EL PRIMER CONTACTO CON FILIPINAS

Para entonces, el hambre, la sed, el escorbuto y la muerte formaban parte de la tripulación. Los cálculos de los geógrafos europeos habían errado en un tercio la enorme extensión del Mar del Sur y la expedición de Magallanes estaba pagando caro el error. Casi todos los días algún tripulante fallecía, ese mismo día, un tripulante de la nao Trinidad había sucumbido. Era 16 de marzo de 1521, había transcurrido 1 año, 7 meses y 6 días desde que zarparon del puerto de Sevilla. Más de 100 días desde que hubieran descubierto un paso entre los dos océanos al sur de América, en los confines del mundo. Habían navegado más lejos que nadie y todavía no sabían que iban a ser los primeros hombres en dar la vuelta al mundo, cuando las tres naos de Magallanes llegaron al archipiélago filipino mientras buscaban las islas de las Especias.

Con la pertinente desconfianza y precaución, estaban recogiendo agua y comida en aquella pequeña isla, cuando apareció una típica canoa de la región con varios indios a bordo que se dirige a ellos.  Por suerte, estos indios son amigables y tras un rato de comunicación, Magallanes les regala algunas prendas de vestir, espejos, cascabeles y algunas joyas de marfil, a lo que los simpáticos nativos responden dándoles pescado, bananas y cocos , y les dicen que dentro de unos días volverán con más comida. Cuatro días después, los nativos regresan esta vez en mayor número y cargados en dos canoas con pescado, carne de puerco, vino de palmera  y especias.

La mercancía de aquellos hombres barbudos interesó a los nativos y los invitaron a su cercana isla, llamada por sus habitantes Samar, que forma parte del archipiélago Dinagat, cercano a la isla de Mindanao. La buena acogida de esta isla a los españoles, hizo que la pusieran el nombre de isla de Las Buenas Señales, e islas San Lázaro al conjunto de ellas. Durante la estancia de ocho días en esta isla falleció un marinero de apellido Ochote.

El día 25 de marzo largaron velas de la isla y pasaron por otras cuatro que eran llamadas por los nativos como Cenalo, Huinangan, Ibusson y Abarien, hasta que en la noche del día 27 divisaron unas hogueras en una isla y decidieron echar el ancla para al día siguiente bajar a tierra. Pero en la mañana siguiente, antes de bajar a tierra la expedición dio el ultimo adiós a otros dos tripulantes  fallecidos la noche anterior; el contador Antonio de Coca y el piloto Juan Rodriguez.

Isla Limasawa

Tras la ceremonia, se acercó una canoa con nativos y es aquí donde hay que hacer una pausa en el relato para presentar a un expedicionario que tuvo cierta relevancia. El personaje en cuestión era Enrique, un esclavo que habían comprado los portugueses años atrás a los moros y ahora estaba al servicio de Magallanes, quien a su vez lo embarcó en este viaje para que hiciera de intérprete una vez llegaran a las Molucas. Algunas fuentes aseguran que era originario de Malaca (Malasia) pero otros historiadores ponen en duda esta versión, alegando que los moros nunca vendían esclavos musulmanes a los cristianos. Este dato y el hecho que Enrique pudo comprender algunas palabras del lenguaje de aquellos nativos, hacen sospechar que en verdad era originario de alguna isla de Filipinas. Fuese de donde fuese, lo cierto es que el tal Enrique pudo comunicarse en el dialecto de los nativos de esta isla, facilitando este primer contacto.

Supieron los españoles que se encontraban en la isla de Limasawa. Aunque fueron invitados los nativos a subir a bordo de las naos, no quisieron hacerlo, de modo que se les echó en una cuerda, algunos objetos como regalo y los nativos contentos se volvieron a la isla. Unas horas después, se acercaron a las naos, dos barcos grandes que allí laman balangues, embarcaciones típicas de aquellos lares, tripuladas por un numeroso grupo de hombres. En una de estas embarcaciones se encontraba a bordo el rajá de estos nativos, quien no llegó a desembarcar pero hizo subir a varios de sus hombres a las naos, portando un lingote de oro como regalo. Por extraño que pueda parecer, Magallanes rechazó el lingote de oro, pues no quería transmitir la sensación a aquellos indios que el oro era importante para ellos. Además observan que los nativos están adornados con accesorios de oro en sus cuerpos, lo que hace que a los españoles allí presentes se les abran los ojos como platos pero Magallanes enseguida les obliga a fingir que no sienten atracción por el dorado metal y tajante, prohíbe a sus hombres el trueque. Magallanes era hombre inteligente y no quería que la buena relación que se estaba estableciendo, se viera enturbiada por la avaricia; lo importante eran las especias y no el oro. En este aspecto, Magallanes hizo una excelente labor, rechazando el oro, hacia creer al rajá de Limasawa que no lo necesitaba y aparentaba que le sobraba. A tal extremo llevó Magallanes este asunto, que el cronista del viaje, el italiano Antonio Pigafetta, escribió:

El oro abunda, como lo prueban dos sucesos que fui testigo. Un hombre nos trajo un tazón de arroz e higos, y pidió a cambio un cuchillo. Magallanes, en vez del cuchillo, le ofreció algunas monedas, entre ellas un doblón de oro; pero las rehusó y prefirió el cuchillo. Otro ofreció un grueso lingote de oro macizo por seis hilos de vidrio: pero Magallanes prohibió expresamente hacer este cambio, temiendo que por ello comprendiesen los isleños que apreciábamos mas el oro que el vidrio y las otras mercaderías.

Al día siguiente Calambu, el rajá de Limasawa, decidió subir a la nao capitana, la Trinidad, para reunirse con Magallanes. Esta vez llevó como regalos una muestra de los alimentos del lugar y fue correspondido con vistosas ropas, espejos y cuchillos.  Para impresionar a Calambu y a su séquito, Magallanes hizo subir a cubierta a uno de los soldados con toda su armadura colocada, al tiempo que otros tres soldados la daban sablazos y puñaladas, para demostrar que un castellano podría combatir sin ser herido contra cien de sus guerreros. Para impresionar aun más, dispararon algunos cañonazos.

La cruz en Limasawa

Durante la siguiente semana,  continuaron fondeados en la bahía, dedicando el tiempo a las reparaciones propias de las naos, a recolectar comida y agua, y por supuesto, a ganarse la amistad de los isleños. Durante esos días, otro hombre más de la tripulación de la Trinidad fallece, el soldado Fernando, a quien se le da sepultura en aquella lejana isla. Los españoles quedan impresionados por los enormes murciélagos de la isla, grandes como un águila, decían, y cazar estos animales se convierte en pasatiempo para desgracia de los bichos. Durante la estancia, el rajá Calambu le hace saber a Magallanes que a pocos días de navegación se encuentran dos islas más grandes, que pueden resultar del interés para el comercio y se ofrece para acompañarlos. A Magallanes le parece buena idea y el 3 de abril zarpan de Limasawa acompañados por Calambu y un pequeño séquito. Durante aquella travesía fallecen dos tripulantes de la Victoria; Baltasar Genovés y Juan de Villalón… Suman seis fallecidos desde el inicio de este relato, en solo 15 días. Un dato importante a tener en cuenta para valorar el alto índice de mortalidad que había en estas expediciones debido a las enfermedades contraídas por los efectos de la caducidad de los alimentos y el agua, así como su escasez en tan largas travesías, cuando se navegaba a merced del clima en un océano desconocido cuya extensión es la tercera parte del planeta.

ISLA DE CEBÚ

El 7 de abril de 1521 aparecieron las tres naos en la costa de Cebú, de nuevo con una importante puesta en escena; los barcos engalanados para la ocasión, con todos sus pabellones ondeando al viento y disparando cañonazos. Pronto se reúne toda la población en la playa, con asombro y temor. En cuanto sueltan ancla, Magallanes envía a tierra al rajá Calambu junto a su séquito, el escribano León de Espeleta y el intérprete Enrique para reunirse con el rajá de Cebú, de nombre Humabón.

Reunidos con Humabón, Calambu le cuenta que sus amigos extranjeros son gente de paz y que tienen interesante mercancía para negociar pero el rajá de Cebú esta enfadado por la inesperada aparición de los barcos haciendo uso de sus cañones, pregunta que quienes son, de donde vienen, a donde van y que quieren. Enrique el traductor, a petición del escribano Espeleta, respondió:

Que disparar los cañones es costumbre de los españoles para rendir homenaje a su excelencia, que son súbditos del rey más poderoso del planeta, que venían desde un reino lejano, que iban a las Molucas para cambiar mercancías y, que como el rajá Calambu les había hecho grandes elogios de su persona, habían venido a visitarle y comprar vituallas.

Las palabras de Enrique rebajaron el enfado del rajá Humabón y accedió a comerciar con ellos pero previamente debían pagarle unos impuestos. Traducido el mensaje del rey al escribano Espeleta, este le dijo a Enrique que contestara a Humabón diciéndole que:

su gran rey nunca se ve obligado a pagar impuestos a nadie y que sí quería la paz con ellos, la tendría pero que si se empeñaba en cobrarles tributos, lo interpretarían como una ofensa y le declararían la guerra.

Lejos de apaciguarse los ánimos, un comerciante moro que estaba en la reunión junto al rajá Humabon, ante la desesperación de ver que estos cristianos estaban entablando relaciones comerciales con los nativos y esto era mal asunto para el islam -ya que estos ejercían de intermediarios comerciales entre Oriente y Europa-  para enturbiar el asunto, le dijo a Humabón -creyendo que se trataban de portugueses en vez de españoles- que naves como las que traían a esta gente eran las que habían conquistado Calicut, Malaca y otras ciudades indias. Entonces Espeleta le dijo a Enrique que dijera al rajá:

Mi rey es más poderos por sus ejércitos y barcos que el de Portugal; es rey de España y el emperador de todo el mundo cristiano, y que si hubiera preferido tenerle más por enemigo que por amigo, habría enviado bastantes hombres y navíos para destruir por completo la isla

Humabón quedo pensativo y respondió que tenía que consultar con los suyos la situación y que al día siguiente tendrían una respuesta. Estos nativos no estaban tan atrasados y aislados como los anteriores que habían encontrado en las islas del Pacifico central, se trataba de una sociedad con contacto externo y estructurada desde el siglo X. Era habitual el comercio de estas islas con chinos y árabes, quienes entre otras mercancías, les compraban oro y esclavos, siendo estos últimos, el botín de las habituales guerras entre islas. Por eso no es de extrañar que estuviera acompañado de un comerciante moro.

Al día siguiente, Espeleta y Enrique volvieron a reunirse con Humabón y se quedaron atónitos cuando les dijo que además de no cobrarles ningún impuesto, estaban dispuestos a convertirse en súbditos del rey de España, a lo que hábilmente Espeleta contestó asegurándole que no tenían intención de ocupar políticamente sus tierras y lo único que querían era comerciar con ellos. La negociación fue un éxito y Humabón dijo que solo faltaba hacer la ceremonia para establecer el acuerdo:

El rey les encargó que asegurasen a nuestro capitán, que si quería ser verdaderamente su amigo no tenía más que sacarse un poco de sangre del brazo derecho y enviársela, y que por su parte haría otro tanto, lo cual sería la señal de una amistad leal y sólida

En la mañana siguiente se reunieron en la nao Trinidad el rajá Calambu y el comerciante moro con Magallanes para comentarle que Humabon estaba reuniendo víveres para traérselos. Magallanes, para dejar bien claro al comerciante moro que no debe estorbar las relaciones y que están dispuestos a establecer un comercio estable en la zona, vuelve a organizar la puesta en escena que había hecho antes con Humabón y hace subir a cubierta a un soldado con toda la armadura montada para hacer una demostración de fuerza. Según el cronista oficial de la expedición, Pigafetta, Magallanes dijo al moro:

“Nuestras armas son tan ventajosas a nuestros amigos como fatales a sus adversarios”… esto lo dijo el capitán en tono fiero y amenazador, para que el moro tomase buena nota

El primer intercambio mercantil a gran escala que hizo España en Filipinas fue el 12 de abril. Se desembarcó y exhibió en la isla una gran cantidad de objetos que habían sido embarcados como mercancía cuando zarparon de Sevilla. El mercado fue un éxito y se hicieron muchos intercambios, eso si, con la tajante orden de Magallanes a sus marineros de no mostrar apetencia por el oro

Sin esta orden, cada marinero hubiera vendido todo lo que poseía para procurarse ese metal, lo que hubiera arruinado para siempre nuestro comercio

LA CONVERSIÓN AL CRISTIANISMO

Además de encontrar las Molucas, establecer relaciones comerciales y volver a España con las bodegas de los barcos cargados de mercancía, Magallanes tenía el encargo del emperador Carlos de cristianizar la región, y puso un gran empeño en ello, pues era el portugués hombre de un gran sentimiento religioso. Ya había conseguido en Limasawa -con el premiso del rey Calambu- colocar una gran cruz de madera y realizar la que fue la primera misa en Filipinas. Debido a la curiosidad y la ingenuidad, algunos nativos imitaban el gesto de arrodillarse en tierra con las palmas de la manos juntas, imitando a los españoles cuando los veía rezar y adorar la cruz. Magallanes pensó que podía ser fácil conseguir que los nativos aceptasen la Fe cristiana como propia. Llevar la cristiandad a los rincones del mundo hasta ahora desconocido era una obligación moral para España, pero en el caso de aquellas tierras tenía doble motivo; la aceptación de la Fe cristiana en aquellos pueblos, además del cumplimento moral, suponía evitar la implantación del islam (que también intentaba hacer lo propio) y asegurar el comercio directo, desplazando así a los moros.

El capitán les dijo que no habían de hacerse cristianos por temor que nos tuvieran o por complacencia, sino por espontáneo deseo y por amor a Dios. Pero si no querían hacerse cristianos, nada desagradable les sucedería. Los que se hicieran cristianos merecerían, es claro, las mejores atenciones. Como un solo hombre respondieron que si querían hacerse cristianos no era por temor ni por complacencia, sino por su libre voluntad. Se ponían en sus manos y que él los tratara como a sus propios súbditos. En esto, el capitán los abrazó con lágrimas en los ojos, tendió las manos al príncipe y al rey Calambu y les dijo que, tan cierto como creía en Dios y era fiel a su emperador, les prometía que, en adelante, vivirían en paz perdurable con el rey de España; y ellos le hicieron una promesa reciproca

Magallanes era un tipo muy inteligente. Necesitaba un acto que provocara una conversión masiva de los habitantes de Cebú y el calendario estaba a su favor para ello. Desde que habían arribado las tres naos a la costa, él todavía no había puesto el pie en la isla, dejando llevar el peso de las negociaciones a Espeleta, al cronista Pigafetta y al traductor Enrique. El domingo 17 de abril de 1521, coincidió con la Pascua de Resurrección y Magallanes eligió ese día para hacerse ver ante los nativos por primera vez y organizar una misa por todo lo alto. Con el permiso del rajá Humabon, hizo construir un altar en el centro de la ciudad y ordenó bajar a todos los tripulantes (excepto los necesarios para mantener el servicio en los barcos) con sus mejores galas, acompañados de los estandartes e imágenes religiosas hasta el altar y con gran solemnidad consagraron el lugar y posteriormente se hizo una misa para impresionar  a los indios.

Para la celebridad de tan grande fiesta sacaron a tierra de los navíos las velas y otros atavíos; y cortando ramas de los árboles, hicieron de los ramos y velas, una devota capilla, y en ella un altar al modo de nuestra España, en que se celebrase la misa

Misa en Cebú. Obra de Carlos Botong

Tras la misa, Magallanes tenía otro golpe de efecto preparado; el bautismo del rajá Humabón que recibe el nombre de Carlos y sus dos hijas, bautizadas con los nombres de Isabel y Catalina. A este efecto dómino que causó entre los habitantes -que quisieron seguir el ejemplo de su jefe-, se sumó un hecho que entre los españoles se consideró milagro. Tras la misa, el rajá Humabón (ahora rey Carlos de Cebú) le comentó a Magallanes que un hermano del príncipe, y considerado el hombre más sabio de la isla, se encontraba enfermo, sin poder hablar por una enfermedad desconocida. Enterado Magallanes, marchó hacia la casa del enfermo acompañado por uno de los frailes de la expedición y el séquito de Humabon. Allí fue bautizado el enfermo y tras el bautismo, recuperó el habla. Milagro o resultado del efecto placebo, quien sabe, lo único cierto es que aquel suceso hizo que las ganas de las gentes del lugar por bautizarse se multiplicase, llegando a bautizar en aquel día a más de 1.200 nativos.

MUERTE DE MAGALLANES

Aunque el número de muertes entre los expedicionarios continuó con el fallecimiento de Martín Carreño y Juan de Aroche, ambos tripulantes de la nao Santiago, el resto de los miembros vivían unos días idílicos en paz y armonía en la isla de Cebú:

Estas mujeres son muy bonitas y casi tan blancas como las europeas, y no por ser ya adultas dejan de estar desnudas… Se entregaban apasionadamente al placer y a la ociosidad… Cuando bajábamos a tierra, fuera  día o  noche, encontrábamos siempre indios que nos invitaban a comer y a beber

Lapulapu

El recto y disciplinado Magallanes no participaba en estos menesteres pero vivía su gloria interior. Hasta el momento, la expedición era gloriosa; Descubierto el paso entre los dos océanos, descubierto la verdadera inmensidad de este Mar del Sur -que ahora cambiaría su nombre por el de Pacifico-, descubierto nuevas tierras, había conseguido la conversión de sus habitantes y Las Molucas ya estaban cerca. Pero la buena suerte estaba a punto de acabarse.

En una conversación con Magallanes, Humabón le hace saber que tiene enemistad con un rajá de una isla vecina y que nunca reconocerá a Humabón  su autoridad. Magallanes  se siente obligado a imponer su autoridad en la región y decide obligar a aquel rajá a rendir pleitesía a Humabón y a tal fin, envía como emisarios al intérprete Enrique y al comerciante moro, a la vecina isla de Mactán para exigirle que envíe una cabra y un cerdo como tributo a Humabon en señal de sumisión. Como era de esperar, el rajá de la isla, un tal Lapulapu, se niega en rotundo y Magallanes decide emprender una acción de castigo.

Magallanes era navegante y no militar. Cuando explicó el plan de ataque a sus hombres, casi todos se mostraron en contra. Magallanes veía la necesidad de ejercer con una pequeña fuerza el poder de España que dejara impresionados y sumisos a todos los rajás del archipiélago. Su idea es embarcar tan solo 50 o 60 hombres en lanchas, sin la intervención de las tres naos y el resto de los hombres, que se quedarán en Cebú. Humabón le ofreció sumar a sus guerreros pero Magallanes lo rechazó, alegando que aquello no era propio del ejercito de un emperador. A todos los españoles aquello les resulta una temeridad además de innecesario, su misión es llevar especias a España, no involucrarse en conflictos locales. Magallanes ignora los consejos y decide atacar.

Saltamos al agua, que nos cubría hasta el lomo, y tuvimos que chapotear hacia la playa, que estaba a dos buenos tiros de arco, mientras nuestros botes tenían que quedar atrás a causa de los arrecifes. En la playa encontramos mil quinientos de los isleños repartidos en tres grupos que, en medio de un griterío horrible, se precipitaron hacia nosotros. Dos de los grupos nos envolvieron por los flancos , y el tercero nos atacó de frente. Nuestro capitán dividió sus hombres en dos grupos. Nuestros arcabuceros y ballesteros hicieron fuego durante media hora desde los botes, pero nada consiguieron, porque sus balas, flechas y picas no podían, desde tan lejos, llegar a atravesar los escudos de madera y, a lo sumo, herían en los brazos al enemigo.

Aquí podemos comprobar el primer error en la estrategia de Magallanes. Al no haber hecho una inspección previa para elegir el lugar del desembarco, llegan a una playa de arrecifes por los cuales tienen que desembarcar lejos de la orilla, y lo que es peor, al quedar atrás los botes, el fuego de arcabuz (el arma que precisamente desequilibraba a favor de los españoles la batalla) queda demasiado lejos, por lo que su eficacia queda bastante reducida.

El capitán, viendo que el fuego de arcabuz era inútil, dio la orden de no tirar más en previsión de no desperdiciar munición, pero no lo oyeron. Al ver los isleños que nuestros disparos les causaban poco daño o ninguno, ya solo pensaron en el avance. Gritando cada vez más, saltando de un lado a otro para evitar nuestros tiros, resguardados por sus escudos, se nos acercaron en masa, arrojándonos flechas, dardos, lanzas y piedras, hasta el punto de no darnos lugar para defendernos.

Por la crónica de la batalla que hace Pigafetta, es obvio que desde un primer momento, no presagiaba un buen final. Con la intención de obligar a romper las líneas enemigas, Magallanes ordena a un grupo que prendan fuego al poblado, pero aquella estrategia tampoco funcionó.

El capitán, para meterles miedo en el cuerpo, envió algunos de los nuestros con orden de incendiar sus cabañas, lo cual los enfureció más. Acudieron algunos de ellos al incendio, que devoró veinte o treinta chozas , y mataron a dos de nuestros hombres. Los isleños restantes, acrecentada su cólera, se precipitaron hacia nosotros. Al darse cuenta que nuestro busto quedaba defendido bajo la cota, pero no las piernas, fueron estas el objeto de sus golpes. Al capitán le atravesaron el pie derecho con una saeta envenenada. En seguida dio la orden de retroceder en orden. Pero casi todos nuestros hombres huían a la desbandada, de modo que solo quedaron con él seis u ocho, y, como cojeaba desde hacia años, nuestra retirada era más lenta. Expuestos por todos lados a las lanzas y piedras que el enemigo arrojaba sobre nosotros, no había resistencia posible. No nos servían las lombardas que teníamos en los botes, porque lo superficial del agua en aquel sitio los obligaba a quedarse demasiado lejos. Íbamos retirándonos paso a paso sin dejar de luchar un momento, y estábamos ya a un tiro de arco de la playa con agua a la rodilla; pero los isleños no dejaban de seguirnos tercamente, cogiendo a su paso las flechas y lanzas que antes nos habían lanzado; de manera que podían servirse de los mismos cinco o seis veces. Habían notado la presencia del capitán, y el era su blanco preferido; dos veces dieron en su casco, que rodó por el suelo. Pero él, con los pocos que le rodeábamos, mantenía su puesto, sin intentar ya retroceder, y así luchamos más de una hora, hasta que uno de los indios logró dar en la cara al capitán con un caña. Encendido en cólera, Magallanes atravesó el pecho del atacante con su lanza; pero esta quedó clavada en el cuerpo del muerto, y al intentar el capitán desenvainar la espada no pudo acabar su acción, porque un dardo que le lanzaron le hirió el brazo. Cuando los contrarios se dieron cuenta, precipitáronse a la vez contra él, y uno de ellos le abrió tal herida de un sablazo en la pierna izquierda, que le hizo caer de bruces. En seguida, todos los indios se le echaron encima y lo acribillaron con lanzas y otras armas. Y así quitaron la vida al hombre que era nuestro espejo y fiel caudillo.

La muerte de Magallanes en Mactán

Magallanes subestimó a aquellos nativos, guerreros curtidos en la lucha en las playas durante las numerosas y habituales guerras entre las distintas tribus de las islas, capaces de crear estrategias y que supieron sacar provecho del erróneo plan trazado por Magallanes, quien para colmo, no quiso hacer caso de las opiniones de los experimentados hombres de armas que le acompañaban.  Algunos historiadores, en base a otros testimonios, han escrito la posibilidad de que Magallanes fue abandonado a su suerte frente a los indios, al retirarse en desbandada del combate pero mientras Pigafetta dice que hubo desbandada en la retirada, otros testimonios aseguran que no hubo tal desbandada y que se siguió luchando en ordenada retirada. Sea como fuere, lo cierto es que la batalla no tenía ninguna esperanza para los españoles. Con los arcabuces fuera de tiro por culpa de los arrecifes y sin la ayuda de la artillería que había quedado a bordo de los navíos en Cebú, no había capacidad de respuesta y de haber seguido haciendo frente a los indios hubiera supuesto una escabechina total.

Además de Magallanes, otros siete hombres perdieron la vida en aquella playa de Mactán, pero lo peor estaba por venir. La muerte del capitán general y la derrota en la batalla, iba a suponer que la alianza comercial, política y la conversión al cristianismo de los habitantes de Cebú, se iba a descomponer tan rápido como un castillo de arena cuando sube la marea.

EL OCASO DE LOS DIOSES

Tras la muerte de Magallanes dos portugueses, Barbosa y Serrao, fueron encargados de dirigir la expedición y pronto cometieron tres errores. El primero fue pedir, a cambio de mercancía, un rescate a los indios de Mactán por el cadáver de Magallanes y los demás españoles. Sobra decir que esto fue rechazado por Lapulapu y este gesto fue interpretado por los indios como una señal de debilidad. El segundo error lo cometió Barbosa, al no respetar el pacto que Magallanes había hecho con Enrique el intérprete, ya que según este último, el portugués le había prometido que una vez llegaran a las Molucas ó si el propio Magallanes fallecía antes, recobraría su libertad. Pero tras la muerte de Magallanes, Barbosa le dijo a Enrique que de ninguna manera era hombre libre, que seguía siendo un siervo y que  regresaría a España para ser entregado a la viuda de Magallanes, para que ella tomara la determinación. Según Pigafetta y el resto de tripulantes, aquello provocó un cambio de actitud en el comportamiento de Enrique, y que según ellos, propicio que Enrique tuviera mucho que ver con el tercer error de Barbosa y Serrao.

EL BANQUETE DE LA MUERTE

Reunidos todos los miembros de la expedición, se decidió que la estancia en Cebú había que darla por finalizarla. Si ya antes de la batalla de Mactán y con Magallanes vivo, había muchos hombres contrarios a la permanencia en aquellas islas por mas tiempo, alegando que la misión era llenar las bodegas de especias en las Molucas y regresar a España sin perder el tiempo en evangelizar e interferir en las guerras locales, tras la muerte de Magallanes, fueron prácticamente todos quienes estaban a favor de poner rumbo a Las Molucas. Así pues, se decidió que había que embarcar de nuevo toda la mercancía y enseres que había en Cebú y marchar al día siguiente.

Aquí es donde entra -la llamémosle Teoría de la Conspiración– , según la cual, el intérprete Enrique enterado del asunto y para vengar (y evitar) su continuidad como esclavo, hizo saber  del plan a Humabón y le convenció para que organizara una emboscada a los españoles y de esta manera “limpiar” su imagen de traidor frente a sus clanes rivales de Mactán… Y de paso limpiar las tres naos y quedarse como botín la mercancía española. Pigafetta -que estaba herido por un flechazo durante el combate- es uno de los más convencidos, aunque otros apuntaban a la enraizada mezquindad de los indios.

Esta teoría de la conspiración no es nada descabellada si tenemos en cuenta que el plan de los españoles era marchar de madrugada sin previo aviso pero ocurrió que inesperadamente, Humabón comunicó a Barbosa su intención de invitar a los españoles en un banquete con la excusa de entregarle unos regalos exclusivos para el emperador Carlos. Y este fue el tercer error de Barbosa porque años antes el propio Magallanes había vivido una situación parecida cuando el rajá de Malaca, de igual manera emboscado a unos navegantes portugueses, entre los que se encontraba Magallanes, que junto a otros salvó la vida por casualidad. Seguramente, sí Magallanes hubiera estado vivo, hubiera recordado aquel suceso y hubiera reclinado amablemente el banquete pero Barbosa picó el anzuelo de Humabón y aceptó la invitación.

Barbosa, Serrao y otros cincuenta hombres de la expedición bajaron a tierra para acudir al banquete. El ambiente de desconfianza hizo que el piloto Juan Carvalho y el maestre de armas de la flota Gómez de Espinosa, tuvieran un mal presagio y decidieron volver a las naos para prevenir al resto de los hombres y estar dispuestos a desembarcar con las armas si fuera necesario. Nada más llegar a las naos, un estremecedor griterío se escucha en la playa, donde ven a algunos de los hombres que habían bajado a tierra y a muchos indios corriendo tras ellos. La crónica del piloto de la nao Concepción, el onubense Juan Rodríguez Mafra, cuenta:

La mesa estaba puesta bajo unas palmeras y había mucha comida y vino de palma, los nuestros comían más con descuido que con recelo. Ya que la comida se acababa, salieron del palmar gente armada y mataron treinta y siete, y cautivaron al clérigo que había sanado anteriormente al familiar de Humabón y otros hombres

Algunos pudieron escapar y llegar hasta las naos, donde tuvieron que cortar precipitadamente las anclas para maniobrar porque los indios ya estaban subidos en sus canoas con intención de abordar las naos, aunque gracias a la previsión de Carvalho y Espinosa pudieron ser rechazados. Tras un intenso fuego de cañones y arcabuces, apareció en la playa un grupo de indios con el piloto Serrao como rehén. Se entabló unas negociaciones para la liberación del piloto. Los indios pidieron armas de fuego a cambio de su liberación y se entregaron algunas culebrinas (cañones de pequeño tamaño) pero una vez se les entregaba lo que pedían, volvían a pedir más cosas, y en las naos se dieron cuenta que los estaban engañando y que en algún momento tendrían que decir no a las pretensiones de los nativos y acabarían matando al rehén, así que a Carvalho, con lagrimas en los ojos, no le quedó más remedio que  pedir a su amigo y compadre Serrao que pidiera a Dios lo perdonara y ordenó desplegar velas y abandonar la isla de Cebú.

Gracias al testimonio posterior de un marinero gallego de la flota de Loaisa que estuvo varios años de esclavo en las islas hasta que fue rescatado por la expedición de Saavedra en 1527, se sabe que fueron ocho los hombres que quedaron cautivos de los indios en Cebú y que allí estuvieron durante un año, hasta que finalmente fueron vendidos como esclavos a un comerciante chino y nunca más se supo de ellos.

RUMBO A LAS MOLUCAS

Ya en alta mar, se reunieron todos los tripulantes y debido a que en la emboscada del banquete la expedición había perdido entre otros a Barbosa, Serrao y Goes, los tres capitanes de las naos y a Andrés de San Martín, piloto y cosmógrafo, cuyos conocimientos del mapa celeste eran vitales para navegar por aquella parte del mundo, decidieron entregar el mando a Carvalho y nombrar al maestre de armas Gonzalo Gómez de Espinosa, capitán de la nao Victoria. La flota estaba tan mermada que era imposible mantener las tres naos, así que decidieron deshacerse de la Concepción que era la que en peor situación estaba y tras repartir sus tripulantes y todo aquello de utilidad a la Trinidad y a la Victoria, la prendieron fuego.

Era 1 de mayo de 1521, habían pasado 20 meses desde que zarparon de España y la dos naos pusieron rumbo SO a las Molucas. Pero eso ya es otra historia.

Localización de Filipinas; Limasawa, Cebú y Mactán
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