OCEANÍA

Y LO LLAMARON AUSTRALIA

La expedición de Pedro Fernández de Quirós entre 1605 y 1606 representa el último gran esfuerzo de España por desentrañar los misterios del Océano Pacífico y encontrar la mítica Terra Australis Incognita. Aunque Quirós no llegó a desembarcar en lo que hoy conocemos como el continente australiano, su viaje marcó un hito en la navegación y la toponimia, bautizando a las tierras que encontró como la «Austrialia del Espíritu Santo».

Para entender la expedición de Quirós, hay que remontarse a 1595. En esa fecha, participó como piloto mayor en la segunda expedición de Álvaro de Mendaña, que buscaba colonizar las Islas Salomón. Aquel viaje fue un desastre humano: Mendaña murió, la colonia en las islas Santa Cruz fracasó debido a la hostilidad y las enfermedades, y Quirós tuvo que asumir el mando de una flota maltrecha para llevar a los supervivientes hasta Manila.

Esta experiencia, lejos de desanimarlo, le imbuyó una obsesión religiosa y geográfica. Quirós estaba convencido de que, al sur de las rutas conocidas, existía un continente vasto y poblado.

Quirós pasó varios años en Roma y Madrid buscando apoyo. No era un simple marino; era un hombre de una fe profunda. Logró el respaldo del Papa Clemente VIII y, finalmente, de Felipe III rey de España, quien le otorgó las cédulas reales necesarias para armar una nueva expedición, en y desde el Virreinato del Perú.

Pedro Fernández de Quirós

El 21 de diciembre de 1605, la expedición zarpó del puerto del Callao, en Lima. Estaba formada por tres naves; San Pedro y San Pablo: La capitana, donde iba Quirós. San Pedrico: Al mando de Luis Váez de Torres, un marino excepcionalmente capaz y Los Tres Reyes, un pequeño lanchón o galeota.

En total, unos 300 hombres, incluyendo marineros, soldados y frailes franciscanos. La moral era alta, impulsada por las promesas de Quirós de encontrar una tierra de abundancia.

Su objetivo era doble; Encontrar el continente austral y cristianizar los territorios descubiertos.

El viaje fue largo y agotador. A diferencia de otros navegantes que seguían rutas establecidas por las corrientes, Quirós decidió bajar hasta latitudes más meridionales para buscar el continente.

Durante meses, avistaron el archipiélago Tuamotu, a los que dio diferentes nombres; San Juan Bautista corresponde al atolón Henderson. Santisteban, identificada como Vairaatea. San Marcos, conocida actualmente como Hao. Las Cuatro Coronadas: Referente a los atolones del grupo Acteón y La Conversión de San Pablo.

Navegación de Pedro Fernández de Quirós 1605 – 1606

El 2 de marzo de 1606 llegaron a la actual de Rakahanga, en al actual archipiélago de las Islas Cook. A esta isla, debido a la buena apariencia física de sus habitantes indígenas, llamó Gente Hermosa.

Pero el agua escaseaba y el descontento empezaba a brotar entre la tripulación, que no compartía el optimismo del capitán. Quirós prohibió el juego, las blasfemias y trataba de evitar, en la medida de lo posible, el conflicto violento con los nativos, lo que a veces era visto como debilidad por sus soldados.

En mayo de 1606, la flota llegó a un archipiélago que hoy conocemos como Vanuatu. Al ver una masa de tierra que parecía extenderse indefinidamente hacia el horizonte, Quirós creyó haber alcanzado finalmente el continente austral.

El 14 de mayo de 1606, desembarcaron en una gran bahía que llamaron Bahía de San Felipe y Santiago. Bautizó la tierra como Austrialia del Espíritu Santo. El término «Austrialia» (con una ‘i’ intercalada) fue un juego de palabras en honor a la Casa de Austria, la dinastía reinante en España, y a la palabra latina australis.

En algún lugar del Pacifico Sur. Obra de Carlos Penagos Parrilla

Fundó una ciudad (que solo existió en el papel y en chozas provisionales) llamada Nueva Jerusalén, a orillas de un río al cual llamó Jordán.

Creó una orden de caballería llamada Caballeros del Espíritu Santo para los miembros de su expedición, con la misión de defender la nueva tierra y a sus habitantes.

«Sea a todo el mundo notorio que yo, el capitán Pedro Fernández de Quirós… en nombre de la Santísima Trinidad… tomo posesión de todas las tierras que tengo vistas y estoy viendo, y de toda esta parte del sur hasta el Polo…»

La estancia en la «Austrialia» fue breve y tensa. Hubo enfrentamientos con los indígenas y la tripulación estaba al borde del motín. En junio de 1606, tras un intento fallido de salir de la bahía debido a vientos contrarios, ocurrió el evento más polémico de la expedición.

El 11 de junio de 1606, en la Bahía de San Felipe y Santiago (Vanuatu), la nave capitana de Quirós desapareció durante una noche de tormenta. Según la versión de Quirós los vientos le impidieron regresar a la bahía y se vio obligado a poner rumbo a México. Pero muchos historiadores sugieren que hubo un motín y la tripulación obligó a Quirós a abandonar la expedición y regresar a América.

Quirós llegó a Acapulco, Nueva España (México), en noviembre de 1606, agotado, enfermo y envuelto en una crisis política. Dedicó el resto de su vida a intentar convencer a la Corona de enviar una tercera expedición. Escribió más de 50 Memoriales al Rey, describiendo las riquezas y la importancia estratégica de la Austrialia del Espíritu Santo.

Sin embargo, el Consejo de Indias veía la exploración de esa parte del Pacifico poco práctico. España ya había llegado casi un siglo atrás a las islas de las especias y ya se había establecido en Filipinas y otros archipiélagos. Explorar y repoblar un nuevo continente era ya un reto casi imposible para España, demográficamente hablando.

Pedro Fernández Quirós falleció en la ciudad de Panamá en 1615, justo antes de que se le permitiera organizar un nuevo viaje.

Mientras Quirós regresaba, Luis Váez de Torres, que se había quedado atrás con el San Pedrico, tomó el mando de lo que quedaba de la flota. Las vicisitudes de Luis Váez de Torres tras la separación de Quirós constituyen uno de los episodios más fascinantes y, durante mucho tiempo, más secretos de la historia de la navegación. Torres completó una de las navegaciones más audaces de la época.

Tras esperar durante 15 días en vano a su capitán, Torres abrió las instrucciones selladas que se entregaban para casos de emergencia. Estas le ordenaban que, si se separaban, debía navegar hasta los 20° sur para buscar el continente y, de no hallarlo, dirigirse a Manila para informar a la Audiencia.

Torres no se limitó a huir hacia Filipinas. Cumplió las órdenes con una disciplina férrea. Descendió hasta los 21° de latitud sur, una zona nunca antes navegada en ese sector del Pacífico. Al no encontrar tierra firme, viró hacia el norte y el oeste, lo que lo llevó directamente hacia la punta sur de la Isla de Papúa Nueva Guinea.

Este es el punto culminante de su diario. En lugar de seguir la ruta habitual por el norte de Papúa Nueva Guinea (que era conocida), Torres se vio empujado por los arrecifes y las corrientes hacia el sur de la gran isla.

Esto llevó a Torres a realizar uno de los descubrimientos náuticos más importantes de la historia:, se internó en un laberinto de coral que hoy lleva su nombre; el Estrecho de Torres. Los detalles de su navegación aquí son asombrosos. Durante dos meses (agosto y septiembre de 1606), Torres tuvo que sortear cientos de islas, islotes y bajíos de coral.

Es casi seguro que Torres vio la costa norte de Australia (Cabo York). En su diario menciona «grandes tierras al sur», pero las describió como un archipiélago de islas debido a la baja visibilidad y la complejidad de los arrecifes. Para él, Australia no era un continente nuevo, sino más «islas» en un mar infinito.

El diario describe contactos con poblaciones indígenas muy diferentes a las de la Polinesia. Describe a los habitantes de las islas del Estrecho y de la costa sur de Papúa Nueva Guinea como gente de piel oscura, muy violentos y armados con arcos, flechas y mazas de piedra.

Torres relata varios enfrentamientos violentos, pero también la toma de unos veinte prisioneros para llevarlos a Manila como prueba de las razas encontradas.

Torres llegó finalmente a Manila en mayo de 1607. Gracias a sus descripciones de gran precisión técnica sobre profundidades de agua, tipos de madera, vientos y la calidad de los puertos , hoy podemos reconstruir su ruta exacta.

Entregó su informe y sus mapas a la Audiencia de Manila. Sin embargo, ocurrió algo típico de la geopolítica española de la época; el secretismo. España no quería que otras potencias europeas supieran que existía un paso navegable al sur de Papúa Nueva Guinea. Si se conocía el Estrecho de Torres, la ruta hacia las Islas de las Especias (las Molucas) quedaba expuesta.

El último rastro documental de Luis Váez de Torres es una carta enviada al Rey desde Manila en 1607. Después de eso, desaparece de la historia. No se sabe si murió en Filipinas o si intentó regresar a España. Su mayor logro —demostrar que Papúa Nueva Guinea era una isla y que había un paso hacia el Índico por el sur— fue un secreto de estado que solo salió a la luz cuando el imperio español ya empezaba a perder su hegemonía en los mares.

El informe de Torres quedó sepultado en los archivos de Manila hasta 1762, cuando los británicos ocuparon brevemente la ciudad durante la Guerra de los Siete Años. Un geógrafo escocés encontró una copia del manuscrito y se dio cuenta de que Torres había navegado entre Australia y Papúa Nueva Guinea 160 años antes que nadie. Por ello propuso llamar al paso Estrecho de Torres en honor al navegante olvidado.

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