EL CURA MERINO
No es el guion de una película de aventuras; es la vida real de Jerónimo Merino Cob, conocido como el Cura Merino. En una España invadida y humillada, este sacerdote decidió que su fe no era incompatible con el acero. Representa, como pocos, la paradoja del «sacerdote-soldado»; un hombre que, habiendo sido ordenado para la paz y el consuelo de las almas, terminó empuñando el sable y liderando a miles de hombres, cambiando la comodidad de su parroquia por el frío de las montañas y forjando una leyenda de resistencia en una guerra de guerrillas que desgarró al ejército más poderoso de la época, el de Napoleón.
Jerónimo Merino nació el 30 de septiembre de 1769 en Villoviado, una pequeña aldea de la provincia de Burgos. Hijo de agricultores, su destino parecía trazado desde la infancia hacia la Iglesia, una salida habitual para los hijos de familias rurales que demostraban cierta capacidad intelectual.
Tras estudiar en el seminario de Burgos, fue ordenado sacerdote y regresó a su pueblo natal para ejercer como párroco. Durante años, Merino llevó una vida monótona y tranquila, dedicada a las labores pastorales y al cuidado de las tierras familiares. Nada en su comportamiento sugería que aquel hombre de mediana edad, de carácter austero y pocas palabras, acabaría convirtiéndose en un genio de la estrategia militar.
La chispa que transformó al cura en guerrillero prendió en 1808. Con la entrada de las tropas napoleónicas en España bajo el pretexto de invadir Portugal, los abusos contra la población civil se multiplicaron. En Villoviado, tras una noche de excesos y saqueos por parte de un destacamento francés, al día siguiente los gabachos no tenían mulas suficientes para cargar con todo lo robado, así que un oficial obligó a Merino a realizar tareas humillantes: fue forzado a cargar con los tambores y el equipaje de los soldados mientras estos se burlaban de su condición de sacerdote, durante 10 kilómetros, hasta llegar a Lerma.
Aquel insulto a su dignidad y a su fe despertó en él un odio profundo hacia el invasor. Tras ser liberado, juró que los franceses pagarían cara la afrenta. Al regresar a su pueblo, Merino, cogió la escopeta de casa y su primera acción guerrillera consistió en atacar el día de Reyes Magos a un correo francés y su escolta, a la altura de un pueblo cercano. Esta primera acción le valió para que algunos jóvenes de la comarca se le unieran.
En junio de ese mismo año le llegan noticias que un destacamento francés está de tránsito por la región, así que decide mantener viva una red de información que finaliza con el asalto al Palacio Ducal de Lerma, donde estaban acuartelados los franceses, consiguiendo hacer presos a los supervivientes. Esta noble acción le procura más fama y cada vez más jóvenes -y no tan jóvenes- acuden para unirse a su causa. Uno de estos hombres es Ramón Santillán, quien años más tarde será el primer gobernador del Banco de España.

El Cura Merino no era un militar de carrera, pero poseía un instinto natural para la guerra de guerrillas. Comprendió rápidamente que no podía enfrentarse a los veteranos soldados de Napoleón en campo abierto, por lo que perfeccionó la táctica del «ataque y fuga».
Con ayuda de otro famoso guerrillero, El Empecinado, su unidad pasó a llamarse el Regimiento de Húsares de Burgos, aunque popularmente siempre fueron «los hombres del cura». A diferencia de otros jefes de partidas que rozaban el bandolerismo, Merino impuso una disciplina férrea. Prohibió el saqueo a los propios españoles y castigaba con dureza cualquier falta moral entre sus filas.
Considerado ya un importante líder guerrillero por la Junta de Defensa, se le confiere la vigilancia de los caminos entre Burgos y Valladolid, en la que otros éxitos continúan acrecentando la fama y el prestigio del Cura Merino en aquella región de Castilla, de tal manera que el 22 de enero de 1810 ya tenía la suficiente fuerza en hombres como para atacar ya no destacamentos, sino divisiones enteras, como ocurrió aquel día en Dueñas (provincia de León), cuando emboscó a 1.500 soldados franceses de los que tan solo escaparon 200.
También sufrió, como no, algunas derrotas, pues tengamos en cuenta que el Cura Merino y sus hombres no habían sido guerreros anteriormente, no habían tenido preparación militar y sus filas estaban compuestas por agricultores, estudiantes, profesionales, etc… Al contrario que los soldados franceses que estaban inmersos en una guerra europea en la cual el ejército francés estaba considerado en aquel momento como el mejor de todos. Y tal vez la derrota más sonada del Cura Merino ocurrió en la villa de Almazán (Soria), donde el Cura Merino y sus hombres fueron sitiados por un regimiento francés dirigido por un general al frente de 1.200 soldados. Los franceses atacaron la villa y en vista que no podían abrir brecha y tras sufrir gran cantidad de bajas, solicitaron u armisticio de varias horas para recoger a los fallecidos. El Cura Merino aceptó el alto el fuego, pero los franceses aprovechando la guardia baja de los españoles, rompieron el alto el fuego y lograron entrar en la tranquila villa soriana, que fue sometida a saqueo y posterior incendio por los franceses. Afortunadamente, el Cura Merino y otros de sus hombres lograron escapar a caballo.
En 1811 establece su cuartel general en una cueva cercana a Regumiel de la Sierra (Burgos), desde la que dirige ataques por toda aquella comarca. Al año siguiente los franceses detectan que el Cura Merino debe estar escondido en aquel pueblo y someten a sus habitantes a interrogatorios, de los que no consiguen extraer la información. Para escarmentar a los habitantes del pueblo, los franceses queman la iglesia y el fuego termina propagándose por varias casas más.

Varias semanas más tarde el Cura Merino decide dar venganza. El objetivo era el 1º Batallón del Regimiento del Vístula, una unidad de élite compuesta por soldados polacos integrados en el ejército francés. Eran tropas veteranas, famosas por su dureza y disciplina. El batallón había salido de Aranda de Duero con la misión de recolectar carne y grano en los pueblos de la comarca.
Merino, gracias a su red de informadores locales, conocía la ruta exacta y la disposición de la columna enemiga. Decidió tenderles una emboscada en un desfiladero cercano a Hontoria de Valdearados. Dividió a sus 2.500 hombres y bloqueó las salidas del valle con barricadas naturales y tiradores apostados en las alturas.
Aquí os emplazo hontorianos,
Aquí os emplazo españoles
a mostrar vuestros bemoles
y a exhibir vuestros reaños.
Que hoy toca arriesgar la vida
por mucho que sea bella
y que nos sea querida,
para salvarnos la honra
¿pues acaso quiere aquella
quien la vive en la deshonra?
Hoy la patria nos convoca,
mis amigos hontorianos,
contra el maldito francés
De Zaragoza a Gerona
De Móstoles a Lavapiés
De Cádiz a Barcelona
Desde Gata al Finisterre
De Burgos a Valdearados
¡Por nuestras bellas mujeres!
¡Por nuestro niños amados!
¡Por los cielos estrellados
que alumbraron nuestra infancia
y también nuestra vejez,
mandemos raudos a Francia
al presumido francés,
y que llore la arrogancia
y lamente de una vez
el haber plantado el pie
donde es España y no Francia.
Que hoy mis queridos hermanos
nos toca escribir la historia
de España a los hontorianos.
Y en los arcos del triunfo
que en el mundo entero haya
escribid con la cizalla
y labrad con vuestras manos.
Y que queden bien grabados
las letras de la victoria
y el nombre de la batalla:
¡¡¡Hontoria de Valdearados!!!
Gritad conmigo soldados
Gritad conmigo hontorianos
¡¡¡Viva Hontoria de Valdearados!!!
¡¡¡Viva España!!!
Cuando el convoy entró en el embudo, los guerrilleros abrieron fuego desde las rocas. La confusión fue total. Los polacos, acostumbrados a la guerra de líneas, no encontraban a quién disparar, pues los hombres del cura utilizaban el terreno para disparar y ocultarse instantáneamente. Tras un combate encarnizado, el Cura Merino logró la rendición de la unidad. Capturó a 669 soldados polacos, varios oficiales y un botín inmenso en armas y ganado.
«… Tenemos la satisfacción de anunciar a V.E. que el 16 del pasado mes de abril de 1812 han tenido estas tropas la acción más brillante de cuantas han ocurrido desde los principios de su formación: todo el batallón 1.º del Vístula, compuesto de 669 polacos fueron fruto de ella. Habían salido de la villa de Aranda a continuar sus robos y saqueos. El Coronel Merino cae sobre ellos en Hontoria de Valdearados, en tan buena disposición, que ni uno siquiera se les fue. Sesenta y nueve murieron en el ataque, sin que por nuestra parte hubiese más desgracias que cinco heridos, el uno de gravedad, los demás polacos, con sus jefes y oficiales, quedaron prisioneros. Inmediatamente de concluida la acción mandaron los Comandantes degollar a 110 de ellos. El resto de los prisioneros ha sido conducido hacia las Asturias…»
Este éxito fue tan sonado que el general jefe del 7.º Ejército español, Gabriel de Mendizábal, ordenó que la partida de Merino fuera elevada a la categoría de división oficial, otorgándole recursos para llegar hasta los 6.000 combatientes.

Se dice que no dormía en camas, sino en el suelo o sobre un banco, incluso cuando era general. Su dieta era la de un campesino pobre. Era famoso por su honradez. Devolvía hasta el último real capturado si consideraba que pertenecía a civiles inocentes, pero era implacable con los traidores o los espías.
Fue un pionero en el uso de la inteligencia militar. Tenía una red de informadores (monjes, pastores, mujeres) que le permitía saber los movimientos del enemigo con horas de antelación.
El Cura Merino se convirtió en una pesadilla logística para los generales franceses. Sus misiones principales consistieron en interceptar los correos que enviaba Napoleón a sus mariscales en Madrid o Portugal. Atacar los convoyes de suministros, dejando a las guarniciones francesas sin víveres ni munición. Y la guerra psicológica, gracias a su capacidad para aparecer y desaparecer de la nada, generando un pavor casi supersticioso entre los gabachos.
Uno de sus mayores éxitos fue la emboscada en el desfiladero de los Hornillos y sus acciones en Roa, donde llegó a capturar a cientos de franceses.
A diferencia de la mayoría de sus acciones, que ocurrían en descampados o bosques, la Sorpresa de Roa demostró que Merino también podía tomar poblaciones fortificadas.
Tras la victoria aliada en los Arapiles, las tropas francesas del general Marmont estaban en retirada. Un destacamento francés se hizo fuerte en la villa de Roa (Burgos), confiando en sus murallas. Merino, en lugar de un asalto frontal que habría costado muchas vidas, utilizó la infiltración nocturna.
Sus hombres conocían entradas secretas y pasadizos de la villa. En una noche cerrada, penetraron en el casco urbano y atacaron los cuarteles por sorpresa. Los franceses, despertados por el estruendo de los disparos y el grito de «¡Viva el Cura!», entraron en pánico. Fue una victoria psicológica devastadora; los gabachos comprendieron que ni siquiera detrás de los muros de una ciudad estaban a salvo del «cura de Villoviado».
Su fama creció tanto que la Junta Suprema Central le otorgó rangos militares oficiales, ascendiendo progresivamente hasta llegar a Brigadier.
El éxito de Merino en estas batallas se basaba en; movilidad absoluta. Sus hombres podían recorrer 60 kilómetros en una noche por senderos que los franceses ni siquiera veían. La logística popular que le permitía no llevar grandes carros de suministros. Cada casa de campo, cada monasterio y cada pastor era una fuente de alimento y, sobre todo, de inteligencia militar. Y por último, la «Guerra de Nervios». Merino no buscaba aniquilar a los franceses en una gran batalla, sino «desangrarlo» mediante mil pequeñas heridas. Hacía que el soldado francés tuviera miedo de alejarse diez metros de su hoguera para buscar leña, sabiendo que los guerrilleros del cura podían estar observando desde la espesura.
Como la historia siempre es mejor contada por sus protagonistas, dejamos a continuación, uno de los partes de guerra que escribió el propio Cura Merino. Este en concreto está fechado en abril de 1813 y describe el ataque a 300 soldados franceses de la Guardia Real:
Excmo. Sr.
Hallándome en los pueblos de Solarána y Nebreda con 200 caballos y 600 infantes del sexto batallón de Arlanza, tuve noticia que en la villa de Roa se hallaban como 300 enemigos entre ellos 140 caballos dé la guardia real, con preparativos de ponerse en marcha para Peñafiel. Mil dificultades se me ofrecían para poder realizar una sorpresa que llenase mi deseo. Mi segundo D. Antonio López Angulo se hallaba distante con el segundo batallón y restantes tropas del primero: los infantes y caballos se hallaban algo cansados a causa de unas marchas rápidas en los días anteriores: la villa de Roa ofrecía una posición, que además de estar murada, es un fuerte por si, y un circuito dilatado para poder atender a sus entradas con la poca infantería que me hallaba, y por último sabía muy bien que la acción debía ser ejecutada en el término de dos horas, a causa de halarse en la villa de Peñafiel 400 caballos y 500 infantes enemigos que debían socorrerlos en este tiempo, y en Fuentidueña 1500. Nada de esto me detuvo, cuando al mismo tiempo llegaron a mis oídos algunas voces incautas é imprevistas de los pueblos, que sin consideración a todos estos inconvenientes sentían que tan corto número dé enemigos se restituyesen a la guarnición de Peñafiel. En efecto, receloso de sus avisos continuos y prontos de mis movimientos, salí de aquellos pueblos con mi tropa a las 9 de la mañana del 14 del corriente, y descansé en el de Bahabon hasta las 8 de su noche, y al mismo tiempo dirigí dos avanzadas de caballería a los puentes de S. Martin de Royales y Peñafíel para avisarme de cualquier movimiento del enemigo. En esta hora volví a emprender la marcha para la villa de Roa, y llegando a sus cercanías, fueron descubiertas dos compañías y otra de caballeria por una patrulla enemiga, a causa de lo despejado del terreno por aquella parte, y la claridad de la luna, cuyo accidenta hizo romper el fuego antes de tiempo. En este caso no hubo otro medio que entrar a la bayoneta por la referida puerta y la de la Cuba, como lo ejecutó mi infantería, haciéndolos replegar hacia la plaza con un vivísimo fuego. Él enemigo, valiéndose de la obscuridad de la noche, hizo una llamada con 16 caballos al mando de su comandante de escuadrón, por el puente de Duero, á tiempo que mi caballería iba a tomar posición en aquel punto, y creyendo seria toda la caballería por el ruido y velocidad de un escape, les persiguieron hasta el puente de S Martin de Royales, donde acabaron de ser todos muertos y prisioneros. Entre tanto el enemigo comprometido, rompió por una de las calles menos defendidas, y tomó el camino de Peñafiel. Como de algunas casas hicieron bastante fuego, creyeron algunos comandantes dé compañía habría alguna gran parte en el pueblo que pudiese salir posteriormente por retaguardia, y su apresamiento les detuvo en el pueblo algún tiempo, que hizo falta para alcanzar el grueso de caballería infantería, que huían, persiguiéndoles solo algunas guerrillas. Yo tomé por su derecha con un escuadrón del comandante D. Santos Padilla, que acababa de llegar, con ánimo de interceptarles el puente de S. Martín; más lo escabroso del terreno y embarazoso del viñedo me impidió poderlos realizar. A este tiempo acababa de llegar igualmente el comandante D. Tomas Príncipe, quien se reunió al momento con su caballería a la mía por la izquierda del Duero, para contener un refuerzo de 360 caballos y 500 infantes que venían de Peñafiel. Hallándose mi tropa de una y otra arma ya demasiado cansada, emprendí mi retirada para la villa de Sotillo, sosteniéndola con la caballería de los referidos comandantes, y la mía con el mayor orden. En este pueblo se cargó a la enemiga, y se la obligó a retirar y desistir de su empeño, dirigiéndome yo con la tropa de mi mando a los pueblos de Pinilla y Cilleruelo á racionarla, pues hacia 24 horas que se hallaban sin alimentarse y en continua marcha. El resultado de esta acción ha sido 80 muertos con bastantes heridos, y 25 prisioneros enemigos, entre ellos 11 oficiales y 9 jurados, con 40 caballos: de nuestra parte 10 muertos y 25 heridos.
Recomiendo a V.E. á los capitanes de caballería y de infantería y a D. Joaquin Machado, quienes han acreditado su valor.
Dios guarde á V.E. muchos años. Arauzo 19 de abril de 1813. – Excmo. Sr.– Jerónimo Merino– Excmo. Sr. presidente y vocales de la junta superior de Burgos

Al final de la guerra, en 1814, Merino era un héroe nacional. Culminó esta etapa de su vida alcanzando el cargo de gobernador militar, con grado de general, de la plaza de Burgos y una vez acabada la guerra renunció a sus honores militares y volvió a sus labores de cura de pueblo
Sin embargo, a diferencia de otros guerrilleros como «El Empecinado», que abrazaron las ideas liberales de la Constitución de Cádiz, Merino se mantuvo fiel a la monarquía y a la tradición católica más ortodoxa. Merino volvió a su vida religiosa, pero la paz duraría poco. España entró en una espiral de inestabilidad política entre absolutistas y liberales.
Cuando el general Riego se sublevó en 1820 obligando al Rey a jurar la Constitución de 1812, Merino no lo dudó: volvió a tomar las armas. Para él, el liberalismo era una importación extranjera, tan dañina para la religión y la patria como lo habían sido las tropas de Napoleón.
Organizó partidas realistas en Castilla, donde el Cura Merino demostró su lealtad a la figura del Rey y a la hegemonía de la Iglesia Católica. Su apoyo fue clave para facilitar la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis, el ejército enviado por la Santa Alianza para restaurar el poder absoluto de Fernando VII.
En 1823 protagonizó uno de los episodios más tristes: su enfrentamiento contra Juan Martín «El Empecinado», su antiguo mentor durante la guerra contra los franceses.
Diez años después de haber luchado codo con codo contra Napoleón, el destino los puso en bandos opuestos debido a la ideología. Merino lideraba las partidas realistas, mientras que El Empecinado defendía la Constitución liberal. Ambos se encontraron en las cercanías de Arauzo de la Miel, (Burgos).
Se cuenta que Merino, conociendo bien a su rival, evitó el derramamiento de sangre innecesario mediante maniobras de desgaste. En un momento del conflicto, Merino llegó a decirle a su antiguo compañero:
«Hazte preso, ríndete Juanillo»
Merino finalmente logró capturar a El Empecinado cerca de Roa. Aunque Merino no fue el responsable directo de su posterior ejecución (que fue una decisión política de la corona), el hecho de que el cura fuera quien capturase al héroe liberal más grande de España, marcó el fin de la hermandad guerrillera y el inicio de la profunda división de las «dos Españas».
El 13 de noviembre de 1833, con sus tropas a las puertas de Burgos, al dirigirse al ejército que se le oponía manifestaba los motivos de su lucha:
“Soldados. La causa más santa y la más justa ha reunido este brillante y numeroso ejército que veis a las puertas de la ciudad: la santa religión de nuestros padres y el trono de España; tales son los queridos objetos que queremos poner al abrigo de la persecución de los monstruos infames de la iniquidad…”
La muerte de Fernando VII en 1833 desencadenó el conflicto sucesorio entre los partidarios de la hija del Rey, Isabel II (apoyada por los liberales), y los seguidores del hermano del Rey, el infante Don Carlos María Isidro (apoyado por los tradicionalistas).
Merino, ya un hombre de 64 años —una edad avanzada para la época—, se unió a la causa carlista bajo el lema «Dios, Patria y Rey». Fue nombrado Capitán General de Castilla la Vieja por el bando carlista.
A pesar de su edad, Merino seguía siendo el mismo hombre incansable. Lideró expediciones por toda Castilla, intentando levantar a las masas rurales contra el gobierno de Madrid. Sin embargo, los tiempos habían cambiado. El ejército liberal estaba mejor financiado y la causa carlista en el centro de la península no lograba consolidar los éxitos que tenía en el Norte.
Aun así, su sola presencia bastaba para infundir respeto. Su figura, siempre vestido con su sotana raída bajo la capa militar y su sombrero de teja, se convirtió en un icono de la resistencia carlista. Participó en el asedio de Morella y acompañó a Don Carlos en varias de sus marchas por España.
El final de la Primera Guerra Carlista llegó con el Abrazo de Vergara en 1839. Merino, fiel a sus principios y considerando el pacto como una traición, se negó a rendirse. Prefirió el camino del exilio antes que jurar fidelidad a una reina liberal.
Se instaló en Alençon, Francia, en una comunidad de sacerdotes exiliados, viviendo de una pequeña pensión que le otorgó el gobierno francés por su rango militar. Allí pasó sus últimos años en la más absoluta austeridad, dedicado a la oración y recordando sus días de gloria en las montañas de Burgos. Falleció el 31 de octubre de 1844 a los 75 años.
En 1968, los restos del Cura Merino fueron repatriados desde Francia y enterrados con honores en Lerma, Burgos, cerca de los lugares donde forjó su leyenda. Hoy, una estatua ecuestre lo recuerda en la villa ducal, mirando hacia los campos de Castilla que defendió con tanta ferocidad.


