TERCIOS DE FLANDES

EL EDICTO PERPETUO

El Edicto Perpetuo de 1577 es uno de esos momentos en la historia donde parece que la paz está a la vuelta de la esquina, pero la realidad política termina por dinamitarlo todo. Firmado el 12 de febrero de 1577 en Marche-en-Famenne, (actual Bélgica), fue un intento desesperado por detener la guerra en Flandes y los Países Bajos, iniciada diez años antes tras la «Tormenta de Imágenes», y que arrastró al continente europeo a la que se conoce como la Guerra de los Ochenta Años.

Tras el Saqueo de Amberes el año anterior, en 1576, en el que la ciudad terminó pasto del fuego, después de incendiar los Tercios españoles el edificio del Ayuntamiento para hacer salir a los rebeldes protestantes armados del interior, que intentaban emboscar a los españoles, las provincias católicas y las protestantes se unieron para expulsar a los soldados españoles.

En este contexto llegó a Flandes el nuevo gobernador, Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto y hermanastro del rey Felipe II, con la misión de pacificar la región sin ceder en lo dogmático.

Asesinatos de frailes católicos por rebeldes protestantes en 1572. Cesare Fracassini (1838-1868)

El Edicto Perpetuo era, esencialmente, la aceptación por parte de Don Juan de las exigencias de expulsar a los Tercios españoles a cambio del reconocimiento de su autoridad como gobernador. Los Tercios españoles debían abandonar el territorio por tierra (no por mar, para evitar que pudieran volver rápidamente) en un plazo de 20 días. Amnistiar a los causantes de los disturbios y permitir que muchos recuperaran sus propiedades confiscadas. A cambio, el Edicto establecía que la fe católica sería la única permitida.

Aunque el Edicto fue recibido con alegría por las provincias católicas, no convenció a Guillermo de Orange, El Taciturno, líder de la rebelión en el norte (Holanda y Zelanda). El catolicismo como única fe era inaceptable para las provincias del norte. Debido a esto, se negaron a publicar el Edicto en sus territorios, por lo que la paz duró apenas unos meses.

Mientras el norte protestante se radicalizaba, las provincias del sur (mayoritariamente francófonas o valonas) temían más a la anarquía protestante y sus crímenes que al rigor de un gobernador español. Ciudades como Namur, Mons, Lille, Douai y Luxemburgo eran profundamente católicas y detestaban la influencia luterana y calvinista de Guillermo de Orange.

No solo eran ciudades; eran familias poderosas que, aunque querían que los soldados españoles se fueran (como decía el Edicto), odiaban aún más el calvinismo. Se les llamó los Malcontentos. El Conde de Berlaymont (Charles de Berlaymont), fue un leal de hierro. De hecho, fue él quien llamó despectivamente «mendigos» a los nobles rebeldes calvinistas. El Conde de Mansfeld (Peter Ernst von Mansfeld), un militar de carrera que sirvió fielmente a Felipe II y fue gobernador interino tras la muerte de Don Juan. Y el más famoso de todos, Alejandro Farnesio, quien aunque llegó como militar, fue la autoridad política suprema que logró convencer a las ciudades del sur de que «más vale Rey católico conocido que república protestante por conocer».

Destrucción de iglesia católica por rebeldes calvinistas

Don Juan de Austria, sintiéndose vulnerable y aislado en Bruselas sin sus soldados, comenzó a sospechar de conspiraciones para secuestrarlo o asesinarlo. Los temores de Don Juan de Austria no eran infundados, realmente era un hombre rodeado de lobos.

Don Juan recibía informes constantes de grupos rebeldes calvinistas infiltrados en Bruselas. Sentía que en cualquier momento, una turba o un comando pagado por Guillermo de Orange asaltaría su residencia para secuestrarlo y enviarlo como prisionero a Inglaterra, pues tener al hermanastro del Rey de España como rehén, sería la carta de negociación definitiva.

En las ciudades flamencas surgieron grupos de artesanos y burgueses radicalizados, fuertemente anticatólicos, como el Comité de los Dieciocho de Bruselas. Estos grupos veían a Don Juan como el rostro de la represión del Duque de Alba. Hubo rumores de complots en las tabernas de Bruselas para asaltar el palacio del gobernador. La presión era tan alta que Don Juan escribió a Felipe II:

«Me tienen aquí como a un prisionero… temo por mi vida cada día».

A veces el enemigo está en casa. Antonio Pérez, el secretario de Felipe II en Madrid, llevó a cabo una campaña de desprestigio y conspiración contra Don Juan. Aunque Antonio Pérez no intentó matarlo físicamente en Flandes, orquestó el asesinato de Juan de Escobedo (el secretario y mano derecha de Don Juan) en Madrid. Pérez interceptaba las cartas de Don Juan y las manipulaba para que pareciera que este planeaba una traición contra el Rey (como invadir Inglaterra por su cuenta para coronarse rey junto a María Estuardo).

Cuando Don Juan se enteró, comprendió que estaba políticamente muerto y que su propia vida corría peligro incluso por orden de su hermano, el Rey. Esta fue la razón principal por la que abandonó Bruselas y tomó por sorpresa la fortaleza de Namur. Este acto fue interpretado por los luteranos como una traición, pese a que ellos ya habían mostrado su rechazo al Edicto, por lo significó la ruptura definitiva del Edicto Perpetuo.

Curiosamente, tras escapar de posibles secuestros y conspiraciones políticas, quien terminó con su vida no fue un espía de Orange ni un sicario de Antonio Pérez. Fue el tifus (o la peste, según la fuente). Don Juan de Austria murió en octubre de 1578 en Namur, a los 31 años, en condiciones bastante precarias para alguien que había sido el gran héroe de la cristiandad.

El mando pasó a Alejandro Farnesio, quien usaría la diplomacia y la fuerza militar de forma mucho más efectiva.

Don Juan de Austria

Tras el fracaso del Edicto Perpetuo y la formación de la Unión de Arrás en 1579, el bloque católico se consolidó claramente. También ocurrió que ciudades como Amberes, Bruselas y Gante, que empezaron siendo rebeldes y firmaron la Pacificación de Gante contra España, en 1585, volvieron a ser formalmente católicas por puro pragmatismo.

Sim embargo, se acentuó la división entre protestantes y católicos y la guerra se reanudó con más fuerza que nunca durante las siguientes siete décadas. Europa había perdido una excelente ocasión para la Paz.

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