DAZA DE VALDÉS; PIONERO DE LA ÓPTICA
Si la historia de la ciencia fuera un examen de vista, a menudo nos costaría enfocar a las figuras que sentaron las bases de lo que hoy consideramos cotidiano. Uno de esos personajes, cuya visión (literal y figurada) cambió el curso de la oftalmología y la optometría, es Benito Daza de Valdés. En un entorno que a menudo se asocia con el inmovilismo, él demostró que la observación, el método y la voluntad de servicio pueden producir avances universales.

En la España del Siglo de Oro, un notario del Santo Oficio en Sevilla decidió que era hora de poner orden al caos de los anteojos. El resultado fue una obra pionera que, cuatro siglos después, sigue asombrando por su rigor y su capacidad de anticipación.
Benito Daza de Valdés (Córdoba 1591), fue, ante todo, un clérigo dominico funcionario de la administración eclesiástica. Su cargo oficial era notario del Santo Oficio de la Inquisición en Sevilla, una posición que, si bien suena oscura para los estándares modernos, le otorgaba una estabilidad económica y una red de contactos intelectuales envidiable.
Sin embargo, su verdadera pasión residía en los talleres de los maestros vidrieros y en la observación empírica del ojo humano. Sevilla, en el siglo XVII, era la puerta de América y un hervidero de comercio y tecnología. Fue allí donde Daza de Valdés desarrolló su curiosidad por la óptica, observando cómo los artesanos fabricaban lentes de manera puramente intuitiva, sin un corpus científico que respaldara su trabajo.
En 1623, Daza de Valdés publica en Sevilla su obra cumbre: Uso de los anteojos para todo género de vistas: en que se enseña a conocer los grados que a cada uno le faltan de su vista, y los que tienen cualesquier antojos.

Es el primer tratado científico de optometría en lengua castellana y uno de los primeros del mundo. Lo escribió en castellano para que los maestros de hacer anteojos (que a menudo no sabían latín) pudieran aplicar la ciencia a su oficio.
Hasta ese momento, las gafas se compraban por ensayo y error en mercadillos o tiendas de buhoneros. Daza de Valdés fue el primero en sistematizar la prescripción, introduciendo conceptos que hoy nos resultan familiares pero que en su época eran revolucionarios. El libro está dividido en tres diálogos o «libros» internos, un formato muy común en la época para hacer más accesible el conocimiento técnico:
El Libro Primero se centra en la anatomía del ojo y la naturaleza de la visión. Aunque todavía arrastra conceptos de la medicina galénica, su enfoque es sorprendentemente práctico. El Libro Segundo trata sobre las lentes en sí, su fabricación y sus tipos (convexas para la presbicia y cóncavas para la miopía). El Libro Tercero es la parte más innovadora. Daza de Valdés explica cómo medir la «falta de vista» y cómo asignar la lente adecuada a cada paciente.

La mayor aportación de Daza de Valdés a la ciencia fue la invención de un sistema para cuantificar la potencia de las lentes. Antes de él, las lentes se clasificaban por la edad del usuario (por ejemplo, «gafas para un hombre de 50 años»). Daza comprendió que la visión no depende exclusivamente de la edad, sino de la geometría del ojo. Para Daza, la miopía o la hipermetropía eran un problema físico, no un estigma de la vejez. Para ajustar las lentes, creó un sistema de medición, utilizando una unidad de medida basada en la distancia focal. Un método para que cualquier persona pudiera autoevaluar su vista utilizando textos de diferentes tamaños o contando semillas de mostaza a una distancia determinada.
«No es el tiempo el que da los antojos, sino la necesidad de la vista; porque hay hombres de veinte años que tienen vista de setenta, y de setenta que la tienen de veinte».
Benito Daza de Valdés
Daza también analizó los materiales. Aunque el cristal de roca era el preferido por su claridad, reconoció que el vidrio de Murano (el famoso «cristal veneciano») era más práctico y accesible para la población general. Además, en aquella época, la distinción entre lentes no era tan clara como hoy, Daza de Valdés organizó el conocimiento y estableció las bases de la refracción mucho antes de que la óptica se convirtiera en una especialidad médica reglada. Dividió las lentes en dos tipos, dependiendo de la forma de ellas; las convexas que convergen la luz para ver de cerca, utilizadas para la «vista cansada», recomendadas para presbiopes e hipermétropes. Y las lentes cóncavas que divergen la luz para ver de lejos, empleadas para miopes.
Daza de Valdés también fue uno de los primeros en sugerir el uso de cristales verdes o amarillos para proteger la vista del sol y del resplandor de la nieve, siendo un tatarabuelo conceptual de nuestras modernas gafas de sol.

En la España de 1600, llevar gafas era una cuestión de necesidad, estatus y autoridad. A diferencia de otros países donde se consideraban una debilidad, en la corte española los «anteojos» eran símbolo de sabiduría y erudición. Daza de Valdés analizó este fenómeno con agudeza; muchos nobles usaban gafas incluso sin necesitarlas para parecer más doctos. Sin embargo, su trabajo buscaba mejorar la calidad de vida de todos mediante el uso de las lentes, argumentando que una buena visión era esencial para el trabajo de artesanos, escribanos y navegantes.
Más de 250 años antes que en Centroeuropa se diseñara la famosa tabla de letras en 1862, Daza de Valdés ya utilizaba un sistema de puntos y letras minúsculas para medir la agudeza visual. Su método consistía en colocar una línea de puntos muy finos y pedir al paciente que los contara a una distancia específica. Si el paciente no podía distinguirlos, Daza probaba diferentes lentes hasta encontrar la que permitiera la visión perfecta. Este enfoque es el antepasado directo de los exámenes de vista actuales.

A pesar de la brillantez de su obra, el nombre de Benito Daza de Valdés fue «invisible» fuera de España durante siglos. La ciencia europea del siglo XVIII y XIX, dominada por figuras inglesas, francesas y alemanas, ignoró las contribuciones hispanas del Barroco. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando historiadores de la medicina redescubrieron la importancia de su libro Uso de los anteojos. Se dieron cuenta de que Daza se había adelantado por décadas a conceptos que luego se atribuirían a otros científicos europeos.
Si hoy puedes leer este artículo con claridad gracias a tus gafas o lentillas, una pequeña parte de ese alivio visual se la debes a un notario sevillano que, entre legajo y legajo, decidió estudiar la luz. Su tratado enseñó a los españoles a ver mejor a través de cristales y a mirar el ojo humano como un instrumento óptico maravilloso que puede ser reparado, ajustado y mejorado. Benito Daza de Valdés representa lo mejor del ingenio español.


