HISPANOAMÉRICA

LA REBELIÓN DE LOS ENCOMENDEROS

La Rebelión de los Encomenderos en Perú fue uno de los episodios más turbulentos, sangrientos y definitorios de la historia virreinal de Hispanoamérica. Fue el último suspiro del feudalismo medieval, aplastado por la firmeza de la Monarquía Hispánica. Una lección de historia para aquellos que dicen que las leyes en favor de los indios no se acataban.

Tras la caída del Imperio Inca, España instauró el sistema de la Encomienda. Una institución mediante la cual la Corona cedía a un español (el encomendero) el derecho de percibir los tributos de un grupo de indígenas no aliados y no bautizados, a cambio de protegerlos y evangelizarlos. En la práctica, se convirtió en una forma de trabajo forzado encubierto que otorgaba a los capitanes de la conquista un poder casi señorial.

Sin embargo, en 1542, informado sobre los abusos cometidos por algunos (no todos) encomenderos, el emperador Carlos V promulgó las Leyes Nuevas. Estas leyes buscaban mejorar el trato a los indígenas y eliminar las encomiendas. Esto fue interpretado como una declaración de guerra para algunos españoles, pues sin la encomienda no podían continuar utilizando como mano de obra barata a dichos indígenas.

Cuando el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, llegó a Lima en 1544 para aplicar las Leyes Nuevas, lo hizo con una rigidez suicida. Su falta de tacto unificó a los encomenderos, quienes buscaron un líder. El elegido fue Gonzalo Pizarro, el menor de los hermanos Pizarro, un hombre valiente, carismático y poseedor de una gran ambición.

Gonzalo desafió al Virrey, lo derrotó y lo ejecutó en la Batalla de Añaquito (1546). En ese momento, Gonzalo Pizarro se autoproclamó rey del Perú. Sus asesores, especialmente el temible Francisco de Carvajal, apodado «El Demonio de los Andes», le instaron a coronarse formalmente, romper con España y casarse con una princesa inca para legitimar su estirpe. Pero Gonzalo, atrapado entre su rebeldía y su lealtad residual a la Corona, dudó.

Enterado de la ejecución del Virrey, Carlos V comprendió que no podía enviar un ejército a través del Atlántico, pues el costo era prohibitivo y el riesgo de derrota, alto. En su lugar, envió a el clérigo Pedro de la Gasca, conocido como El Pacificador, un hombre de letras.

Grabado de Pedro La Gasca realizado en 1587

La Gasca llegó a Panamá en 1546 con poco más que su sotana, un título de «Presidente de la Real Audiencia» y un fajo de papeles firmados en blanco por el Emperador. Su estrategia fueron la diplomacia y el perdón. Ofreció indultos totales a quienes regresaran al bando real, prometió mantener las encomiendas y utilizó la psicología para socavar la lealtad de los afines a Gonzalo Pizarro. Para 1547, la flota de Pizarro en Panamá, comandada por Pedro de Hinojosa, se había pasado al bando de La Gasca. El Pacificador ahora tenía barcos y hombres.

A principios de 1548, La Gasca desembarcó en Perú y comenzó su marcha hacia Cuzco, el corazón del poder administrativo. A medida que avanzaba, el ejército de Gonzalo Pizarro se desintegraba. No por batallas, sino por deserciones nocturnas. Los hombres de Pizarro, cansados de años de guerra, tentados por los indultos de La Gasca, y temerosos de la implacable justicia real por su traición, veían en el clérigo una salida digna. En vista de las deserciones, Francisco de Carvajal, a sus 84 años y con una lucidez militar aterradora, advirtió a Gonzalo:

«Señor, este cura nos está ganando con papel y tinta lo que nosotros ganamos con hierro»

Carvajal propuso una guerra de guerrillas, retirarse a las Charcas (actual Bolivia) y desgastar a las tropas reales. Gonzalo, sin embargo, decidió ofrecer batalla en el valle de Jaquijahuana, cerca de Cuzco.

Los dos ejércitos se desplegaron uno frente al otro. Gonzalo contaba con unos 900 hombres, una fuerza de caballería de élite y la artillería de Carvajal. La Gasca, por su parte, tenía una superioridad numérica abrumadora (casi 2.000 hombres), pero su verdadera arma era la moral. En cuanto sonaron los primeros disparos de artillería, ocurrió lo impensable. El capitán Sebastián de Garcilaso de la Vega (padre del famoso cronista Inca Garcilaso) cruzó las líneas y se unió a La Gasca. Lo siguieron cientos de soldados. Gonzalo Pizarro observaba atónito cómo su ejército se desvanecía sin luchar. Se volvió hacia Carvajal y le preguntó:

¿Qué haremos, señor Mariscal?

Carvajal, con su humor negro característico, comenzó a cantar una copla popular:

Estos mis cabellicos, madre, dos a dos se los lleva el aire

Comprendiendo que todo estaba perdido, Gonzalo Pizarro cabalgó hacia las líneas enemigas y se entregó al sargento mayor Diego de Centeno. La Gasca no perdió tiempo. Esa misma noche organizó un tribunal sumario. Francisco de Carvajal fue condenado a ser arrastrado por un caballo y luego descuartizado. Recibió la sentencia con una frialdad asombrosa, burlándose de sus ejecutores hasta el último suspiro. Sus restos fueron repartidos por los caminos de Perú como advertencia. A Gonzalo Pizarro, debido a su linaje, se le permitió ser decapitado (un castigo más noble). Antes de morir, pidió que se rezara por su alma y reclamó que Perú le pertenecía por derecho de conquista. Su cabeza fue enviada a Lima y exhibida en una jaula de hierro con una inscripción que lo declaraba traidor.

Ilustración del siglo XVIII que representa la decapitación de Gonzalo Pizarro

La victoria de La Gasca en 1548 marcó el fin de sueños e intenciones de independencia por parte de los conquistadores, así como el fin de asentarse como señores independientes. Aunque hubo levantamientos menores después (como el de Hernández Girón en 1553), la gran amenaza a la Corona había sido neutralizada. La Gasca realizó el famoso Reparto de Guaynarímac, para entregar tal y como había prometido, las encomiendas de los rebeldes a quienes se mantuvieron leales.

Aquí llegó el gran problema, cuando al hacer el recuento resultó que había más de 2.000 pretendientes (soldados que esperaban premio por su lealtad), pero solo había unas 150 encomiendas de valor real para repartir. Cuando se publicaron las listas, la decepción fue masiva. Muchos capitanes que esperaban rentas de 10.000 pesos recibieron migajas o, peor aún, nada. La reacción de los encomenderos fue una mezcla de estupefacción, rabia contenida y una profunda sensación de traición. Imagine a un hombre que ha arriesgado su vida traicionando a Gonzalo Pizarro para unirse al bando del Rey, esperando que el «clérigo» lo colmara de tierras y esclavos, solo para recibir un fajo de papeles que limitaban sus ganancias. Se dice que el ambiente era tan tenso que La Gasca tuvo que abandonar el lugar rápidamente para evitar que lo lincharan.

También hubo un gran malestar en quienes recibieron las nuevas encomiendas, pues La Gasca se aseguró de que una quinta parte de toda la riqueza generada fluyera directamente a las arcas del Rey en España, sin «filtraciones» en el camino. La nueva organización fiscal fue vista como un robo. Los nuevos encomenderos argumentaban ahora que ellos habían financiado las expediciones de su propio bolsillo y que el Rey, al limitar los impuestos, les estaba robando su «inversión». Ahora eran simples rentistas supervisados por la Corona.

El clérigo nos venció con perdones, pero nos mató con la pluma

Antes de La Gasca, el tributo era un caos. Cada encomendero decidía cuánto debían pagarle los indígenas de su zona, basándose puramente en su codicia. La Gasca introdujo la Visita General. Envió funcionarios (visitadores) a cada rincón de Perú para censar a la población y evaluar la capacidad productiva de las tierras. No se podía exigir oro a una comunidad que solo producía papas. La Gasca ordenó que el impuesto se ajustara a los recursos locales.

El resultado de las visitas fue la Tasa de La Gasca, la primera regulación oficial del tributo indígena en el Perú. Se estableció por escrito cuánto debía entregar cada comunidad. Esto quitó al encomendero el poder de cambiar las reglas a su antojo. Uno de los puntos más revolucionarios fue prohibir que el tributo se pagara con trabajo forzado (esclavitud encubierta). La Gasca dictaminó que el tributo debía pagarse en especies o en dinero, no con el cuerpo del indígena.

El Virreinato del Perú se consolidó como parte del Imperio español y un sistema administrativo que duraría casi tres siglos. La Corona aprendió que para gobernar un continente tan vasto, necesitaba burócratas astutos y eficientes. Con estas reformas, La Gasca creó un sistema de contabilidad más estricto donde los oficiales reales (el tesorero, el contador y el factor) debían vigilarse mutuamente. Perú dejó de ser una tierra de aventura y botín para convertirse en otra joya administrativa del Imperio Español.

Pedro La Gasca retornó a España dos años después, en 1550, donde continuó su labor eclesiástica, falleciendo como Obispo de Sigüenza en el año 1567.

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