ESPAÑA

CARLOS III EXPULSA A LOS JESUITAS

Para entender por qué Carlos III tomó una decisión tan radical en 1767, hay que entender el clima de la época. Estamos en plena Ilustración, el Siglo de las Luces. Los monarcas europeos buscaban el «Despotismo Ilustrado»: todo para el pueblo, pero sin el pueblo… y sobre todo, todo bajo el control del Rey.

El principal conflicto era ideológico. Para los jesuitas su lealtad última no era hacia el Rey de España, sino hacia el Papa en Roma. Tenían un cuarto voto de obediencia especial al Pontífice. A diferencia de otras órdenes, los jesuitas introdujeron elementos de la Ilustración y el humanismo. Enseñaban que el poder del rey no era absoluto ni divino, sino que residía originalmente en el pueblo.

Para un rey como Carlos III, que creía en la supremacía de la corona sobre la Iglesia en asuntos del Estado, los jesuitas eran un «Estado dentro del Estado». Eran demasiado cultos, demasiado influyentes y demasiado independientes.

Carlos III

Aunque la historia oficial a menudo señala un evento concreto, la realidad fue una acumulación de tensiones. El Motín de Esquilache el año anterior, en 1766, fue el detonante inmediato. El pueblo de Madrid se levantó contra el ministro Esquilache, oficialmente por una ley que prohibía las capas largas y los sombreros de ala ancha (alegando que servían para esconder el rostro en crímenes), pero realmente por el hambre y el precio del pan. El fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, convenció al Rey de que los jesuitas habían instigado el motín porque querían sustituir a Carlos III por alguien más manejable y que controlaban las masas desde los confesionarios.

Los jesuitas educaban a las élites. Casi todos los nobles y funcionarios de alto rango habían pasado por sus aulas. Esto les daba un poder de «lobby» que irritaba a los ministros ilustrados como el Conde de Aranda o Floridablanca, quienes veían en sus métodos educativos algo anticuado y demasiado ligado a la escolástica tradicional. En América, las misiones Jesuíticas eran un éxito económico y social asombroso. Tenían ejércitos propios de indígenas guaraníes para defenderse de los bandeirantes, grupos armados de portugueses que se dedicaban a capturar indígenas para venderlos como esclavos. Tras el Tratado de Permuta (1750), los jesuitas se resistieron a entregar tierras a Portugal, lo que el Rey interpretó como una rebelión abierta contra su autoridad soberana.

La expulsión no fue un proceso lento; fue una minuciosa y detallada operación militar. El 2 de abril de 1767, las tropas reales rodearon los colegios y residencias jesuíticas en toda España de madrugada. Se les leyó la Pragmática Sanción, que decretaba su expulsión de todo el Imperio Español (Hispanoamérica, Filipinas, Islas Marianas y España) y la incautación de todos sus bienes. Cerca de 2.700 jesuitas de España y unos 2.300 de América fueron amontonados en barcos y enviados a los Estados Pontificios (Vaticano). El Papa Clemente XIII, abrumado por la cantidad de exiliados, inicialmente se negó a recibirlos, dejándolos a la deriva en condiciones infrahumanas durante meses. Carlos III prohibió por ley que se escribiera a favor de los jesuitas. El silencio debía ser total.

«por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia de mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo, usando la suprema autoridad que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto a mi Corona»

La salida de los jesuitas dejó una cicatriz profunda en la estructura social de España. Los jesuitas gestionaban más de 100 colegios en España. De la noche a la mañana, el sistema educativo colapsó. El Estado intentó crear las «Reales Escuelas» y reformar las universidades, pero no tenía ni los fondos ni el personal capacitado para sustituir la excelente formación académica de la Compañía. Esto provocó un retroceso temporal en la formación de las élites.

Se llamó «Temporalidades» a la gestión de los bienes incautados (tierras, edificios, bibliotecas). El impacto económico de las Temporalidades fue uno de los procesos de ingeniería financiera y patrimonial más complejos del siglo XVIII. Aunque la Corona esperaba una mina de oro, la realidad fue una gestión caótica. Muchos edificios terminaron en ruinas o fueron malvendidos, y las bibliotecas —algunas de las mejores del mundo— se dispersaron o se perdieron por la humedad y el descuido.

Tras la expulsión, el Estado necesitó crear de la nada un aparato burocrático para gestionar miles de propiedades. Inicialmente se estableció la Depositaría General en mayo de 1767, con sede en el Colegio Imperial de Madrid. Más tarde, en 1769, se crearon las Juntas de Temporalidades, encargadas de la administración local y la posterior venta de los bienes. El plan inicial de ministros como Campomanes no era vender, sino que la Corona regentara directamente el patrimonio para obtener rentas constantes. Sin embargo, la dificultad de gestionar explotaciones agrícolas y colegios desde la burocracia central obligó a un cambio de política hacia la venta de los bienes a partir de 1769.

Si en España fue grave, en América la expulsión fue una catástrofe geopolítica. Las misiones quedaron a cargo de otras órdenes (franciscanos o dominicos) o de funcionarios civiles. Sin el carisma y la organización jesuita, la mayoría de las misiones decayó. Los indígenas, antes protegidos, fueron explotados por colonos o simplemente se dispersaron, destruyendo un modelo social único en la historia virreinal.

Las instituciones jesuíticas no solo eran centros educativos, sino que funcionaban como bancos que otorgaban créditos a agricultores y comerciantes locales. Al desaparecer la orden y liquidarse sus capitales, se produjo una crisis de liquidez y crédito en muchas regiones que tardó décadas en recuperarse.

Al pasar a manos de administradores civiles o de otras órdenes, muchas propiedades decayeron rápidamente. Por ejemplo, en Nueva España (México), las ganancias iniciales de las temporalidades fueron muy bajas debido al mal estado de las fincas tras el cambio de mando.

A pesar del caos inicial, el volumen de riqueza era ingente. Solo en Nueva España, la venta de bienes de temporalidades superó los 2,2 millones de pesos. El acceso a la compra de estas tierras estuvo determinado por vínculos de parentesco y redes de influencia local. Las haciendas más rentables fueron rematadas por sumas considerables a grandes terratenientes o mineros ricos. Esto permitió que familias ya poderosas consolidaran aún más sus latifundios.

La gestión en el Río de la Plata envió a España más de 173.000 pesos en dinero y alhajas hasta. El flujo de caudales hacia la Tesorería General en España se volvió especialmente intenso a finales de la década de 1770. Para maximizar el dinero enviado a España, la administración de Temporalidades llegó a cancelar salarios de trabajadores, como los escribanos que realizaron los inventarios, bajo órdenes directas de la Dirección General en 1785.

Las Temporalidades supusieron una inyección rápida de efectivo para las arcas de Carlos III, pero a costa de desmantelar una de las redes productivas y educativas más eficientes del Imperio, favoreciendo la concentración de tierras en pocas manos y generando un vacío de gestión que perjudicó a las clases populares y a la economía regional americana.

Misión de la Compañía de Jesús en Miní (actual Argentina), en ruinas tras la expulsión

Además, muchos de los jesuitas expulsados eran criollos (nacidos en América). Al ser expulsados de su propia tierra por un rey «tirano», desarrollaron un germen de la Independencia. Desde el exilio en Italia, jesuitas como Juan Pablo Viscardo escribieron manifiestos (como la Carta a los españoles americanos) animando a los virreinatos a separarse de una España que los había traicionado. En su carta, Viscardo argumentaba que el dominio español era una tiranía y que América pertenecía a sus hijos (los nacidos en ella), no a una metrópoli lejana. Aunque Viscardo murió antes de ver la independencia, su manuscrito llegó a manos del masón separatista Francisco de Miranda, quien la distribuyó por todo el continente.

El novohispano Francisco Javier Clavijero escribió historias de su tierra americana para defenderlas de las críticas de los intelectuales europeos (que decían que América era un continente «inferior»). Al exaltar el pasado prehispánico y la riqueza de su tierra natal, crearon un sentido de orgullo nacional que antes no existía.

Algunos jesuitas intentaron buscar el apoyo de Inglaterra para liberar a América y mantuvieron contactos con el gobierno británico en Londres, intentando convencerlos de que la independencia de las colonias españolas favorecería el comercio inglés.

La salida de los jesuitas dejó un vacío que el Estado no pudo llenar con la misma excelencia, lo que generó un profundo resentimiento entre los criollos que vieron mermada su formación y sus bibliotecas. Para muchos criollos, el hecho de que el Rey expulsara a sus propios súbditos (los sacerdotes que eran sus tíos, hermanos o maestros) rompió el vínculo afectivo de lealtad hacia la Corona. La trinidad de Dios, Patria y Rey se fracturó, quedando solo la Patria como valor supremo.

Carlos III no se detuvo con la expulsión. Presionó al Vaticano junto con Francia y Portugal (que ya los habían expulsado antes) para que la orden fuera borrada del mapa. Finalmente, el Papa Clemente XIV cedió y firmó el breve Dominus ac Redemptor, disolviendo la Compañía de Jesús en todo el mundo. Solo sobrevivieron en Rusia y Prusia, donde los monarcas (no católicos) se negaron a publicar el decreto porque valoraban demasiado su calidad docente.

La expulsión de los jesuitas fue un éxito político a corto plazo para Carlos III; reforzó su autoridad y eliminó a un opositor poderoso. Sin embargo, el coste a largo plazo fue altísimo. Intelectualmente, España se aisló de una de las corrientes de pensamiento más dinámicas de la Iglesia. Socialmente se generó un resentimiento en los virreinatos americanos que alimentaría las guerras de secesión pocas décadas después. Y culturalmente se perdió un patrimonio incalculable de misiones y centros de saber.

La Compañía de Jesús no sería restaurada hasta 1814, tras las guerras napoleónicas, pero el Imperio Español ya no existía y la propia Compañía de Jesús ya no era la misma.

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