ARTE

ALONSO CANO

Alonso Cano (1601-1667) fue la personificación del ideal renacentista del «hombre universal» trasplantado al fervor y la complejidad del Barroco. Conocido por sus contemporáneos y por la posteridad como el Miguel Ángel español, Cano dominó con igual maestría la pintura, la escultura y la arquitectura, un triunvirato de habilidades que pocos en su época —o en cualquier otra— pudieron igualar.

Alonso Cano nació en Granada en marzo de 1601. Hijo de Miguel Cano, un prestigioso ensamblador de retablos, el joven Alonso creció respirando el polvo del taller y comprendiendo la estructura interna de las obras de arte antes de aprender a aplicarles color.

Alonso Cano. Anónimo

En 1614, la familia se trasladó a Sevilla, que en aquel entonces era la metrópolis económica y artística de España. Fue allí donde Alonso entró como aprendiz en el taller de Francisco Pacheco, el gran teórico del arte y maestro de maestros. En ese mismo taller, Cano compartió jornadas y formación con un joven Diego Velázquez

Aunque Velázquez y Cano tomaron caminos estilísticos distintos, la influencia mutua y la rivalidad amistosa marcaron sus primeros años. Mientras Velázquez se inclinaba hacia un naturalismo casi crudo, Cano comenzó a desarrollar un sentido de la belleza idealizada y una elegancia lineal que lo distanciarían del tenebrismo imperante de la época.

En esta etapa sevillana, Cano se consolidó como un escultor excepcional. Su colaboración con Juan Martínez Montañés, el «Dios de la madera», refinó su técnica. Obras como el Retablo de Santa María de la Oliva en Lebrija muestran ya a un artista que entiende el volumen y la luz de una manera arquitectónica.

Retablo de Santa María de la Oliva (Lebrija) 1630

En 1638, la carrera de Cano dio un salto cualitativo. Fue llamado a la Corte por el Conde-Duque de Olivares, el todopoderoso valido de Felipe IV, posiblemente por recomendación de su viejo amigo Velázquez. Madrid transformó su paleta. Al tener acceso a las Colecciones Reales, Cano quedó fascinado por la pintura veneciana de Tiziano y por la obra de Rubens. Sus colores se volvieron más vibrantes, sus sombras menos opacas y su técnica más fluida. Fue nombrado pintor de cámara y maestro de dibujo del príncipe Baltasar Carlos.

Sin embargo, la vida de Cano dio un vuelco oscuro en 1644. Su esposa apareció asesinada en su lecho con quince puñaladas. Cano fue acusado del crimen, en parte por su conocido carácter irascible y por rumores de una relación extramatrimonial. Huyó a Valencia y finalmente se refugió en un monasterio, pero regresó a Madrid para someterse al «tormento» (tortura legal de la época) para probar su inocencia. Se dice que resistió sin emitir un quejido, protegiendo su mano derecha —la mano del artista— para que no fuera dañada. Finalmente fue absuelto, aunque la sombra de la sospecha siempre planeó sobre su reputación.

Buscando paz y estabilidad, Cano regresó a su Granada natal en 1652. Allí obtuvo el cargo de racionero de la Catedral, un puesto eclesiástico que le aseguraba ingresos, aunque sus constantes conflictos con el cabildo catedralicio (debido a su orgullo y a que no quería ordenarse sacerdote plenamente) son legendarios.

Y así mismo se conferenció sobre el gobierno de la obra y como está falta de maestro mayor que es notable y habiendo traído el Sr. Racionero D. Alonso Cano al Cabildo una planta de la fachada principal y habiendo parecido bien y que para ejecutarla es necesario que dicho Sr. Racionero la gobierne y toda la obra. Resolvió el Cabildo que dicho Sr. Racionero sea por ahora maestro mayor y le estén a su mando y orden así Juan de Páramo como los demás oficiales que concurren a trabajar en esta obra.

Cabildo Catedral de Granada 4 de mayo 1667

Cristo muerto sostenido por un ángel

Su obra cumbre en esta etapa fue la fachada principal de la Catedral de Granada. Es una de las obras más originales del barroco español: un arco de triunfo gigante dividido en tres ejes, donde la profundidad, el juego de luces y sombras, y la ruptura con los órdenes clásicos tradicionales demuestran su genio arquitectónico.

Si la pintura de Alonso Cano es poesía y su escultura es alma, la Fachada de la Catedral de Granada es su testamento de piedra. No es solo la entrada a un templo; es una de las propuestas más revolucionarias del Barroco español, donde Cano rompió con las reglas establecidas para crear algo que parece más un retablo monumental que una estructura arquitectónica tradicional.

Concibió la entrada como un triple arco de triunfo de proporciones colosales. Tres grandes calles verticales, separadas por potentes contrafuertes que sobresalen hacia el espectador. Lo más impactante técnicamente es el uso de los arcos hundidos. En lugar de colocar la decoración sobre la pared, Cano «perfora» la fachada con tres inmensos nichos de medio punto que crean una profundidad espacial real, generando un juego de sombras que cambia drásticamente según la posición del sol.

Cano, con su habitual rebeldía creativa, decidió ignorar los manuales de arquitectura de la época. En lugar de usar las típicas columnas circulares que sobresalen, utiliza pilastras cajeadas (planas y hundidas). Esto acentúa la sensación de verticalidad sin interrumpir la limpieza de las líneas. En lugar de capiteles recargados de hojas de acanto, Cano utiliza elementos geométricos y planos, conocidos como «placas». Esto da a la fachada un aspecto casi moderno, prefigurando un minimalismo decorativo que no se vería hasta siglos después.

Se dice que Cano proyectó la fachada como si fuera un ensamblador de retablos (el oficio de su padre). Al ser pintor, Cano entiende que la luz es una herramienta más. Los entrantes y salientes de la fachada funcionan como pinceladas de sombra. Aunque hay mucha decoración, está organizada en compartimentos rectangulares y ovalados (medallones) que mantienen el orden visual. No hay el caos abigarrado de otros edificios barrocos; aquí todo está sujeto a una geometría rigurosa.

Fachada principal de la Catedral de Granada

En la parte superior de la calle central, el frontón se rompe para albergar un gran relieve. Esta «ruptura» es una seña de identidad del Barroco, pero Cano la ejecuta con una elegancia lineal suprema. Diseñó los espacios para que la escultura no fuera un «añadido», sino parte del esqueleto del edificio. El gran relieve de La Anunciación en el centro es el foco visual que da sentido a toda la estructura ascendente.

Cano tuvo que enfrentarse a un problema técnico mayor; la catedral ya existía por dentro (era un diseño renacentista de Diego de Siloé). Consiguió que una fachada barroca, mucho más alta y estrecha que las naves interiores, no pareciera un «parche». Lo hizo elevando la calle central por encima de las laterales, creando un perfil escalonado que oculta la verdadera estructura del templo y le da una majestuosidad artificial pero efectiva.

En este periodo esculpió la famosa Inmaculada para el facistol del coro de la Catedral. Es una pieza pequeña pero monumental en su concepción, que define el canon de belleza granadino: recogimiento, manos unidas, una silueta ligeramente fusiforme y una expresión de serenidad mística.

Inmaculada para el facistol del Coro de la Catedral de Granada

A diferencia de los pintores realistas de su tiempo que buscaban la verdad en la fealdad o en lo cotidiano, Cano buscaba la perfección de las formas. Sus vírgenes y santos poseen una nobleza aristocrática. Evolucionó de un tenebrismo inicial a un estilo pre-rococó, con pinceladas sueltas y colores claros.

Obra clave: El Milagro del Pozo, donde demuestra un manejo magistral de la composición y la narrativa visual.

Cano es, para muchos historiadores, el mejor escultor de su generación. Logró dotar a la madera policromada de una suavidad casi epidérmica. Sus figuras tienen anatomía y alma. Introdujo una elegancia y un equilibrio que contrastaba con el dramatismo a veces excesivo de otros imagineros barrocos.

Cano fue un dibujante compulsivo y excepcional. En una época donde muchos pintores españoles prescindían del dibujo preparatorio, Cano defendía que el diseño era la base intelectual de toda creación. Sus dibujos son hoy tesoros en museos como el Prado o el British Museum.

Coronación de un poeta-soldado (1645) Aguada pluma preparado a lápiz sobre papel verjurado

Alonso Cano no era un hombre fácil. Las crónicas lo describen como alguien de un orgullo desmedido, extremadamente pulcro (odiaba lo sucio y lo desordenado) y con un desprecio absoluto por lo mediocre.

Alonso Cano falleció en Granada en septiembre de 1667, dejando una huella imborrable. Si Velázquez fue el pintor de la realidad y Murillo el de la ternura, Cano fue el pintor de la idea. Logró armonizar la tradición española con el clasicismo italiano, creando una escuela granadina que influiría en artistas durante más de un siglo.

Se cuenta que, en su lecho de muerte, rechazó un crucifijo que le ofrecieron porque estaba «mal tallado», pidiendo uno más sencillo o mejor ejecutado para poder concentrarse en la devoción sin que la mala estética le distrajera. Esta anécdota, sea real o apócrifa, resume su vida: una búsqueda incansable de la belleza como camino hacia lo divino.

Su capacidad para saltar de la escala mínima de una estatuilla de marfil a la monumentalidad de una fachada de catedral lo sitúa en el panteón de los grandes genios universales.

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