SEGUNDA DERROTA HOLANDESA EN PLAYA HONDA (FILIPINAS)

A finales de 1616 apareció merodeando las costas de Filipinas una importante fuerza naval holandesa compuesta por 14 galeones bien artillados y mandados por Spielbergen, un exitoso almirante holandés que ya había robado varias ciudades hispanas en América. La intención de esta fuerza naval (al igual que en anteriores ocasiones), no era la invasión de las islas o de su capital Manila, sino que era puramente la de producir el mayor daño económico posible a este pedazo de España en Asia, pues era una operación de acoso enmarcada en la guerra que mantenía España contra los Países Bajos protestantes, la llamada “Guerra de los 80 años”.

No vamos a hacer un relato personalizado de esta importante victoria hispana, sino que vamos a hacerlo tal y como la relató el licenciado Manuel de Madrid Oydor, hermano del capitán de uno de los galeones que falleció en el combate. Es una carta que envió al virrey de Nueva España (actual México) y que actualmente se encuentra en la Universidad de Sevilla. Para hacer más fácil su lectura, la hemos transcrito al castellano moderno. No hay mayor gozada que leer la historia del puño y letra de sus protagonistas:

Se sentían tan poderosos los holandeses con su armada en las costas de Filipinas que creían que podían hacer cualquier cosa impunemente, por estar aquel reino tan lejos de España y porque tan larga navegación no daba lugar a que llegase otra armada para desbaratarlos. Así que no dejaban nada sin robar por aquellos mares, trayendo para tal efecto una armada de catorce galeones bien construidos y bien armados, más otras pequeñas embarcaciones y lanchas.

Determinó nuestra armada salir al encuentro y para reducir los daños, se acordó se juntara toda en el puerto de Cavite, donde se hizo a la mar el día 8 de abril, en buen orden y en formación. Estaba compuesta esta armada por siete galeones que eran los siguientes:

La nave capitana San Salvador a cargo de Juan Ronquillo con 46 piezas de artillería y 250 soldados

El galeón San Marcos a cargo de Juan de la Vega con 42 cañones y 164 soldados

El galeón San Juan Bautista a cargo de Pedro de Heredia con 32 cañones y 146 soldados

El galeón San Miguel a cargo de Rodrigo Aguillestegui con 31 cañones y 138 soldados

El galeón San Felipe a cargo de Sebastián de Madrid con 27 cañones y 111 soldados

El galeón Nuestra Señora de Guadalupe a cargo de Juan Bautista de Molina con 24 cañones y 146 soldados

El galeón San Lorenzo a cargo de Juan de Azevedo con 22 cañones y 44 soldados

Además de estos siete galeones iban tres galeras, al mando de las cuales estaba don Alonso Enríquez. El capitán Diego de Quiñones estaba al mando de una y el Sargento Mayor Pedro Téllez al mando de otra. También iba un patache del portugués Andrés Coello que quiso en esta ocasión servir a Su Majestad con su navío y con la gente que traía embarcada.

Detalle de la costa de Iloilo

Cinco días tardó nuestra armada en llegar al puerto donde estaba el enemigo (Iloilo) y aquel día que era lunes por la mañana, la descubrió antes de llegar a Playa Honda. Estaba el enemigo a más de cuatro leguas por barlovento y para aligerar comenzaron a tirar por la borda algunas cosas de gran volumen que habían robado. Durante todo el día y aquella noche, nuestra armada siguió en buen orden y formación y por ser nuestra capitana, el mejor navío de vela de todos, se presentó, seguido del San Juan Bautista y del San Miguel, el viernes por la mañana ante el enemigo, quedando el resto de nuestra armada a sotavento a más de cuatro leguas. Viendo el enemigo tan buena ocasión, quiso abordar a nuestra capitana y aunque no pudo ganarle el barlovento, le pasó toda la artillería de todas sus naos por el lado de babor, respondiendo con buena puntería nuestra capitana.

Hizo poco daño a nuestra capitana el enemigo, el cual atacó con varios de sus barcos al San Juan Bautista y al San Miguel, los cuales según dije, navegaban detrás de nuestra capitana, quedando toda la armada enemiga del contrario a sotavento de la nuestra, habiendo podido aquella tarde cargar sobre ella y pelear de poder a poder y así lo hicieron saber el San Felipe y el Nuestra Señora de Guadalupe pero lo impidió la capitana disparando una pieza a modo de orden, dejando el combate para el día siguiente.

El sábado amaneció nuestra armada toda junta a barlovento del enemigo, quien tomó resolución de acercarse en son de guerra contra nuestra armada, en la cual se dio orden que todos los navíos abordasen todo aquel que pudieran y que el San Juan Bautista, por ser el barco más fuerte, abordase la nave almiranta del enemigo. Y así se hizo, excepto el San Lorenzo que quedó libre para acudir en ayuda de quien lo necesitase. Así fue como nuestra armada se enfrentó al enemigo, siendo el Nuestra Señora de Guadalupe el primero en enfrentarse a un galeón enemigo y lo hizo tan valerosamente que causó muchos muertos al enemigo y lo abordó con unos cuantos soldados dentro. Lo tenía a punto de rendición cuando tuvo que retirarse pues se le acercó otro galeón enemigo como un volcán de fuego, pues habiendo estado a punto de rendirse tras enfrentarse al San Miguel, los herejes prefirieron incendiarlo y lanzarlo contra nuestra armada con la intención de abrasarla pero sucedió al revés, pues sin hacernos daño alguno se quemaron los miserables sin escapar ninguno.

Nuestra capitana atacó la del enemigo, contra la que peleó durante más de cuatro horas por ser la nao más fuerte del enemigo y se resistió más que las otras. No fue posible abordarla aunque se intentó pero se la desaparejó a base de cañonazos y disparos, hasta que finalmente se hundió con toda la gente a bordo, excepto a quien supusimos era el almirante, que escapó en un batel junto a siete u ocho personas notables. Los demás soldados intentaron salvarse a nado y llegar a las otras naos de su armada pero viéndoles desde nuestra capitana, se les echó al fondo, sin que ninguno lograse su intento.

Contra el galeón Sol Viejo que era el más fuerte después de su capitana, se enfrentó el San Felipe y teniendo ya gente dentro abordándolo y casi rendida, recibió un balazo el capitán Juan de Madrid, mi hermano, disparo del que murió. Su muerte causó desmoralización momentánea entre sus hombres, ocasión que aprovechó el barco enemigo para escapar de la batalla, recogiendo a los que habían escapado de su nao capitana en el batel.

El galeón San Juan Bautista siguió en buen orden y abordó a la nave almiranta y teniéndola ya casi rendida , la desabordó para seguir al Sol Viejo y lo volvió a abordar, echando alguna gente dentro, habiendo una muy reñida y sangrienta lucha, porque esta nave del enemigo tenía los mejores soldados de su armada, de modo que, unos por defenderse y otros por ir hacia adelante, empezó a haber tantos heridos que parecía batalla de más gente. Sintieron los nuestros alguna flaqueza en los enemigos, con lo cual los nuestros cobraron nuevo ánimo y esfuerzo y los apretaron de nuevo, de tal manera que algunos temiendo el rigor de los españoles quisieron más arrojarse al mar que venir a sus manos. Pero esto que ellos escogieron como remedio por su vida les sirvió de más pena en la muerte, porque los nuestros con piedras, flechas y dardos los ayudaron a morir, terminándolos de matar el agua que tragaban en trueque de la sangre que derramaban. En esos momentos hirieron tan mal al capitán de los holandeses que no pudiéndose sostener, se dejó caer y murió. Con su caída se acabó por rendir esta nao porque los holandeses que en ella había, eran ya muy pocos y muy heridos y en vista que les faltaba su capitán y que otros muchos por desesperación y miedo se arrojaban al agua, terminaron haciendo lo mismo. Y así, ahogados y muertos en combate, fallecieron solo en esta nao, más de 160 hombres. Tan destrozada por cañones y balazos estaba su nao que también se fue a pique.

Galeones españoles y holandeses. Cuadro de Carlos Parrilla Penagos

El galeón San Marcos, aunque no pudo abordar a ninguna nave del enemigo, cañoneó tan bravamente a la que tuvo a tiro que después de haberle matado a mucha gente, la echó al fondo del mar, después de haberla desaparejado a balazos. De ella se salvó alguna gente que se subió a otras naos pero la mayoría estaba tan herida que no consiguieron llegar a nado a tierra. El galeón San Lorenzo tuvo oportunidad de abordar alguna nave pero como se le había ordenado no lo hiciera para permanecer en socorro de quien lo necesitase, no lo hizo. El enemigo perdió mucha gente, aunque no hubo recuento.

Las galeras ayudaron a nuestros navíos en lo que pudieron, especialmente la capitana que estuvo por la popa de la nuestra, cañoneando al enemigo, el cual, con los pocos navíos que le quedaron se retiró hacía la contracosta de Mindanao y nuestra armada, aunque tenía muchos navíos averiados y faltos de muchos marineros, les fue siguiendo hasta el anochecer pero como nuestra capitana hacía mucha agua y el resto de galeones estaban algo desbaratados, se hizo imposible el seguir. De haberlos alcanzado, se habría acabado con ellos porque habían quedado tan perjudicados y tan rotos los pocos que habían podido escapar que según supimos tiempo más tarde, solo dos de los catorce, llegaron a puerto. Nuestra armada les hundió ocho y después cuatro se les fueron a pique por las heridas recibidas. De nuestros galeones no se perdió ninguno aunque algunos de ellos salieron muy rotos, los cuales volvieron cada uno por su lado, como pudieron.

El galeón San Marcos, de vuelta a Playa Honda para esperar al resto de nuestra armada, se encontró con un navío enemigo que estaba robando y peleó durante más de dos horas, consiguiendo echar al fondo al barco enemigo cuando intentaba escapar.

Un gran reconocimiento ha ganado nuestra nación con esta gran victoria, en especial en estas islas de Filipinas, viendo los naturales y los nuestros rota la armada del enemigo. Creen con acierto que si hubiera llegado una armada mayor en salvamento, no hubiera quedado uno solo de los barcos del enemigo, aunque han quedado tan desechos y escasos de munición y gente y sobre todo, amedrentados, que no creen que vuelvan a aparecer.

Con los grandes gastos que se hicieron con esta armada, quedó la caja de Su Majestad tan necesitada como los oficiales que han auxiliado a Vuestra Excelencia. Así pues, conviene a Su Excelencia servir el más pronto socorro que se pueda, tanto de dinero como de lo demás. Dios guarde a Vuestra Excelencia como deseo. Desde la nao Santo Espíritu, a 10 de enero de 1618.

Licenciado Manuel de Madrid

Doy licencia al impresor Francisco de Lyra para que pueda imprimir y vender esta Relación de la Victoria que en las costas de Filipinas tuvo la armada de Su Majestad contra los holandeses, sin que por ello incurra en pena alguna. Sevilla, 31 de mayo de 1618.

Licenciado Don Gaspar de Vedoya

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