LA NAVAL DE MANILA

DERROTA HOLANDESA EN SU INTENTO DE INVASIÓN DE MANILA

La Naval de Manila es una serie de batalles navales sucedidas en 1646 cuando Holanda pretendió invadir Filipinas, utilizando dieciocho barcos contra dos viejos galeones españoles. A consecuencia de esta importante victoria, el suceso fue declarado como un milagro debido a la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, que desde entonces es llamada Nuestra Señora de la Naval de Manila.

En 1646 la situación en Filipinas era muy delicada. Una serie de fuertes terremotos, con epicentro en Manila, había sacudido al archipiélago unos meses antes, causando gran cantidad de fallecidos y el derrumbe de miles de casas, edificios y otras infraestructuras, especialmente en el área de Manila. A la catástrofe natural sufrida, había que sumar la guerra contra los musulmanes de la isla de Mindanao y para colmo, la rapiña holandesa, quienes desde su base en la isla de Formosa enviaban constantemente piratas y corsarios para asaltar a toda embarcación china o española que fuese o viniese de Manila, independientemente de que las mercancías fuesen valiosas o no. Holanda quería estrangular a España en Filipinas y no era la primera vez, ya lo había intentado con poderosas flotas de galeones en 1600, 1609 y 1617, siendo derrotadas sus flotas en las tres ocasiones.

Manila no era entonces una ciudad amurallada ni contaba con fuertes medidas de protección, era por su ubicación y relación comercial con China y las Islas de las Especias una codiciada plaza para Los Países Bajos que mantenían en Europa una dura guerra contra España (La Guerra de los 30 Años). Los holandeses sabían muy bien la importancia geoestratégica y comercial de Filipinas y sabedores de las debilidades antes mencionadas por la que pasaba el archipiélago, pusieron toda la carne en el asador para invadir primero Manila y después Filipinas entera. Una prueba de este especial intereses de los holandeses por Filipinas es el testimonio de Juan de los Ángeles, un sacerdote dominicano que había sido llevado de Formosa a Indonesia como prisionero de los holandeses, tal y como escribió más tarde tras ser liberado:

«No hablan entre ellos de nada más que cómo ganarán Manila y han pedido urgentemente más hombres de Holanda con el fin de atacar a Manila. El poder que el enemigo holandés posee en esas regiones es más grande de lo que podríamos imaginar de ellos. Según lo que yo mismo he visto, tienen en este momento más de ciento cincuenta barcos y pataches, en una estimación moderada, todo equipado y provisto con los marineros, soldados, artillería y otros suministros necesarios.»

Juan de los Ángeles

Desde su base en Nueva Batavia (actual Yakarta, Indonesia), los holandeses planificaron la invasión de Filipinas. Reunieron una fuerza naval de 18 barcos con un total de 470 cañones y una fuerza terrestre de 800 hombres. Al frente estaba Maarten Gerritsz Vries, un corsario a quien la historiografía anglo y holandesa lo califican de explorador y a quien en su biografía siempre eluden su plan de invasión de Filipinas y su verdadera faceta que era la piratería. No se preocupe el lector, porque esta iba a ser la penúltima “aventura” de este cabrón, pues moriría victima de las heridas recibidas al año siguiente, en otro intento de invasión de Filipinas por parte de los holandeses.

Buques holandeses del siglo XVII

Dividieron la fuerza en tres escuadras; Una dirigida a la provincia de IIocos, en la costa oriental de la isla de Luzón (al norte de Manila) para provocar una rebelión entre los indígenas contra España y capturar todas las embarcaciones posibles (tanto locales como chinas). Esta escuadra desembarcó en la zona el 1 de febrero de 1646 pero no consiguieron poner a su favor a los indígenas contra España, prometiéndoles total independencia y exención de impuestos. En vista de la negativa comenzaron a asaltar los poblados y a matarlos. Afortunadamente a esta destrucción y matanza se pudo poner fin gracias a la llegada de socorro de varias compañías de soldados enviados desde Manila, obligando a los holandeses a embarcar de nuevo y retirarse.

El segundo objetivo de esta primera escuadra, además de provocar una rebelión, era la ciudad portuaria de Zamboanga, en el extremo sur de la isla de Mindanao. Como las autoridades españolas ya estaban en alerta tras los sucesos de IIocos, se había enviado allí a los dos únicos galeones que había entonces en Filipinas; el Nuestra Señora del Rosario (capitán Sebastián López) y el Nuestra Señora de la Encarnación, bajo el mando del capitán Lorenzo Ugalde de Orellana. A las 13:00 horas del 15 de marzo de 1646, los dos galeones españoles divisaron a esta segunda escuadra de 4 barcos holandeses en la costa de Bolinao, en la isla de Luzón. Dispararon primero sus cañones los holandeses pero su primera andanada erró el tiro, al contrario de los españoles, cuya primera andanada ya les dejó buenos daños. El combate se prolongó hasta las 19:00 horas, en las que aprovechando el anochecer, los barcos holandeses se retiraron con las luces apagadas y con serios daños, especialmente el barco insignia. Los galeones españoles los estuvieron siguiendo hasta el Cabo Bojeador, en el extremo norte de la isla de Luzón, sin volver a verlos. No hubo bajas en el bando español, aunque si algunos heridos. Los galeones españoles llegaron al puerto de Bolinao para informar de lo ocurrido y hacer las reparaciones necesarias. El gobernador de Filipinas, Diego Fajardo Chacón, envió ordenes a Ugalde de Orellana para que extremase la precaución y asegurase la llegada del próximo galeón de Acapulco, cuya llegada estaba prevista para mediados de julio.

La segunda escuadra holandesa tenía varios objetivos; la isla de Ternate (islas Molucas) que pertenecía a España y donde había un destacamento español. Para acabar con aquella guarnición, esta segunda escuadra holandesa envió tres de los siete barcos que la componían. Cuando llegaron a Ternate, para su sorpresa descubrieron que el destacamento español había sido evacuado y enviado como refuerzo a Filipinas. Tras hacer algunos desmanes en la pequeña y desprotegida isla, los dos barcos holandeses pusieron rumbo a Filipinas para reunirse con el resto de su escuadra.

Mientras tanto, la otra parte de la segunda escuadra llegó al otro de sus objetivos; la costa de Zamboanga que da paso a la bahía de Manila. Allí comenzaron a bombardear el fuerte de Caldera, pues estos navíos eran los que mejores cañones llevaban. En vista que no podían doblegar al fortín español, decidieron hacer un desembarco para intentar tomarlo por tierra pero se encontraron con la valentía del capitán Pedro Duran de Monforte, al frente de dos compañías de filipinos que causaron más de cien bajas a los holandeses, obligándolos a volver por donde habían venido para embarcar en los barcos. No obstante, los navíos holandeses no se retiraron de la costa de Zamboanga, en espera de los tres barcos que habían enviado a la isla de Ternate. Cuando varias semanas después llegaron los otros barcos corsarios todos juntos pusieron rumbo al estrecho de San Bernardino, entre las islas de Luzón y Samar para emboscar allí al Galeón de Acapulco, el San Luis, que estaría cargado de valiosas mercancías y dinero.

La situación era muy delicada. Solo dos galeones para defender Filipinas contra una fuerza muy superior y había que evitar que el Galeón de Acapulco cayera en manos holandesas, pues tanto la mercancía para el comercio con China, como el avituallamiento y el dinero que venían en dicho galeón, eran vitales para el mantenimiento de Filipinas. Había que asegurar la llegada del galeón y por ello se decidió que ni el Rosario ni el Encarnación debían volver a entrar en combate para evitar perder hombres y munición que iba a ser imprescindibles para proteger la llegada del galeón. Ugalde de Orellana decidió entonces fondear en Puerto San Jacinto, en la isla de Tizón, a ambos barcos. Era un puerto natural muy seguro, con solo una estrecha entrada que dificultaba la entrada a la flota holandesa. Para asegurar el puerto, se envió a una colina al Sargento Mayor Agustín de Cepeda y el Capitán Gaspar Cardoso, al frente de 150 soldados de infantería de la etnia Kapampanga y un cañón.

El 23 de junio los siete barcos holandeses de la segunda escuadra llegaron a San Jacinto y vieron fondeados a los dos galeones españoles, bloqueando la salida e hicieron un desembarco terrestre para tomar la colina pero fueron rechazados. En vista que no podían hacer nada por tierra, los holandeses enviaron 10 lanchas para hostigar a los galeones españoles con la intención de que al menos gastaran la munición. Esta estrategia la estuvieron utilizando durante 30 días, a la espera de la llegada del San Luis, el galeón de Acapulco para capturarlo. Pero tras un mes, estaba llegando el mes de julio a su final y el galeón de Acapulco no aparecía, por lo que los holandeses creyeron que había sido informado de su bloqueo y que el galeón habría llegado a otro puerto, así que decidieron levantar el bloqueo y pusieron rumbo a Manila.

Galeón español y holandés del siglo XVII. Obra de Rafael Monleón

Los holandeses eligieron un mal día para levantar el bloqueo. Era 25 de julio, día de Santiago, Patrón de España y cuando el Rosario y el Encarnación vieron que los buques holandeses ponían rumbo a Manila, los dos galeones españoles no perdieron el tiempo en levar anclas y seguirlos, a sabiendas que Manila no estaba defendida lo suficiente como para soportar un ataque de aquella flota enemiga. En estas circunstancias, según informó uno de los soldados a bordo de la Encarnación, el Padre Juan de Cuenca pareció que entró en trance y luego promulgó un sermón muy espiritual, cuyo contenido era:

“una garantía por parte de Dios y de su Santísima Madre, no sólo de la victoria sino también que ninguno moriría en en la batalla”.

Cuatro días después, el 29 de julio, alcanzaron a la flota holandesa y comenzó un durísimo combate. Los siete barcos holandeses rodearon a la Encarnación y hubo un violento intercambio de cañonazos, provocando importantes daños en los navíos de los corsarios. La Rosario estaba fuera del círculo de los holandeses y pudo disparar libremente desde atrás provocando también una gran destrucción. Los holandeses trataron de hacer estallar la Encarnación mediante el envío de una de sus naves incendiarias, una táctica muy empleada por ellos pero fue rechazada por una certera descarga de artillería desde el galeón español. Se volvió hacia el Rosario, que también la cañoneó con diez disparos simultáneos que logró acertar en los explosivos volando el barco y estallándolo en llamas de fuego matando a casi toda su tripulación. Solo un corsario sobrevivió al hundimiento de la nave incendiada holandesa y fue hecho prisionero. La batalla se prolongó toda la noche hasta el amanecer, momento en el que los holandeses huyeron con un barco menos y grandes daños en los otros seis que pese a la superioridad numérica no consiguieron doblegar a la Encarnación. Tal y como había prometido en su visión el Padre Juan de Cuenca, ningún hombre de la Encarnación perdió la vida.

Batalla naval en el siglo XVII entre buques holandeses y españoles

Al día siguiente, 30 de julio de 1646, la Encarnación y el Rosario persiguieron a la escuadra holandesa, que fue arrinconada por los dos galeones españoles el 31 de julio en el Estrecho de Tablas, entre las islas de Mindoro y Maestre de Campo. Tras la victoria del día anterior los ánimos habían cambiado; ahora los holandeses eran los cazadores cazados. El cañoneo entre ambos bandos comenzó de nuevo. Desesperados, los holandeses enviaron su última nave incendiaria armada con 30 cañones, pero sin vela, por lo que tuvo que ser escoltado por otros dos barcos y remolcado por algunas lanchas de apoyo. Ugalde de Orellana ordenó a los mosqueteros disparar contra los hombres que dirigían las lanchas de apoyo. Al mismo tiempo, ordenó a la artillería de el lado del que venía la nave incendiaria disparar a discreción sobre uno de los laterales. La nave incendiaria comienza a arder y comenzó su camino al averno… Es decir, se hundió. Ya “solo” quedaban 5 barcos enemigos. El incesante intercambio de cañonazos continuó hasta que una vez más, la flota holandesa huyó al anochecer con su buque insignia severamente dañado. Ugalde de Orellana se arrodilló ante una imagen de la Virgen y dio gracias por la victoria.

La Naval de Manila sale en procesión

Informado de la tercera victoria, el gobernador Fajardo ordenó a los dos galeones regresar a Puerto Cavite (Manila) para un merecido descanso y las reparaciones necesarias. Casi un mes después de aquel combate y seis desde el comienzo del ataque holandés, la Encarnación y el Rosario llegaron a Cavite a finales de agosto. Tan pronto como tocaron tierra, las tripulaciones al completo marcharon descalzos a la iglesia de Santo Domingo (Manila) para el cumplimiento de su voto. Se congregó una gran parte de la población y fueron aclamados como héroes durante el recorrido. Todos creían que ya había pasado el peligro y que el plan holandés había fracasado pero lo que no sabían era que todavía quedaba una tercera escuadra holandesa.

Creyendo que el peligro ya había pasado, se botó un nuevo galeón, el San Diego, construido en los astilleros de Cavite (Manila). Destinado a servir como barco mercante, el San Diego zarpó de Manila rumbo a Nueva España (México) y navegando cerca de las islas Batangas se encontró con tres navíos holandeses, los cuales, al percatarse que no se trata de un galeón de guerra sino de un galeón mercante, deciden comenzar la persecución. El San Diego consiguió llegar a salvo a Manila y dio la alarma sobre la presencia de estos barcos piratas.

Para hacer frente a esta nueva amenaza, el Estado Mayor filipino decidió reconvertir el galeón San Diego en buque de guerra, armándolo con cañones. Como Ugalde de Orellana ya se había jubilado del servicio, fue nombrado capitán de la Encarnación, Sebastián López -quien anteriormente lo había sido del Rosario– que fue nombrado Almirante de esta nueva flotilla que se pudo reunir. En el galeón Rosario fue nombrado capitán Agustín de Cepeda, quien había sido segundo de Sebastián López. Además del Encarnación y el Rosario, se pudo sumar el nuevo galeón San Diego, reconvertido ahora en buque de guerra y capitaneado por Cristóbal Márquez de Valenzuela. También se pudo sumar una galera armada con un cañón pesado y otros menores, en la que iban embarcados 100 fusileros, al mando de  Francisco de Esteibar. Escoltando a la galera iban 4 bergantines armados con un cañón y un puñado de fusileros cada uno. Los capitanes de estos bergantines eran; Juan de Valderrama, Juan Martínez Capel, Gabriel Niño de Guzmán y Francisco de Vargas Machuca.

Como encomendarse la anterior vez a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario había servido para la victoria anterior, el gobernador de Filipinas pidió a todos los miembros de la flotilla que se renovase el voto  y se volvió a recitar el Santo Rosario en voz alta en dos coros mientras todos se arrodillaban ante la imagen de Nuestra Señora.

La Armada española zarpó de Manila el 16 de septiembre hacia la zona de las islas Batangas, donde había sido vista la flota corsaria por última vez. Al llegar a la zona no encontraron nada, por lo que decidieron seguir navegando en dirección a Mindoro y cerca de la isla de Lubang, divisaron a la flota holandesa. Ambas flotas estaban a tiro, por lo que comenzó un cañoneo que duró 5 horas. Los barcos españoles tenían el viento en contra, por lo que les resultó imposible acercarse a los holandeses, quienes aprovecharon su ventaja quedando a una distancia prudencial de la Armada española. La fuerte corriente y el viento en contra, provocó que el galeón Rosario se separase del resto de la flota, acercándose en solitario a la flota holandesa y quedando rodeado de tres barcos enemigos. Durante 5 horas combatió en solitario el galeón español contra los tres buques holandeses pero ni por esas pudieron doblegar al barco español y finalmente decidieron los holandeses retirarse al caer la noche a los bancos de arena del cercano Cabo Calavite. Como la situación no era favorable a la flota española y los holandeses habían vuelto a huir, se decidió regresar a Manila para hacer las reparaciones necesarias en el galeón Rosario y solucionar algunos problemas en el estrenado San Diego, que por tratarse de un barco nuevo necesitaba de algunas correcciones para su buen funcionamiento.

El San Diego fondeó en Mariveles, junto con la galera y los cuatro bergantines y la Encarnación  quedó protegiéndolo a distancia, en la entrada de la bahía de Manila. El Rosario fue arrastrado más lejos por las corrientes adversas y tenía dificultades para acercarse al resto de la flota, ya que en aquél lugar la fuerza de las corrientes son irresistibles. Los holandeses, viendo que la flota estaba separada y el Rosario aislado, cometieron la osadía de presentar batalla, pero de nuevo no contaron con la importancia que tenía para la España católica el santoral y es que aquél día era 4 de octubre, día de San francisco de Asís.

Galeón español siglo XVII

Los barcos holandeses no eran poca cosa, eran grandes y bien armados. El buque insignia enemigo tenía 45 cañones y algunos menos el otro. El tercero era menor pero muy rápido y preparado para ser lanzado como barco explosivo. El Almirante Sebastián López decidió no mover la Encarnación, temiendo que si lo hacía, podría ser arrastrado por la fuerte corriente como le estaba pasando al Rosario y dejaría al San Diego sin protección y por tanto, presa fácil para los holandeses. Así que esperó a que los holandeses se acercaran sin levantar el ancla. Los holandeses, confiados, se acercaron mucho a la Encarnación, con el peligro que suponía que los corsarios se abalanzasen contra el solitario galeón. En ese momento, Sebastián López ordenó desplegar todas las velas y con los cables atados a las boyas del ancla, controlar el movimiento de la nave en la fuerte corriente. La Encarnación iba de un lado a otro disparando violentamente contra los tres barcos holandeses, todos ellos iban en dirección opuesta al desvalido San Pedro como bien había planeado López. El combate duró cuatro horas. La Encarnación provocó graves daños al enemigo, obligando a los corsarios holandeses a huir. Durante su huida, el viento de repente se detuvo, dando oportunidad a la galera del capitán Esteibar de atacar al buque insignia holandés. Aunque superados en todos los aspectos, la galera disparó sin cesar contra el buque holandés:

“con tanta furia que el enemigo se consideraba perdido, la desesperación era máxima y los hombres trataron de tirarse por la borda.”

En el último instante, cuando el buque holandés estaba a punto de recibir el golpe final que lo conduciría al averno, tuvieron los holandeses un golpe de suerte y el viento volvió a soplar lo que hizo que pudiera salir de allí y huir. Así acabó el plan holandés de invadir Filipinas en 1646.

La Batalla de la Naval de Manila. Obra de Carlos Botong Francisco

La armada española volvió a Manila para cumplir su voto de caminar descalzos hasta el santuario de Nuestra Señora del Rosario. El 20 de enero de 1647, la victoria fue celebrada en una fiesta solemne por medio de una procesión, el culto divino y un desfile de la escuadra española así como otras manifestaciones en cumplimiento de la promesa hecha a la Virgen del Rosario. Después de lo cual, la ciudad de Manila decidió en consejo celebrar la solemnidad de las victorias navales cada año. El 6 de abril de 1647, el Padre Dominico Fray Diego Rodríguez solicitó al vicario de la Diócesis de Manila que declarara las victorias logradas en el año 1646 que habían sido intercesión milagrosa de la Virgen del Rosario. El 9 de abril de 1652, las batallas de 1646 fueron declaradas milagrosas por el gobernador de la Iglesia Metropolitana de Manila. Se tuvo en cuenta los tres siguientes circunstancias para declarar las victorias como milagrosa; Que sólo quince soldados murieron en el lado de las tropas hispanofilipinas, que los dos galeones (Encarnación y Rosario) eran muy viejos y sin mucho poder de batalla, y que las tripulaciones habían recurrido en sus oraciones la ayuda divina de Nuestra Señora del Rosario.

En 1593, el nuevo gobernador de Filipinas encargó una estatua de Nuestra Señora del Rosario para su veneración. Bajo la dirección del capitán Hernando de los Ríos Coronel, la imagen fue realizada por un artista chino que más tarde se convertiría al cristianismo, por eso la talla posee rasgos asiáticos. Desde entonces, Nuestra Señora del Rosario es llamada Nuestra Señora de la Naval de Manila.

Nuestra Señora del Santísimo Rosario de La Naval de Manila

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