LA DESAMORTIZACIÓN DE MENDIZÁBAL
La mal llamada Desamortización de Mendizábal, fue una apropiación de los bienes de la Iglesia por parte del Estado, lo que hoy un dictador sudamericano llamaría expropiación. Con la excusa de acabar con las estructuras del tradicional régimen para modernizarlo en el liberalismo y dotar económicamente a un Estado en quiebra, en plena guerra civil durante la Primera Guerra Carlista en 1836, un siniestro personaje, que cambió su apellido, consiguió convencer a las fuerzas del Estado para llevar a cabo un plan económico que acabaría llevando a España a una mayor pobreza.
Si hubiera que definir a Juan de Dios Álvarez Méndez con una etiqueta moderna, diríamos que fue una mezcla entre un «tiburón» y un político progresista. Nacido en Cádiz, hijo de un empresario, cambió su apellido original, Méndez, por el de Mendizábal para sonar más vasco y evitar prejuicios por su origen judío.
Durante la guerra contra la invasión francesa, trabajó en el servicio de suministros del ejército, lo que le dio una visión cínica de cómo más que el valor en el campo de batalla, la logística y el dinero pueden ganar guerras.
Tras el fracaso del Trienio Liberal (1820-1823), tuvo que huir a Inglaterra. Se convirtió en un financiero de éxito en la City de Londres e hizo contactos con la alta banca internacional. Era un miembro destacado de la masonería, lo que explica en parte su hostilidad hacia el poder político de la Iglesia Católica. Para él, la Iglesia era un estorbo económico. Era un hombre que veía «activos improductivos» donde otros veían «lugares sagrados«.
Masón y liberal progresista, en Londres comenzó a gestar su plan para regresar a España como un político que tenía la receta para salvar al país de la bancarrota: si la Iglesia tiene tierras y el Estado tiene deudas que no puede pagar, la solución es obvia.
“el número de casas monásticas en España son inútiles para la asistencia espiritual a los fieles y causan un gran perjuicio económico al Estado si no se usan para el bien público y para abrir nuevas fuentes de riqueza para el Reino”

En 1835, la pequeña Isabel II ocupaba el trono bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón, apoyada por los liberales. Por otro, su tío Carlos María Isidro reclamaba la corona bajo la bandera del absolutismo y la tradición religiosa. Esta guerra civil no solo costaba sangre, sino muchísimo dinero. El Estado arrastraba una deuda pública asfixiante y los carlistas ganaban terreno. La solución no podía ser una simple subida de impuestos, pues la gente ya no tenía qué dar.
El Estado necesitaba fondos para ganar la guerra. Además, era imperativo amortizar la deuda pública para recuperar la confianza de los mercados internacionales. La idea era aceptar títulos de deuda como pago por las tierras, lo que técnicamente «borraría» parte de lo que el Estado debía. Pero la realidad es que solo el 18% de la tierra en España era propiedad de la Iglesia frente al casi 50% de la propiedad privada.
Mendizábal fue llamado para ser Ministro de Hacienda y, poco después, Presidente del Consejo de Ministros, (actual presidente del gobierno).
Mendizábal creía que las tierras en manos de la Iglesia eran ineficientes. Al pasarlas a manos privadas, se esperaba que los nuevos dueños invirtieran en ellas, mejoraran la producción y modernizaran la agricultura. Para llevar a cabo esta expropiación (apropiación) había que crear una base social de apoyo que encontró en el anticlericalismo y el progresismo.
Además, esto aseguraba un rédito político. Si comprabas tierras que antes eran de la Iglesia gracias al gobierno liberal, ¿a quién ibas a apoyar? Evidentemente, no a los carlistas, que prometían devolverle todo al clero.

Pero Mendizábal con su idea de «expropiar» a la Iglesia no había inventado la pólvora. Mucho antes de que existiera el término «liberalismo», países como Inglaterra y regiones de Alemania habían pasado por este proceso por motivos religiosos y políticos. Incluso en España ya se había hecho algo similar, tras la expulsión de los jesuitas casi 80 años antes.
Enrique VIII de Inglaterra disolvió los monasterios católicos y confiscó todas sus tierras y tesoros para llenar las arcas de la Corona y crear una nueva aristocracia que fuera fiel al Rey y a la Iglesia Anglicana. Las tierras acabaron en manos de una nueva élite cercana al poder, no de los agricultores y ganaderos.
En Francia, casi 50 años antes que en España, durante la Revolución, la Asamblea Nacional declaró que los bienes de la Iglesia estaban a disposición de la Nación y se vendieron para respaldar el papel moneda. Aunque hubo mucha especulación, la burguesía rural y algunos agricultores y ganaderos pudieron comprar tierras. Esto creó una base de pequeños y medianos propietarios que dio estabilidad política a Francia durante el siglo XIX, algo que Mendizábal no lograría en España.
España copió la receta francesa pero la aplicó en un momento de tal desesperación económica que el objetivo social se sacrificó por el dinero rápido de los banqueros y aristócratas.

El proceso se llevó a cabo mediante dos decretos en 1836 y 1837. Las tierras y edificios se tasaron y se sacaron a subasta pública. Desde el punto de vista económico del Estado, la Desamortización fue un fracaso. La corrupción y manipulación no fue un solo acto aislado, sino el mecanismo de las subastas amañadas y el uso de la deuda pública.
El Estado permitía pagar las tierras con títulos de deuda pública. Muchos especuladores compraron estos títulos en el mercado secundario a precios bajísimos (a veces al 10% o 20% de su valor nominal) porque el Estado estaba casi en quiebra y nadie confiaba en ellos. Sin embargo, en las subastas de las tierras de la Iglesia, el Gobierno aceptaba esos mismos títulos por su valor total (el 100%).
Políticos y financieros cercanos al poder (muchos de ellos amigos personales de Mendizábal) utilizaron información privilegiada para saber qué tierras saldrían a subasta y cuál era su valor real. Compraron deuda barata en la bolsa y lo canjeaban por tierras fértiles y palacios como si fuera oro puro. El Estado «borró» mucha deuda de sus libros, pero la gestión fue tan ineficiente y hubo tanta corrupción que el Estado recaudó muy poco dinero en efectivo. Como resultado, la Hacienda siguió estando en números rojos y la guerra tuvo que seguir financiándose con nuevos préstamos.
En Francia las tierras se dividieron en lotes pequeños y medianos. Además, se permitió el pago a plazos durante varios años. Esto permitió que el campesino pudiera pagar. El resultado fue una Francia de pequeños propietarios. En España Mendizábal sacó a subasta enormes latifundios por lo que solo la alta burguesía y la aristocracia tenían ese dinero. Los agricultores y ganaderos españoles vieron pasar la tierra de un dueño a otro sin poder siquiera participar en la subasta.
Al excluir a agricultores y ganaderos, el liberalismo español se quedó sin base social en el campo. El campesino no sentía que el Estado fuera suyo; lo veía como el aliado de la nueva elite que le había subido la renta. La Desamortización no creó una clase media de campesinos propietarios, que era el sueño de algunos ilustrados como Olavide o Jovellanos.
Muchos agricultores y ganaderos que antes tenían contratos de arrendamiento estables con los monjes (que solían ser más relajados en el cobro) se vieron frente a nuevos dueños con mentalidad capitalista que subieron las rentas y despidió a los arrendatarios para contratar jornaleros por un sueldo de miseria solo en época de cosecha. Los monasterios habían permitido el pastoreo comunal, la recogida de leña y tenían contratos de arrendamiento que se heredaban por generaciones.
Esta nueva situación fragmentó al campo entre el anarquismo y el tradicionalismo (carlismo). Una brecha que tardó décadas en cerrarse y que alimentó futuras guerras civiles.

Se esperaba que los nuevos propietarios privados invirtieran en tecnología para hacer las tierras más productivas. Pero tampoco esto ocurrió. Muchos de los compradores eran burgueses que vivían en lejos del campo y veían la tierra solo como una inversión segura, no como un negocio que mejorar. En lugar de comprar maquinaria o mejorar los cultivos, se limitaron a seguir cobrando rentas a los campesinos. La agricultura española siguió siendo atrasada y poco competitiva comparada con la de Europa.
La desamortización provocó una ruptura diplomática total con la Santa Sede. El Papa excomulgó a los responsables del proceso y a los compradores de bienes eclesiásticos. Además, miles de frailes fueron obligados a abandonar sus conventos, lo que generó un vacío social en muchas zonas rurales donde la Iglesia ejercía funciones de asistencia social.
El Desastre Patrimonial y Cultural también fue, en gran medida, un apocalipsis cultural. Bibliotecas enteras, cuadros y archivos se perdieron, se quemaron o terminaron en colecciones privadas extranjeras. Se estima que se perdió o dispersó una cantidad de arte equivalente a lo que hoy albergarían varios Museos del Prado.
El cierre de casi mil monasterios y conventos dejó edificios inmensos vacíos de la noche a la mañana. El destino de estas estructuras fue errático y, a menudo, cruel. En las ciudades, muchos conventos fueron demolidos para abrir plazas, mercados o calles. Los edificios que sobrevivieron fueron «reconvertidos» sin respeto por su valor histórico. Claustros góticos se convirtieron en cárceles, naves de iglesias en fábricas y refectorios en establos o cuarteles.

La Desamortización provocó el mayor movimiento de obras de arte en la historia de España. Miles de cuadros de Zurbarán, Murillo, Ribera o Goya colgados en clausuras salieron a la luz, pero no siempre para bien. Aprovechando el caos, coleccionistas franceses e ingleses recorrieron España comprando obras maestras por precios de risa a funcionarios corruptos o a monjes desesperados. Se perdieron retablos completos que fueron troceados para vender sus tablas individualmente, perdiendo su contexto original para siempre. Gran parte del arte español que hoy vemos en el Louvre de París, la National Gallery de Londres o en museos de EEUU, salió de España en esta época.
Las bibliotecas monásticas atesoraban incunables, códices medievales y documentos únicos. Muchos terminaron siendo utilizados para fabricar cartuchos de pólvora durante la guerra. Otros se usaron como papel para envolver alimentos en los mercados.
La Desamortización de Mendizábal fue un proceso de reemplazo cultural de un pasado barroco y religioso de España a una estética burguesa y utilitarista. Destruyó el contexto para el que fueron creadas. Un cuadro de Zurbarán en un museo es arte; en su convento original, era parte de un sistema espiritual y arquitectónico que desapareció para siempre.
El Estado, consciente del desastre que estaba provocando, intentó (tarde y con poco presupuesto) salvar lo que pudo. Por primera vez, el Estado creó juntas de expertos para catalogar el patrimonio. Se crearon museos en casi todas las capitales de provincia para almacenar las obras rescatadas. En Madrid se creó este museo nacional (específicamente para obras desamortizadas) que años más tarde terminaría integrándose en el Museo del Prado.
La desamortización fue, en esencia, una transferencia masiva de riqueza que solo sirvió cambiar a los dueños de siempre por otros nuevos con menos escrúpulos sociales. ¿Fue un error, una mala gestión ó un despropósito deliberado?.


