FILIPINAS

LA FUNDACIÓN DE PUERTO PRINCESA

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la isla de Paragua (actual Palawan), era una joya sin pulir. Su ubicación estratégica entre el Mar de China Meridional y el Mar de Sulu la convertía en un punto de control vital para las rutas comerciales. Por ello, España enfrentaba varias amenazas; Los ataques constantes de piratas que utilizaban las calas y bahías de la isla como refugio y base de operaciones. Y el Expansionismo Europeo de otras potencias coloniales, como Gran Bretaña y Alemania, que miraban con interés las islas en las que España no tenía una presencia efectiva.

El Gobernador Rafael de Izquierdo, envió una expedición, que zarpó de Manila en el vapor Marqués de la Victoria el 22 de febrero de 1872. Estaba compuesta más de treinta oficiales, 183 soldados, 27 mujeres, 4 médicos, 4 ingenieros y varios trabajadores cualificados. La expedición llegó el 4 de marzo de 1872 a las orillas de lo que hoy es la capital de la isla, Puerto Princesa.

El Capitán José de Sostoa y Orduñez lideraba la expedición. Su misión era clara: establecer un asentamiento permanente, construir defensas y comenzar la administración formal del territorio. Al llegar, la expedición se encontró con una selva espesa y un clima hostil. Sin embargo, la ventaja táctica de la bahía era innegable. El puerto natural permitía que barcos de gran calado se refugiaran de los tifones, algo que no era fácil de encontrar en esa zona del archipiélago.

Los marinos de la época afirmaban que la bahía era tan perfecta, protegida y hermosa, que era un «puerto de princesa». Se decía que, en ciertas noches, se podía ver el espíritu de una princesa vagando por la orilla, una leyenda que los locales aún mencionan con cariño.

Fue nombrada en honor a la Princesa Eulalia de Borbón, hija de la Reina Isabel II de España, quien nació poco antes de que la expedición tomara forma.

Puerto Princesa fue planificada con una visión militar y administrativa, siguiendo las Leyes de Indias. Sostoa trazó calles rectas que permitieran una defensa fácil y una ventilación adecuada, imprescindible para prevenir las fiebres tropicales. Otro de los retos en lo que a salubridad se refiere, fue la malaria. Hubo que drenar pantanos y limpiar áreas de densa vegetación para hacer el lugar habitable.

Las comunicaciones con Manila eran lentas y dependían totalmente de las condiciones del mar. Aunque la tierra era fértil, la constante amenaza de piratas y enfermedades dificultaron los primeros intentos agrícolas.

Poco después de su fundación, la ciudad adquirió una doble función que definiría su carácter durante décadas; como capital de la nueva provincia del mismo nombre y como establecimiento penal, debido a su aislamiento geográfico. Esto fue visto como una forma de proveer mano de obra para la construcción de carreteras y edificios públicos.

Como era costumbre, se estableció una Plaza Central donde se ubicaron la iglesia, el cuartel y el edificio del gobierno. Las calles se trazaron en ángulos rectos (damero), se diseñaron inusualmente anchas para la época. ¿El motivo? la ventilación. El aire estancado facilita la expansión de la malaria y otras fiebres, por lo que las calles debían canalizar la brisa marina de la bahía.

La arquitectura original pasó por tres fases rápidas debido a la urgencia de la urbanización. Las primeras viviendas y la capilla se construyeron con caña y nipa, materiales locales, baratos y frescos, pero altamente inflamables. Estos materiales se fueron sustituyendo por maderas preciosas locales, como la Ipil y la Narrah. Maderas tan densas que resisten termitas y humedad por siglos. Finalmente, se utilizaron piedra caliza y bloques de coral cortados de la costa para las bases de los edificios.

Tras los grandes terremotos que habían azotado Manila años antes, los arquitectos de 1872 en Puerto Princesa aplicaron el «Barroco Sísmico». Columnas de madera maciza que subían desde los cimientos hasta el techo. En lugar de ser rígidas, estas estructuras de madera permitían que el edificio bailara durante un sismo sin colapsar, algo que los edificios de piedra pura no logran.

El resultado fue lo que hoy llamamos Bahay na Bato (Casa de Piedra), adaptada al entorno de Puerto Princesa. Los edificios principales tenían una planta baja de piedra (usada como almacén o cuadra) y una planta alta de madera donde vivía la gente. Esto protegía de las inundaciones y de la humedad del suelo. En lugar de vidrio, se usaban marcos de madera con láminas de concha. Estas permitían el paso de una luz difusa y suave, pero bloqueaban el calor intenso del sol.

La arquitectura de Puerto Princesa en su fundación fue un triunfo de la ingeniería adaptativa: europea en su lógica, pero profundamente local en sus materiales y respuesta al clima.

Si el Capitán de Sostoa puso los cimientos físicos de Puerto Princesa y sirvió como defensa frente a los piratas musulmanes, la cruz de los misioneros puso los cimientos sociales. En la Filipinas virreinal, el estado y la iglesia eran dos caras de la misma moneda, y en un lugar tan indómito como Puerto Princesa, los frailes eran la columna vertebral de la sociedad. Vivían años en las comunidades, aprendiendo las lenguas locales y actuando como el único enlace constante con el gobierno de Manila.

Desde el siglo XVII, los Recoletos habían intentado establecerse en Paragua, pero fue tras la fundación de Puerto Princesa en 1872 cuando su presencia se volvió sistemática. Uno de los frailes más emblemáticos fue Fray Ezequiel Moreno (hoy santo de la Iglesia Católica). Él fue el capellán de la expedición y se encargó de construir la primera capilla, fabricada de caña y nipa.

Fray Ezequiel Moreno también era un experto botánico que ayudó a identificar plantas medicinales en la selva de Puerto Princesa para tratar las fiebres que diezmaban a la población.

San Ezequiel Moreno

La primera iglesia, bendecida por San Ezequiel Moreno, era una estructura sencilla. Lo más destacado eran sus techos de techumbre alta y muy inclinada para evacuar rápidamente las lluvias torrenciales del monzón. Con el tiempo, esta estructura de madera evolucionó hacia la catedral gótica que vemos hoy, pero mantuvo la ubicación original frente a la bahía.

«Nuestro primer cuidado fue ver donde colocaríamos una rustica capillita para celebrar la misa, y se encontró a propósito en la parte alta, no lejos del sitio donde se había enarbolado la bandera. Los dos padres, ayudados de los dos sirvientes que llevaban desde Manila, formaron una capilla con ramas de árboles, en la que colocaron un altarcito hecho con las tablas de los cajones del equipaje. Y en este rustico templo, sin más adorno, se ofreció la primera misa en aquella localidad, el 10 de marzo de 1872»

Antonio Muro

La integración con las tribus indígenas locales (como los Tagbanuas) requirió de una diplomacia cuidadosa y, a menudo, de la labor de los misioneros agustinos recoletos. El mayor desafío era que la población indígena vivía dispersa en las montañas o la selva profunda. Para los frailes, una población que no vivía bajo el sonido de la campana era una población fuera de control.

Los misioneros convencieron a los grupos indígenas a bajar de las tierras altas para formar pueblos. Una vez agrupados, era más fácil para la administración realizar censos y, lo más importante, evitar que se unieran a los piratas.

Las etnias indígenas (Tagbanuas, Bataks) veían en el misionero a una figura de autoridad que ofrecía medicinas o alimentos. Aprendieron técnicas agrícolas europeas y plantas traídas de América (vía el Galeón de Manila), como el maíz, el cacao y el tabaco. Participaron en las primeras escuelas donde se enseñaba español y religión, lo que creaba una nueva clase de locales que podían interactuar con la administración.

La isla de Paragua y Puerto Princesa era territorio de frontera con los piratas musulmanes del sur de Filipinas, por lo que los misioneros actuaban como vigías. Muchas de las iglesias fortificadas que aún quedan en la isla servían como refugio contra ataques piratas.

Hoy, Puerto Princesa es conocida como la «Ciudad en un Bosque», una ciudad que hoy equilibra el desarrollo urbano con la conservación ambiental extrema. Es una ciudad turística que ofrece numerosos balnearios y restaurantes de mariscos. Ha sido considerada varias veces como la ciudad más limpia y más verde de Filipinas. Además, es famosa por sus playas infinitas, ríos subterráneos y práctica del submarinismo.

Río Subterráneo de Puerto Princesa. Es el río subterráneo navegable más largo del mundo. Cuenta con un paisaje de montaña de piedra caliza cárstica y muchas estalactitas y estalagmitas.

Río Subterráneo

Playa Sabang. A las afueras del parque nacional del Río Subterráneo, es una tranquila playa de arena blanca bordeada por varias estaciones que enfrentan al gran Mar Meridional de China.

Playa Sabang

La fundación española dejó una huella imborrable en la arquitectura, aunque mucha se perdió en la Segunda Guerra Mundial.

Aquí tiene un itinerario diseñado para que camine por la historia, desde el punto donde desembarcó el Capitán de Sostoa. Este recorrido se puede hacer a pie en unas 2 o 3 horas, preferiblemente temprano en la mañana para evitar el intenso sol.

El Muelle y la Bahía. Aquí es donde la expedición de Sostoa ancló el 4 de marzo de 1872. Mire hacia el mar e imagine la flota entrando en esta bahía protegida. Es fácil entender por qué la llamaron Puerto de Princesa. La calma del agua era (y es) perfecta para un puerto estratégico.

Plaza Cuartel. El epicentro militar de la fundación. Aunque hoy es un parque conmemorativo (famoso por un trágico evento de la IIGM), aquí se ubicaba la guarnición. Fíjese en el grosor de los muros perimetrales de piedra y coral que aún quedan. Representan la mampostería defensiva que mencionamos antes; robusta y ruda, diseñada para durar siglos.

Plaza Cuartel

Catedral de la Inmaculada Concepción. El sitio de la primera misa y la capilla de San Ezequiel Moreno. La estructura actual es de estilo gótico (reconstruida tras la guerra), pero la ubicación es la misma que eligieron los misioneros en 1872. Está situada estratégicamente frente al cuartel y la bahía. Busque la placa dedicada a San Ezequiel Moreno para conectar con el papel de los misioneros.

Catedral de la Inmaculada Concepción

Parque Eulalia y el Ayuntamiento. Nombrado en honor a la infanta que dio nombre a la ciudad. En el parque se encuentra la estatua de la princesa Eulalia de Borbón, en el lugar en que se proclamó la fundación de la ciudad el 4 de marzo de 1872. Este espacio abierto mantiene la proporción de la Plaza Mayor española. Observe el trazado de las calles adyacentes; verá que siguen la cuadrícula perfecta de 1872, diseñadas para que la brisa del mar (el «aire de salud») corra sin obstáculos.

Calle Rizal. La arteria principal del diseño virreinal. Mientras camina, fíjese en las pocas casas antiguas que aún conservan el piso superior de madera con ventanas de concha de capiz. Aunque muchas son de principios del siglo XX, mantienen el estilo de Arquitectura Mestiza que se estandarizó tras la fundación de 1872. Observe también, los grandes voladizos de los techos, fueron diseñados para proteger al peatón del sol extremo y de las lluvias monzónicas. Si se fija en el nombre de las calles transversales, muchas aún conservan nombres de la época virreinal o referencias a los primeros pobladores que ayudaron a desbrozar la selva.

Si decide hacer este recorrido, no olvide llevar agua y prepárese para la humedad. La misma humedad que los primeros habitantes intentaron combatir hace 150 años con sus techos altos y calles anchas sigue siendo la protagonista hoy.

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