LA RECONQUISTA

EL PACTO DE ARRIAGA

Álava formó parte del Reino de Castilla durante la mayor parte de su historia desde la Edad Media hasta la reorganización de las provincias en el siglo XIX. Sin embargo, su relación con Castilla no fue la de una provincia común, sino que tuvo un carácter pactado y foral, lo que le permitió mantener leyes y privilegios propios.

En los inicios de la Reconquista, el Condado de Álava estuvo vinculado al Reino de Asturias. En el siglo X, el famoso conde Fernán González unificó los condados de Álava y Castilla, por lo que Álava estuvo en el mismo «embrión» que dio origen a Castilla.

El cambio definitivo ocurrió en el año 1200, cuando el rey castellano Alfonso VIII sitió Vitoria y conquistó el territorio alavés, que hasta entonces pertenecía a Navarra. A partir de este momento, Álava quedó como un territorio de frontera situada entre dos gigantes: el Reino de Castilla y el Reino de Navarra.

La Cofradía de Arriaga era una junta de nobles y terratenientes que gobernaba gran parte de Álava de manera casi independiente, con sus propias leyes y costumbres. Se reunían en el Campo de Arriaga, cerca de la modesta Ermita de San Juan de Arriaga, para dirimir pleitos y organizar la defensa.

Ermita de San Juan de Arriaga

Sin embargo, el sistema estaba colapsando. Los reyes habían ido fundando villas (como Vitoria o Salvatierra) que dependían directamente del rey (realengo) y no de los nobles. Esto creaba fricciones constantes entre los campesinos de la Cofradía y los burgueses de las villas. Las familias nobles más poderosas estaban enzarzados en guerras fratricidas que desangraban el territorio. Además, Navarra quería recuperar sus antiguos dominios y Castilla quería consolidar su frontera. La Cofradía, sola, no podía garantizar la seguridad.

Eran hombres prácticos. Sabían que su independencia «romántica» les estaba saliendo cara. Preferían un rey lejano que garantizara el orden y sus propiedades, a un caos local permanente o una invasión navarra que les arrebatara sus privilegios.

Alfonso XI, El Justiciero, buscaba centralizar el poder y poner orden en un reino caótico. Quería que Álava quisiera ser parte de su reino para asegurar la frontera navarra de forma estable.

El 2 de abril de 1332, la Cofradía de Arriaga decidió disolverse y entregar la soberanía de sus tierras al rey Alfonso XI de Castilla. Aquel lunes de Pascua de Resurrección, el campo de Arriaga debió de ser un espectáculo impresionante. Cientos de caballeros armados, clérigos con sus vestiduras y representantes de las aldeas se reunieron con el rey Alfonso XI, que se desplazó personalmente a Vitoria. El acto fue de una solemnidad jurídica extrema. Los cofrades, de forma voluntaria, declararon que:

«Se deshacían de la Cofradía y entregaban el señorío de la tierra al rey.»

Este evento se conoce tradicionalmente como la «Voluntaria Entrega», y tuvo condiciones muy claras. Álava pasaba a ser territorio de la corona, pero a cambio, el rey se comprometía a respetar los fueros, exenciones fiscales y la hidalguía universal de los alaveses. Estas condiciones se recogieron en lo que se conoce como el Privilegio del Contrato.

Pacto de Arriaga

Álava no pasaría a regirse por las leyes generales de Castilla de forma inmediata. Se mantendrían sus usos y costumbres en muchos ámbitos, especialmente en lo civil. Se reconoció a los miembros de la Cofradía la condición de hidalgos. En la práctica, esto significaba que estaban exentos de pagar muchos de los impuestos. Solo debían contribuir con el donativo y el servicio de armas. El rey se comprometía a no confiscar las tierras de los cofrades y a respetar los pastos comunales, vitales para la economía ganadera de la zona. Se mantuvo la figura de los alcaldes locales y se garantizó que los alaveses no fueran juzgados fuera de su territorio en primera instancia, una protección legal fundamental en la Edad Media.

Fue una maniobra política magistral, un ejercicio de pragmatismo que transformó una «república de hidalgos» en una provincia integrada en la Corona, pero con un blindaje de privilegios que llegaría hasta nuestros días.

Con la disolución de la Cofradía, el territorio se reorganizó. Muchas aldeas que antes pertenecían a los nobles pasaron a depender de las villas reales o directamente de la corona. Este es el origen remoto de las Cuadrillas de Álava. El pacto permitió una integración administrativa que, paradójicamente, reforzó la identidad del territorio.

Si la Cofradía no se hubiera disuelto, Álava probablemente habría sido absorbida por Castilla de forma violenta unos años después, perdiendo todos sus derechos. Fue una estrategia de supervivencia con siglos de autonomía interna y beneficios fiscales a cambio de reconocer un rey que, en la práctica, estaba a muchos días de distancia a caballo. Los cofrades de 1332 supieron leer los tiempos y asegurar el futuro de sus hijos en una época de caos.

Su unión fue un pacto jurídico. En el derecho medieval, esto le daba una fuerza moral y legal superior. Si el rey violaba el pacto, los alaveses se sentían legitimados para reclamar, porque su lealtad no era fruto de la fuerza, sino de un contrato firmado en el Campo de Arriaga.

Álava perteneció como una provincia más de Castilla hasta la reordenación provincial de 1833, en la que pasó a formar parte de Vascongadas

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