EL GRAN CAPITÁN LIBERA ROMA
En el año 1497, tras la retirada de Francia de la península itálica, quedaron varios focos de resistencia pro-francesa. El más peligroso era la fortaleza de Ostia. Menaldo Guerra, (a veces llamado Guerri), un mercenario vizcaíno al servicio de Francia, se había hecho fuerte en el castillo de Ostia, ejercía un bloqueo pirata sobre el Tíber, bloqueando el suministro de cereales y poniendo a Roma en difícil situación.
Todo el grano que venía de Sicilia para alimentar a Roma tenía que pasar por ahí, por lo cual los precios del pan en Roma se dispararon y el descontento popular amenazaba con una revuelta contra el Papa Alejandro VI. Desesperado, el Papa recurrió a los Reyes Católicos. En ese momento, en Italia se encontraba el hombre que estaba revolucionando la guerra; Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como «El Gran Capitán».

Gonzalo no era un general cualquiera. Había aprendido de la guerra de guerrillas en Granada y estaba perfeccionando lo que más tarde serían los Tercios. El Papa le imploró que liberara Ostia, y Gonzalo, con la disciplina que le caracterizaba, aceptó el encargo, aunque bajo sus propias condiciones militares. Gonzalo Fernández de Córdoba llegó a las puertas de la fortaleza de Ostia en marzo de 1497 con una fuerza mixta de unos 1.500 infantes y una caballería ligera.
Menaldo Guerra era un hueso duro de roer. Sabía que su posición era casi inexpugnable por mar y difícil por tierra. Tenía artillería y provisiones. En lugar de un asalto suicida, Gonzalo rodeó la fortaleza y cortó cualquier posible vía de escape terrestre. Utilizó su artillería para golpear los muros, pero Menaldo respondía con una defensa feroz. Los cronistas de la época dicen que Guerra era un hombre de una «arrogancia casi suicida», llegando a insultar a los españoles desde las almenas.
Gonzalo observó que la vigilancia en un sector específico de la muralla era más laxa debido a la confianza de los defensores en su altura. Planeó un asalto coordinado; mientras el grueso de sus tropas realizaba un ataque de distracción ruidoso y frontal, un grupo de élite escaló por otro flanco. Una brecha se abrió en la muralla y el valiente Capitán Garcilaso de la Vega (padre del famoso poeta del Siglo de Oro) escaló con sus hombres el muro, al asalto de la ciudad.
La resistencia duró apenas unos cinco días de asedio intenso. La superioridad técnica de los artilleros españoles y el ímpetu de la infantería rompieron la moral de los defensores. Menaldo Guerra fue capturado con vida. Para el Gran Capitán, este era un prisionero de guerra, para el Papa, era un criminal que había intentado matar de hambre a la Cristiandad. La tensión entre el código de honor de Gonzalo y la sed de venganza del Vaticano marcó el final de la batalla.
Gonzalo Fernández de Córdoba entró en Roma en un desfile triunfal el 15 de marzo de 1497. Gonzalo caminaba con Menaldo Guerra atado detrás de su caballo. El pueblo de Roma, que volvía a tener pan barato, lo vitoreaba como a un nuevo César. Cuando el Papa Alejandro VI intentó colmarlo de honores y oro y le pidió que le entregara a Menaldo para ejecutarlo, Gonzalo hizo gala de su caballerosidad. Pidió el perdón para Menaldo y los suyos, recordándole al Papa que la verdadera victoria no estaba en la sangre, sino en la paz recobrada.

Al marcharse hubo una escena violenta. Alejandro VI estaba dolido con los Reyes Católicos. Gonzalo le dijo que no se olvidase los servicios prestados, y que todavía tenía en mente las palabras que el sumo pontífice le había dicho no hacía mucho tiempo:
Si las armas españolas me recobraban Ostia en dos meses, debería de nuevo al Rey de España el Pontificado… Y que más le valiera no poner a la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad, cerca de sí y con tanto favor a sus hijos, y que le requería que reformase su persona, su casa y su corte, para bien de la cristiandad
Después de esto el Gran Capitán se retiró y partió hacia Sicilia. El padre jesuita Abarca, testigo del encuentro escribió:
El papa quedó turbado del esplendor vivo de la verdad, enmudeció del todo, asombrado de que supiese apretar tanto con las palabras un soldado, y de que a un Pontífice, tan militar y resuelto, hablase en Roma en su palacio y rodeado de armas y parientes, un hombre no aparecido del cielo, en puntos de reforma y con tanta reprehensión.
Menaldo Guerra acabó siendo liberado gracias a la intercesión de Gonzalo, quien no quería que un soldado valiente (aunque fuera un mercenario) muriera en el patíbulo papal. Este gesto supuso un gran cambio de era; la moral medieval de Menaldo contra la nueva estrategia renacentista de Gonzalo.

Este episodio, aunque menor comparado con otras grandes batallas que sucedieron durante Las Guerras de Italia, como Ceriñola o Pavía, es crucial porque sin la liberación de Ostia, el reinado de Alejandro VI podría haber colapsado por una revuelta interna, consolidó a España como la potencia protectora de la Santa Sede y fue la demostración de que Gonzalo podía resolver crisis diplomáticas y militares complejas con rapidez quirúrgica.


