CIENCIA

EL TELÉGRAFO ÓPTICO

Aunque fue una tecnología efímera —apenas estuvo en pleno funcionamiento una década—, el telégrafo óptico sentó las bases de las telecomunicaciones modernas en España.

El primer gran nombre de esta historia es Agustín de Betancourt. En 1798, este ingeniero canario presentó un sistema técnicamente superior al del inventor francés del telégrafo óptico. El de Betancourt era más sencillo de leer y más rápido de operar. Logró enviar un mensaje de Madrid a Aranjuez en apenas unos minutos. Sin embargo, la falta de presupuesto y la inestabilidad política de la época de Carlos IV hicieron que el proyecto cayera en el olvido.

Tras la Guerra de la Independencia y la pérdida de los virreinatos en América, España una red de comunicación rápida para controlar el territorio y combatir las revueltas carlistas. En 1844 se aprobó el proyecto del coronel José María Mathé. Mathé diseñó las torres, el código y la logística de un cuerpo especializado: los «telegrafistas».

José María Mathé

El telégrafo óptico de Mathé se basaba en torres de planta cuadrada, de unos 7 a 12 metros de altura, situadas en puntos elevados y separadas entre sí por una distancia de 10 a 15 kilómetros. Además de un conjunto de torres, era un lenguaje estructurado que permitía la transmisión de información compleja mediante la combinación de geometría y aritmética.

El aparato constaba de un bastidor vertical de madera o hierro. Dentro de este bastidor, una pieza móvil llamada indicador podía desplazarse verticalmente y girar. El indicador podía adoptar diferentes posiciones respecto al bastidor central y se pintaba de negro para que resaltara contra el cielo o de colores claros si el fondo era una montaña oscura.

El genio de Mathé fue simplificar la lectura. Cada posición del indicador no representaba una letra (como el código Morse), sino un número del 0 al 9. El telegrafista de la torre emisora colocaba el indicador en una posición; el de la torre receptora lo veía con su catalejo y lo anotaba. Una serie de posiciones formaba un número de varias cifras. Por ejemplo:

Torre A pone la señal del número 5. Torre B repite la señal del 5. Torre A, al ver que B ha repetido correctamente, cambia a la siguiente señal, por ejemplo, el 2. Torre B repite el 2. Al final de la secuencia, el telegrafista tenía un número, por ejemplo, el 528.

Los números no se sumaban, sino que se buscaban en un Diccionario de Señales secreto y altamente organizado. Este libro era el tesoro mejor guardado de la torre; si caía en manos enemigas, toda la red quedaba comprometida. El diccionario estaba dividido en frases hechas; «Se ha avistado una columna enemiga», «El Rey sale de palacio», «Solicito refuerzos»Nombres propios de ciudades, generales, ministros… E instrucciones de servicio; «Repita el último mensaje», «Hay mucha niebla, no veo la torre anterior».

El código era tan eficiente que un solo número de tres cifras podía transmitir una orden militar que, escrita, ocuparía dos líneas de texto. Esto ahorraba un tiempo precioso de exposición y esfuerzo físico. Además, Mathé diseñó protocolos específicos para la gestión de la red. Eran señales cortas para que las torres se comunicaran entre sí sobre el estado del sistema.

Señal de Atención para avisar a la siguiente torre de que iba a empezar un mensaje. Señal de Error por si el telegrafista se equivocaba para que el receptor borrara lo anterior. Señal de Corte cuando las condiciones meteorológicas impedían ver la siguiente torre. Señales de Información para mensajes que venían del Gobierno o del Ejército. Se enviaban de forma cifrada para que, aunque alguien desde fuera viera las posiciones del indicador, no pudiera entender el contenido sin el diccionario.

Para asegurar que el mensaje no llegara corrupto a su destino, Mathé implementó un sistema de validación. Cada torre debía repetir exactamente la señal que veía de la anterior, si había una discrepancia, la torre emisora mantenía la posición original hasta que la receptora rectificara.

Desde Madrid, un mensaje podía llegar a Irún en menos de 2 horas. Si hubieran usado un jinete, el mensaje habría tardado 2 o 3 días. Desde el Cuartel de Conde Duque, en el centro de Madrid, partían las tres grandes líneas radiales.

Línea de Castilla: Esta fue la primera en completarse (1846). Buscaba la comunicación rápida con la frontera francesa e Irún. Las torres en Madrid seguían el eje de la actual carretera A-6. La Línea de Andalucía partía del Retiro y buscaba Cádiz a través de La Mancha. Su trazado seguía aproximadamente la actual A-4. La Línea de Cataluña se dirigía a Barcelona y la frontera francesa.

La ubicación de las torres respondía a criterios militares y geográficos estrictos. El telegrafista debía ver la torre anterior y la posterior con un catalejo de 20 aumentos. Se construían en lugares de difícil acceso para evitar sabotajes de guerrillas o bandoleros y se intentaba que el trazado fuera lo más recto posible para minimizar el número de repetidores.

Eran torres de unos 12 metros de altura, de planta cuadrada y muros de piedra de casi un metro de espesor. La planta baja era casi ciega, con pequeñas aberturas para disparar si intentaban asaltarlos y no tenían puerta a ras de suelo. Se entraba por el primer piso mediante una escalera de madera que se retiraba por la noche o en caso de ataque.

Aquí vivían los tres telegrafistas asignados a la torre. Sí, tres personas compartiendo un espacio de apenas 20 metros cuadrados las 24 horas del día. Tenían un espacio común que servía de dormitorio y cocina, con camas, una mesa de madera y una pequeña chimenea. Estaba prohibido que los tres estuvieran a la vez, siempre debía haber al menos uno de guardia en la planta superior.

La segunda planta era la zona de trabajo donde ocurría la magia de la comunicación. Había dos grandes ventanas enfrentadas. Una miraba a la torre anterior y la otra a la siguiente. Los catalejos estaban montados sobre soportes fijos de madera para que siempre apuntaran exactamente al mismo punto. El telegrafista no tenía que buscar la otra torre; el catalejo ya estaba enfocado. Del techo colgaban las manivelas y cuerdas que conectaban con el mecanismo exterior. Girando estas ruedas, el operario movía el bastidor y el indicador en el tejado.

En la azotea de la torre se alzaba el armazón de madera y hierro con el indicador, la pieza rectangular que pivotaba. El telegrafista debía subir periódicamente a engrasar las poleas y asegurarse de que el viento no hubiera bloqueado el sistema.

Sección de una torre. Ilustración de José Ramón Almeida (www.joseramonalmeida.es)

Su jornada empezaba con la primera luz del alba. Tras limpiar las lentes de los catalejos, hacían una señal de presencia para confirmar a sus vecinos que seguían vivos y operativos.

Si el cielo se cubría de niebla (el gran enemigo), el telegrafista ponía una señal específica de «Invisibilidad». Esto avisaba a toda la línea de que el mensaje no podía pasar por ese punto, obligando al Gobierno a enviar un jinete a caballo para saltarse el tramo nublado.

Ser telegrafista era una profesión de riesgo y sacrificio. Vivían en la misma torre, a menudo en lugares aislados y azotados por el viento. Tenían prohibido abandonar la torre bajo penas severas. Debían vigilar constantemente el horizonte con el catalejo (de sol a sol). Eran objetivos militares y en caso de guerra las torres eran los primeros edificios en ser atacados para cortar las comunicaciones del Gobierno. Aunque eran militares, tenían prohibido socializar con la gente de los pueblos cercanos para evitar que filtraran información sobre los mensajes. Eran los «ermitaños de la tecnología».

Interior de una torre de telégrafo óptico. Imagen generada por IA, puede contener errores

El telégrafo óptico en España nació casi muerto. Mientras se construían las torres de piedra ya empezaba a sonar el nombre de Samuel Morse. En 1854, se instaló la primera línea de telégrafo eléctrico entre Madrid e Irún, aprovechando en muchos casos el trazado de la línea óptica. Para 1857, el sistema de Mathé fue oficialmente abandonado.

Hoy en día, el telégrafo óptico es una joya de la arqueología industrial española. Aunque muchas torres quedaron en ruinas, en las últimas décadas se han restaurado varios ejemplares notables.

Torrelodones (Torre de los Lodones). Es la famosa torre vigía que se ve desde la A-6 (aunque es de origen anterior, se adaptó para el telégrafo).

Cerro de los Ángeles (Getafe). Un punto estratégico clave por ser el centro geográfico de la península y tener una visibilidad de 360 grados.

Torre de Arganda del Rey (El Castillo): Es una de las pocas que ha sido totalmente rehabilitada y cuenta con un museo en su interior. Se puede ver perfectamente el mecanismo de Mathé reconstruido en el tejado. Desde allí, el mensaje saltaba hacia Perales de Tajuña y luego hacia la provincia de Guadalajara.

Aún hoy muchos senderistas, paseantes y ciclistas suben a cerros llamados «Cerro del Telégrafo» sin saber que el nombre proviene de estas construcciones.

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