HISPANOAMÉRICA

LA MINA DE POTOSÍ

El Cerro Rico de Potosí no es solo una montaña; es el símbolo de una era. Situado a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar en los Andes, este coloso de roca albergó la concentración de plata más grande jamás descubierta por la humanidad. Su hallazgo en 1545 mezcla la crónica histórica con el misticismo andino. Aunque los incas ya conocían la existencia de metales en la región, la montaña permaneció «virgen» para la explotación hasta mediados del siglo XVI.

Existe una leyenda previa que cuenta que el Inca Huayna Cápac intentó excavar el cerro años antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, al empezar las excavaciones, una voz atronadora (el espíritu del cerro) gritó:

«No saquéis la plata de este cerro, porque es para otros dueños»

Los incas, respetuosos de las deidades telúricas, se retiraron, dejando el tesoro intacto para los españoles.

Pero la realidad es otra. En 1545, un indígena yanacona cristianizado, llamado Diego Huallpa, se encontraba buscando una llama perdida en las faldas del cerro. Al caer la noche, encendió un fuego para calentarse. Por la mañana, descubrió con asombro que del suelo brotaban hilos de metal fundido: el calor del fuego había derretido una veta superficial de plata pura.

Diego Huallpa mantuvo el secreto por un tiempo, compartiéndolo solo con un amigo, quien finalmente contó el hallazgo al capitán español Juan de Villarroel. El 21 de abril de 1545, Villarroel registró la primera mina, bautizándola como «La Descubridora».

Lo que empezó como un campamento minero improvisado en un clima hostil y gélido, se convirtió en pocos años en una de las ciudades más grandes y ricas del mundo. Para el año 1610, Potosí tenía unos 160.000 habitantes. Para poner esto en perspectiva, era más grande que Londres, París o Sevilla en esa misma época. Carlos V le otorgó el título de «Villa Imperial de Potosí» y un escudo de armas con la inscripción:

«Soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes»

La ciudad se llenó de iglesias barrocas, teatros, salas de baile y casinos. Se dice que para la celebración del Corpus Christi en 1658, las calles del centro fueron desempedradas y cubiertas totalmente con barras de plata para el paso de la procesión.

Villa Imperial de Potosí. 1758

El éxito de Potosí no se debió solo a la cantidad de mineral, sino a la evolución de las técnicas de extracción. En los primeros años, se utilizaban pequeños hornos de barro con agujeros que aprovechaban el viento de las alturas para fundir el metal. Sin embargo, este método solo funcionaba con minerales de muy alta pureza (plata blanca).

A partir de 1570, las vetas superficiales empezaron a agotarse. Fue entonces cuando el virrey Francisco de Toledo introdujo el proceso de patio o amalgama con mercurio (azogue), desarrollado por Bartolomé de Medina. Este método permitía extraer plata de minerales de baja ley mezclándolos con mercurio. Para que esto funcionara, se construyó un complejo sistema de ingeniería hidráulica. Se crearon 32 lagunas en la cordillera de Cari-Cari para almacenar agua. El agua movía grandes ruedas que accionaban mazos para triturar la roca. Se traía el mercurio desde las minas de Huancavelica (Perú) en una logística monumental a través de los Andes.

La minería a gran escala requería una mano de obra masiva por lo que se adaptó una institución incaica llamada Mita. Era un sistema de trabajo a favor del Estado destinado a la formación de la civilización que implicaba la construcción de centros administrativos, templos, acueductos, casas, puentes, etc. Por medio de la mita, los impuestos de una población se pagarían no con dinero o bienes materiales, sino que con fuerza de trabajo (y estando exento del resto de tributos).

La mita incaica fue rescatada por el Virrey Toledo, transformándola en una especie de tributo al trabajo, en el cual una séptima parte de los adultos varones casados de cada pueblo de indios, cuya edad oscilaba entre los 18 y 50 años, estaban obligados a cumplir con esta labor diez meses de cada seis años, sin trabajar más de una ocasión. El Virrey dispuso la creación de un corregidor en cada pueblo que se encargaba de designar a las personas que cumplirían con esta obligación.

En total, se concentraban para trabajar en Potosí 13.500 hombres, que a su vez se dividían en tres grupos de unos 4.000 cada uno, que rotaban y tenían tres semanas de trabajo y otras tres semanas libres. Los mineros debían recibir un salario y recibir el alimento por parte de sus comunidades, las cuales debían mantener también a las familias de los mitayos ausentes.

La Villa Imperial de Potosí y al fondo, Cerro Rico

Respecto a como la población afrontó la mita, hay opiniones contradictorias. Algunos extremismos políticos la esgrimen como muestra de una terrible opresión, pero lo cierto es que la misma población de la época intentaba legitimar la mita por ser una tradición heredada de las creencias precolombinas y el deber temerario en la Cosmovisión andina, representado muchas veces en el culto a los cerros y sus profundidades sagradas.

… cuando algún capitán sale a Potosí, es con acompañamiento de sus indios a usanza de guerra, con sus armas antiguas y galanes con sus plumas, y dicen que son soldados y capitanes de Su Majestad, que van a pelear con las minas, que lo he visto y se lo he oído muchas veces

Pedro Ramírez del Águila (1639)

Además, según varios estudios, las condiciones sociales de la mita con su sistema de reclutamiento forzado, habría sido una excepción antes que la regla en cuando a las dinámicas sociales de las minas del Imperio español, en tanto el mundo del trabajo minero en la era colonial hispanoamericana presenta varios modos de organizar la mano de obra, con formas que podían ser entre voluntarios y forzadas, siendo así que, para la mayoría de minerías, era predominante el trabajo voluntario. Los dueños de minas coloniales ganaban trabajadores a través de medios que alternaban sus métodos para atraer gente. Las dos formas principales terminaron siendo, en primera, la combinación de una oferta de mejores jornales y otorgándole permisos al trabajador para recolectar algo de mineral en los fines de semana para su propio beneficio.

La plata de Potosí no solo se quedó en Perú y resto de Hispanoamérica para financiar grandes obras públicas; fluyó hacia Europa y Asia, en forma de moneda, alterando el curso de la historia económica. En la Casa de la Moneda de Potosí se acuñaba el «Real de a Ocho». Esta moneda era tan fiable y abundante que se convirtió en la divisa estándar para el comercio internacional. Se aceptaba en los mercados de Europa, China, la India y todo el sudeste asiático.

Real de a Ocho acuñado en Potosí

«Quien no ha visto Potosí, no ha visto las Indias. Es la riqueza del mundo, terror del Turco, freno de los enemigos de la Fe y del nombre de los españoles, asombro de los herejes, silencio de las bárbaras naciones. Todos estos epítetos le convienen. Con la riqueza que ha salido de Potosí; Italia, Francia, Flandes y Alemania son ricas, y hasta el Turco tienen en su Tesoro barras de Potosí.»

Fray Reginaldo de Lizárraga. Potosí 1570

Hacia mediados del siglo XVIII, Potosí empezó a mostrar signos de agotamiento. Las vetas de plata más ricas se terminaron y la producción cayó drásticamente. Sin embargo, la ciudad encontró un segundo aire a finales del siglo XIX y principios del XX con la explotación de estaño, que volvió a colocar a Potosí en el mapa minero mundial.

Hoy en día, el Cerro Rico de Potosí sigue siendo explotado por cooperativas mineras, aunque su estructura está tan debilitada por los miles de kilómetros de túneles que existe un riesgo real de colapso geológico. La ciudad de Potosí sobrevive como un museo viviente, conservando su arquitectura virreinal y el eco de una época en la que fue el centro del universo económico.

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