CRISTÓBAL DE MONDRAGÓN
Mientras la mayoría de los hombres del siglo XVI no llegaban a los 50 años, Cristóbal de Mondragón lideraba cargas de caballería a los 81. De hidalgo de Medina del Campo a leyenda viva en Flandes, su vida es una crónica de valor, ingeniería militar y una lealtad inquebrantable a la Corona española.
Cristóbal de Mondragón y Otálora de Mercado fue un soldado que encarnó el ideal del soldado viejo. A diferencia de muchos nobles que compraban sus cargos, Mondragón ascendió desde lo más bajo; fue el ejemplo máximo de meritocracia militar. Su vida abarca casi todo el periodo de esplendor del Imperio español, sirviendo con una lealtad inquebrantable a tres monarcas; Carlos V, Felipe II y Felipe III.
Nació en 1514 en Medina del Campo (Valladolid) en una familia de la baja nobleza. Atraído por la vida militar, se alistó a los 18 años. Su Bautismo de fuego fue en la guerra contra Francisco I de Francia.
Mondragón participó en la Jornada de Túnez (1535), donde las tropas imperiales arrebataron la plaza al pirata Barbarroja. Allí aprendió la importancia de la logística y el combate en condiciones extremas. Posteriormente, sirvió en las campañas de Provenza y en el Piamonte italiano, ganándose poco a poco el respeto de sus superiores por su resistencia física y su serenidad bajo fuego que se convertiría en su marca personal.
Su primer gran acto de heroísmo documentado ocurrió en la Batalla de Mühlberg (1457). Ante un río Elba que los protestantes de la Liga de Esmalcalda creían infranqueable por haber destruido los puentes, Mondragón fue uno de los soldados que, con las espadas entre los dientes, cruzaron el río a nado bajo el fuego enemigo para capturar las barcas que permitieron el paso del grueso del ejército imperial. Esta acción le valió el respeto directo del Emperador y una premonición de lo que sería su especialidad futura: las operaciones anfibias.

En 1567, al estallar la Tormenta de Imágenes ,la primera rebelión protestante, Mondragón se unió al Duque de Alba en su marcha hacia los Países Bajos por el Camino Español. Lo que iba a ser una misión de unos meses se convirtió en su hogar durante los siguientes 30 años. Fue allí donde su nombre se convirtió en sinónimo de éxito.
Aunque hoy nos maravilla el desembarco de Normandía, Mondragón inventó una forma de guerra que no existía en los manuales. Destacó por una habilidad casi mística: el dominio de las aguas. En un terreno dominado por canales, diques y mareas, él entendió mejor que nadie cómo convertir la geografía enemiga en una ventaja táctica. Estudiaba las tablas de mareas con la precisión de un navegante. Sabía que el mar podía ser un muro o un puente. Es llamado «El Caminante sobre las Aguas» por liderar a sus hombres en cruces imposibles a pie por brazos de mar, con el agua al cuello y la pólvora sobre la cabeza.
Creó una psicología del terror: al aparecer de noche, saliendo del agua con el agua al cuello, generaba un terror supersticioso en sus enemigos. Los holandeses llegaron a creer que los españoles de Mondragón eran inmunes al frío y al ahogamiento.
Mondragón era profundamente amado por sus hombres. Se le conocía por su trato humano con la tropa, su capacidad para compartir las penurias del barro y el hambre. Si había que cavar una trinchera en el barro, él tomaba la pala. Si había que cruzar un río helado, él iba el primero. Se aseguraba de que los suministros llegaran a los soldados antes que a los oficiales. En una guerra marcada por masacres y fanatismo, Mondragón solía respetar las capitulaciones, intentó siempre minimizar el sufrimiento de la población civil.
Era sereno en el peligro, poco dado a la ostentación y extremadamente leal. Mientras otros generales conspiraban en la corte, él prefería quedarse en la frontera, en el frente de batalla. Las crónicas lo describen como un hombre de estatura media, complexión robusta y una salud de hierro. Su rostro estaba dominado por una barba blanca en sus últimos años que le daba un aire de patriarca.

El Socorro de Goes es, posiblemente, el episodio más cinematográfico de su carrera. La ciudad de Goes estaba sitiada por los rebeldes holandeses y las tropas inglesas. La flota enemiga bloqueaba cualquier acceso por mar, y por tierra el camino estaba inundado.
Mondragón propuso lo imposible; vadear el río Escalda a pie. En la noche del 20 de octubre, lideró a 3.000 hombres en una marcha nocturna de 15 kilómetros con el agua al pecho o al cuello, sosteniendo sobre sus cabezas las armas y la pólvora en sacos impermeables, aprovechando la marea baja. Si la marea subía antes de tiempo, todos morirían ahogados.
Al amanecer, los soldados españoles, cubiertos de lodo y salitre pero con la moral de acero, emergieron de las aguas frente a las posiciones enemigas. El ejército anglo-holandés, creyendo que se enfrentaban a fantasmas o a un ejército inmenso, huyeron presas del pánico. Aquella hazaña, conocida como la «Noche de los Barros», dejó atónitos a los rebeldes, quienes no concebían que una infantería pudiera cruzar un brazo de mar a pie para atacar sus posiciones.
«Entre otras hazañas memorables y dignas de eterna memoria, se verán aquí aquellas dos nunca assaz loadas: que esta nación y las demás por dos vezes, con escuadrón formado del modo que se pudo, vadeó el mar océano desde tierra firme a las Islas de Zeelanda, de noche y con frío, por distancia de dos leguas, con agua a los pechos, a la garganta y a ratos más arriba, por donde algunos se anegaron en ella; y llegados de la otra parte, hambrientos, desnudos, mojados, tiritando de frío, cansados y pocos, cerraron con los enemigos, que eran muchos más en número y estavan hartos, armados y descansados y atrincheados, y los hizieron huir a espadas bueltas.»
Bernardino de Mendoza

En Flandes, la experiencia no solo era un grado, era la diferencia entre la vida y la muerte. Estos hombres sabían cómo marchar en silencio, cómo cuidar su pólvora en la humedad de los Países Bajos y, sobre todo, cómo mantener la formación bajo presión extrema. El Tercio no solo era valiente; era técnicamente superior.
El uso del cuadro de picas permitía que la unidad fuera casi inexpugnable. Mientras los piqueros mantenían a raya a la caballería enemiga, los arcabuceros salían de las esquinas del cuadro para disparar y volvían a refugiarse bajo el bosque de picas para recargar.

La encamisada era la especialidad de las tropas de Mondragón. Eran ataques nocturnos sorpresa. Los soldados se ponían una camisa blanca sobre la armadura para reconocerse entre ellos en la oscuridad. Entraban en los campamentos enemigos en silencio absoluto, usando solo dagas y espadas para sembrar el caos antes de retirarse antes del amanecer. Esta táctica minaba la moral del enemigo, que nunca se sentía seguro, ni siquiera de noche.
A lo largo de su carrera, Mondragón sirvió bajo cuatro gobernadores generales: el Duque de Alba, Luis de Requesens, Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio. Todos ellos confiaron en él para las misiones más críticas; En 1574, en la Batalla de Mook, victoria decisiva donde murieron Luis y Enrique de Nassau. En 1575 la llamada Toma de Zierikzee, Mondragón repitió su táctica de vadeo nocturno, capturando la isla de Schouwen. En 1579 durante el Sitio de Maastricht, lideró uno de los sectores de ataque más peligrosos.
En 1582 fue nombrado Maestre de Campo del Tercio Viejo conocido después como Tercio de Mondragón, aunque entre las tropas se le seguiría conociendo como «el coronel», pese a disponer de un mayor rango militar. Participó en la batalla que se dio junto a Gante el 17 de septiembre de 1584 contra el ejército del duque de Alençón así como en el sitio de Ninove, tomando el castillo de Linquerque. Ese mismo año, durante el famoso Sitio de Amberes, (la mayor de las operaciones militares de esta época), fue el principal apoyo de Farnesio en la construcción del puente de barcas. Merced a estas victorias, España volvía a dominar todo Flandes y Valonia.

El Tercio de Mondragón no operaba en el vacío. Formaba parte de la maquinaria de los Habsburgo para mantener el control sobre los Países Bajos. Para que esta unidad funcionara, dependía del Camino Español, una ruta logística que conectaba Milán con Bruselas a través de los Alpes y el Franco Condado.
Mondragón fue fundamental para mantener abiertas estas líneas de suministro. Sin dinero (que a menudo llegaba tarde, provocando motines en otras unidades) y sin refuerzos, el Tercio habría desaparecido. Sin embargo, la lealtad personal hacia Cristóbal de Mondragón evitó que su unidad se amotinara con la misma frecuencia que otras, incluso cuando las pagas se retrasaban años.
No era solo un guerrero; también era un administrador y un diplomático. Fue nombrado Gobernador de Amberes y de su ciudadela, una de las fortificaciones más importantes de Europa. Creó redes de informantes muy eficaces en territorio rebelde. Se decía de él que era un hombre de una integridad antigua. Hablaba francés y flamenco con fluidez, lo que le permitía comandar regimientos valones con una eficacia asombrosa, pues los soldados valones también le adoraban porque siempre era el primero en entrar en combate.
A los setenta años, Mondragón no pedía reposo, sino pólvora. Su nombre en las crónicas de la época era sinónimo de una victoria segura, o de una derrota extremadamente costosa para el enemigo

El Tercio de Mondragón demostró que la infantería pesada podía ser móvil y realizar operaciones especiales (anfibias y nocturnas). Crearon un aura de invencibilidad. El enemigo a menudo se retiraba solo al saber que «el viejo Mondragón» estaba en el campo. Mondragón delegaba en sus sargentos y capitanes, fomentando una iniciativa que no era común en otros ejércitos europeos más rígidos.
Lo más asombroso de la biografía de Cristóbal de Mondragón es su final. En 1595, con 81 años, fue nombrado Capitán General del ejército de Flandes de forma interina. En lugar de dirigir desde un escritorio en Amberes, salió al campo de batalla para enfrentarse a uno de los mejores estrategas de la época; Mauricio de Nassau.
En el río Lippe, Mondragón tendió una emboscada magistral a la caballería holandesa de Nassau, quién estaba al frente de un ejército más numeroso al de Mondragón. A pesar de su edad, se mantuvo a caballo durante toda la jornada, supervisando las maniobras que resultaron en la derrota de las tropas neerlandesas, perdiendo la vida el Conde Felipe de Nassau (primo de Mauricio) y siendo hecho prisionero el Conde Ernesto de Nassau, importantes comandantes enemigos. Fue su «canto del cisne», demostrando que el genio militar no tiene fecha de caducidad.
Cristóbal de Mondragón falleció el 4 de enero de 1596 en el Castillo de Amberes, después de 64 años de servicio en los Tercios. Murió por causas naturales, rodeado del respeto de sus enemigos y la devoción de sus hombres. Fue enterrado inicialmente en Amberes, pero sus restos fueron trasladados más tarde a su querida Medina del Campo, a la Iglesia de Santa María del Castillo.
A Mondragón no lo vencieron las balas, ni el mar, ni los ejércitos rebeldes; solo el tiempo pudo con el coronel que caminaba sobre las aguas.


