LA REAL LIBRERÍA
La Real Librería, fundada en 1712 por Felipe V, fue el germen de lo que hoy conocemos como la Biblioteca Nacional de España. Es el diario de navegación de la cultura española desde la Ilustración hasta la era digital y su historia es un relato de ambición dinástica y apertura intelectual.
Felipe V, el primer Borbón en el trono español, llegó a Madrid en plena Guerra de Sucesión, mientras España se debatía entre Austrias y Borbones, en una cruel guerra que implicaba a toda Europa. El nuevo rey francés, con el recuerdo de la suntuosa biblioteca de su abuelo, Luis XIV, decidió que España necesitaba una institución que centralizara el saber y, de paso, legitimara su reinado.

Lo verdaderamente revolucionario no fue que el rey tuviera libros (eso ya lo hacían los monarcas desde la Edad Media), sino el adjetivo que le puso: Real Librería Pública. Por primera vez, el tesoro bibliográfico de la Corona se abría a los hombres de letras y al público general, para «fomentar el estudio y recoger las luces de los sabios»
En 1716, apenas cuatro años después de su apertura, se promulgó un decreto que cambió la historia editorial de España. Se obligaba a los impresores a entregar a la Real Librería un ejemplar de cada libro que se publicara en el reino.
Este mecanismo, precursor del actual Depósito Legal, permitió que la biblioteca creciera de forma orgánica y exhaustiva. Gracias a esta visión, hoy podemos rastrear la evolución del pensamiento, la lengua y la técnica de impresión en España sin lagunas temporales significativas.
Durante el siglo XVIII, la Real Librería se convirtió en el motor de la Ilustración española. Era un centro de investigación que durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, la biblioteca se enriqueció con colecciones privadas que se compraron; bibliotecas enteras de nobles y eruditos que habían caído en desgracia o fallecido. Se enviaron misiones a otros países para adquirir o copiar manuscritos Árabes y Griegos que faltaban en la colección nacional. Además, se creó El Gabinete de Antigüedades, que más tarde daría lugar al Museo Arqueológico Nacional. Incluía monedas, medallas y objetos históricos.
El siglo XIX fue turbulento para España, y la biblioteca no fue ajena a ello. Tras la invasión francesa y las posteriores desamortizaciones, el papel de la institución cambió drásticamente. En 1836, la Real Librería dejó de ser propiedad personal del monarca para pasar a depender del Estado, cambiando su nombre a Biblioteca Nacional. Este cambio reflejaba el paso al Estado Liberal.
Ese mismo año, la Desamortización de Mendizábal supuso el cierre de muchos conventos y monasterios. Miles de volúmenes de incalculable valor, que hasta entonces habían estado bajo custodia eclesiástica, terminaron en los estantes de la Biblioteca Nacional. Esto incluyó Biblias políglotas, Códices medievales y Primeras ediciones de incunables (libros impresos antes de 1500).
A medida que la colección creció, el viejo edificio se quedó pequeño. En 1866, la reina Isabel II colocó la primera piedra del actual Palacio de Bibliotecas y Museos en el Paseo de Recoletos. Diseñado por Francisco Jareño, el edificio es una joya del neoclasicismo. Su escalinata exterior está coronada por las estatuas de grandes figuras de las letras españolas (Cervantes, Lope de Vega, San Isidoro). Mientras que su espectacular Salón de Lectura es un espacio diseñado para el silencio y el estudio, con una cúpula que permite la entrada de luz natural (antes de la llegada de la electricidad).

El inventario de lo más valioso que custodia la institución heredera de 1712, es una lista interminable. Destacan El Cantar de Mio Cid, los Códices de Madrid de Leonardo da Vinci, El Sinodal de Aguilafuente (primer libro impreso en España, 1472), la mayor colección del mundo de ediciones del Quijote, obras originales de Goya, Velázquez y Rembrandt, y los importantes primeros Mapas de la época de los descubrimientos y atlas de los siglos XVI, XVII y XVIII.
La colección de incunables de la Biblioteca Nacional de España es uno de los tesoros más valiosos del patrimonio bibliográfico mundial. Se denominan incunables (del latín incunabula, «en la cuna») a los libros impresos desde la invención de la imprenta por Gutenberg hasta el 31 de diciembre de 1500. La BNE custodia actualmente una de las colecciones más importantes de Europa, compuesta por 3.159 ejemplares que representan 2.298 ediciones diferentes.
El ejemplar incunable más importante de la colección es el Sinodal de Aguilafuente, impreso en 1472. Es el primer libro impreso en España y el primero en lengua castellana. Recoge las actas de un sínodo diocesano en Segovia y fue producido en el taller de Juan Párix, un impresor alemán. El ejemplar que custodia la BNE (cedido temporalmente por la Catedral de Segovia para exposiciones) es el único que se conserva en el mundo.

Destacan obras fundamentales como El Catholicon de Johannes Balbus (ca. 1460), el libro más antiguo. Repetición de amores y Arte de ajedrez (1496), uno de los tratados más antiguos sobre el ajedrez moderno. La Gramática castellana de Antonio de Nebrija (1492), la primera gramática de una lengua romance, y el Calila y Dimna (1493), una célebre colección de cuentos orientales. Y obras espectaculares con grabados como el Liber Chronicarum (1493), que incluye cientos de xilografías.

Cuenta con más de 350 ediciones impresas en la Península, de las cuales unas 50 son ejemplares únicos en el mundo. Además, posee una rica colección de 2.170 ediciones impresas entre 1501 y 1520, que marcan la transición hacia el libro moderno.
Hoy, con más de 30 millones de piezas, sigue siendo el faro que ilumina la cultura en lengua española.


