirigentes moros que perdieron la batalla. Obra de Jerónimo Martínez (1524)

Con el ejército de socorro destruido y disperso, la esperanza de la guarnición de Huesca se desvaneció. Desde las murallas, habían sido testigos de la derrota de sus aliados. El hambre era insoportable y no había posibilidad de otro rescate.

Pocos días después de la batalla, la ciudad ofreció su rendición. Las condiciones de la capitulación fueron típicas de la época, aunque relativamente generosas para evitar una masacre final; Se respetaría la vida de los habitantes musulmanes. Aquellos que desearan marcharse podrían hacerlo llevando consigo sus bienes muebles. Los que decidieran quedarse podrían conservar sus propiedades y practicar su religión, pero deberían vivir en un barrio extramuros (la morería) y pagar un impuesto especial.

El 26 de noviembre de 1096, Pedro I entró triunfalmente en la ciudad. Su primera acción fue dirigirse a la mezquita mayor y consagrarla como catedral cristiana, dedicándola a Santa María (aunque luego se construiría la actual catedral gótica sobre ella). Se celebró una misa de gracias, cumpliendo finalmente el juramento hecho a su padre dos años atrás.

La conquista de Huesca tuvo repercusiones inmediatas y profundas que cambiaron la historia de España:

Hasta 1096, la capital de facto del reino había sido Jaca, una ciudad de montaña. Con la toma de Huesca, el centro de gravedad político y económico de Aragón se desplazó al llano. Huesca se convirtió en la nueva capital, permitiendo una mejor administración de las nuevas tierras agrícolas y una base logística superior para futuras campañas.

La ciudad fue repoblada con montañeses aragoneses y navarros, pero también con francos del sur de Francia y se trasladó la sede episcopal de Jaca a Huesca, dando a la ciudad el rango de capital religiosa y política. Cuatro años después, Pedro I tomó Barbastro, otra plaza vital. Esto demostró que la ofensiva aragonesa no se detendría.

La caída de Huesca dejó a la Taifa de Zaragoza vulnerable. Aunque Zaragoza no caería hasta 1118 (bajo Alfonso I el Batallador), la posesión de Huesca rompió la línea defensiva musulmana del norte. Aragón dejó de ser un reino encajonado en los Pirineos para convertirse en una potencia del valle del Ebro.

error

AYUDA A DIFUNDIR