GARCÍA SÁNCHEZ I DE PAMPLONA
García Sánchez I de Pamplona (919-970) fue el arquitecto de la consolidación del Reino de Pamplona en un siglo X donde sobrevivir a los califas de Córdoba era un deporte de riesgo. Su reinado de 45 años (925-970), transformó un pequeño enclave pirenaico en una potencia peninsular capaz de desafiar al mismísimo Abderramán III.
García Sánchez I nació en una familia de pesos pesados. Era hijo de Sancho Garcés I y de Toda Aznárez, una de las mujeres más influyentes y astutas de la historia medieval hispánica.
Cuando su padre murió en el año 925, García era apenas un niño de unos seis años. El trono no pasó a él directamente de forma efectiva, sino que se estableció una regencia bajo su tío, Jimeno Garcés. Este periodo fue crucial porque, a pesar de la minoría de edad del heredero, el reino no se desmoronó gracias a la cohesión de la familia y a la mano firme de su madre, Toda Aznárez, quien actuó como la verdadera guardiana del linaje.

Es imposible hablar de García Sánchez I sin dedicar un capítulo entero a su madre. Toda Aznárez era sobrina de Abderramán III (por un matrimonio forzoso de su abuela). Esta conexión familiar con el califa cordobés le dio ventaja diplomática.
Toda maniobró para que su hijo fuera reconocido como rey legítimo frente a cualquier facción interna. Tras la muerte de su regente tío, Jimeno Garcés en 931, García asumió el trono plenamente, pero bajo la tutela constante de su madre. Fue ella quien orquestó alianzas matrimoniales que convirtieron a Pamplona en el eje de los reinos cristianos.
Uno de los hitos más importantes de su reinado fue la unión definitiva del Condado de Aragón a la Corona de Pamplona. Esto se logró mediante una hábil política matrimonial diseñada por la reina Toda.
García Sánchez I se casó con su prima Andregoto Galíndez, hija del conde de Aragón Galindo Aznárez II. Como Galindo no tenía herederos varones, Andregoto se convirtió en la heredera del condado. Aunque más tarde García se divorciaría de ella (alegando parentesco, la excusa clásica de la época), la unión ya era un hecho político consumado. Su hijo y sucesor, Sancho Garcés II «Abarca«, heredaría ambos territorios, consolidando lo que siglos más tarde sería el núcleo del Reino de Navarra y la Corona de Aragón.
La influencia de García Sánchez I en el Reino de León, fue determinante. Tras la muerte de Ramiro II, estalló una guerra civil en el Reino de León entre Ordoño III y Sancho I el Craso (que era sobrino de García y nieto de Toda). Sancho el Craso fue expulsado del trono de León debido a su extrema obesidad (que le impedía incluso montar a caballo), García Sánchez y Toda lo acogieron en Pamplona. En un movimiento diplomático surrealista pero efectivo, Toda negoció con su sobrino Abderramán III para que sus médicos tratara la obesidad de Sancho en Córdoba, a cambio de ciertas plazas fuertes. Tras la cura, las tropas pamplonesas y cordobesas ayudaron a Sancho a recuperar el trono de León.

García se casó dos veces. La primera con Andregoto Galíndez. Esta unión le dio el control de Aragón. De este matrimonio nació el futuro rey Sancho Garcés II. Las segunda nupcias con Teresa de León, hija de Ramiro II de León. Este matrimonio reforzó los lazos con el reino leonés. De aquí nacieron otros hijos, entre ellos Ramiro Garcés, que sería el primer rey de Viguera, en La Rioja, un pequeño reino creado para él.
Desde el punto de vista militar, el reinado de García Sánchez I fue una constante «dientes de sierra». Vivió en la época de mayor poderío del Califato de Córdoba bajo Abderramán III, lo que significaba que la guerra era una condición de supervivencia, ya que la obsesión de Abderramán III era someter a los rebeldes cristianos del norte. García Sánchez I vivió en una tensión constante entre la resistencia armada y la sumisión diplomática.
Antes de las grandes victorias, García Sánchez tuvo que morder el polvo. Abderramán III lanzó una expedición masiva para castigar a los reinos cristianos en el año 934. Los moros llegaron hasta las puertas de Pamplona tras asolar Castilla y Álava. Ante la superioridad aplastante, García Sánchez I (bajo consejo de su madre, la reina Toda) tuvo que capitular. Fue una rendición estratégica. García juró vasallaje al Califa para evitar que Pamplona fuera arrasada, un movimiento que le permitió conservar el trono y rearmarse para el futuro.
Cinco años después, en el 939, García pudo resarcirse de aquella humillación, ya que participó activamente en una de las victorias cristianas más importantes de la Edad Media; la Batalla de Simancas. Se unió a las tropas de Ramiro II de León y a las milicias castellanas de Fernán González para enfrentarse al Califa.
Abderramán III lanzó en 939 la llamada «Campaña de la Omnipotencia», para destruir los reinos hispanos del norte y someterlos definitivamente. Reunió un ejército formidable, estimado por algunas fuentes en unos 100.000 hombres, aunque probablemente la cifra real fuera menor pero igualmente abrumadora para la época.
Ante semejante amenaza, los gobernantes cristianos dejaron de lado sus diferencias. Ramiro II de León lideró una gran alianza a la que se unieron las milicias castellanas de los condes Fernán González y Ansur Fernández, y las tropas del Reino de Pamplona comandadas personalmente por su rey, García Sánchez I
El 19 de julio de 939 las fuerzas hispanas interceptaron al ejército moro en Simancas, cerca de la confluencia de los ríos Duero y Pisuerga. Se dice que un eclipse total de sol ocurrió justo antes del combate, lo que aterrorizó a ambos bandos, pero los cristianos lo interpretaron como un presagio favorable.
Un eclipse de sol se produjo alrededor de la hora tercia del día 19 de julio, en el año cuarto del rey Otón, viernes, luna 29. El mismo día, en la región de Galicia, un ejército innumerable de sarracenos fue casi aniquilado, menos su rey y 49 guerreros suyos, por cierta reina llamada Toda
La batalla duró varios días y fue de una violencia extrema. Las crónicas destacan que las tropas navarras fueron fundamentales para cerrar el flanco y evitar que la caballería musulmana maniobrara. Curtidas en la guerra de montaña y frontera, aportaron una fuerza de combate esencial para resistir las embestidas de la caballería e infantería mora. Su participación contribuyó a mantener la línea cristiana y a desgastar al enemigo.
El ejército moro se desmoronó y huyó en desbandada. García Sánchez I y sus tropas participaron activamente en la persecución posterior, que culminó en una segunda masacre de las fuerzas musulmanas en el barranco de Alhándega. La victoria fue total. Abderramán III perdió su ejemplar del Corán y su armadura de oro en la huida, estuvo a punto de perder la vida, por lo que juró no volver a dirigir personalmente una batalla.
La victoria en Simancas elevó enormemente el prestigio de García Sánchez I. Demostró que su reino, aunque pequeño, era una potencia militar capaz de jugar un papel decisivo. La derrota del califato alivió temporalmente la presión sobre las fronteras del Reino de Pamplona, especialmente en la zona del valle del Ebro y La Rioja, permitiendo a Pamplona asegurar sus fronteras.
Sin embargo, la alegría duró poco. El Califa cambió de táctica, utilizando la diplomacia y las incursiones de castigo para extorsionar y dividir a los cristianos. En varias ocasiones, García tuvo que declarar vasallaje a Córdoba para evitar la destrucción de sus tierras y asegurar la supervivencia y estabilidad del reino.
García entendió que contra el Islam no bastaba con la espada, por eso solía alternar periodos de guerra con embajadas diplomáticas a Córdoba, jugando a dos bandas para mantener su reino intacto.

Uno de los episodios más curiosos de sus campañas fue la creación del Reino de Viguera. Viguera (La Rioja) era una fortaleza musulmana situada en un punto escarpado que controlaba el paso hacia el sur. Tras intensas escaramuzas en la década de 950, García logró asegurar el control sobre el valle del Iregua. En lugar de simplemente anexionarlo, García creó un pequeño reino para su hijo menor, Ramiro Garcés. Servía como tapón o zona de defensa avanzada contra las incursiones moras que subían desde Medinaceli.
Calahorra era el gran premio. Si Nájera era el corazón, Calahorra (La Rioja), era la puerta de entrada a La Rioja Baja. Aunque la ciudad cambió de manos varias veces (era una zona extremadamente volátil). García no lanzó una sola gran invasión, sino una serie de campañas para destruir las cosechas musulmanas y debilitar las guarniciones. Consiguió desplazar la frontera musulmana hacia el sur de la actual Rioja, obligando al Califato a fortificar plazas como Arnedo para detener el avance pamplonés.
García Sánchez I comprendió que para dominar La Rioja necesitaba monjes y colonos. Para ello colmó de privilegios y tierras al monasterio de San Millán de la Cogolla. Los monjes actuaban como administradores del territorio recién conquistado, atrayendo a pobladores del norte (repoblación). Hizo lo mismo con San Martín de Albelda, cerca de la actual Logroño. Este monasterio se convirtió en un centro cultural de primer orden. Aquí se escribió el famoso Códice Vigilano, donde se menciona a García Sánchez I como un rey victorioso y protector de la fe.

Estos centros religiosos eran núcleos de administración y repoblación. Continuó la labor de su padre de asentar poblaciones en la zona de la Rioja, asegurando el control sobre el Valle del Ebro, una zona estratégica y fértil. Hizo repoblaciones masivas en los Valles del Oja y Tirón, lo que sirvió para asegurar la frontera con Castilla.
Las campañas en La Rioja fueron, en esencia, lo que permitió que Pamplona pasara de ser un reino de montaña a una potencia de valle, desplazando a los moros y consolidando la identidad cristiana de la región.
En 961 tomó parte en las disputas entre Castilla y el reino de León. Apresó a Fernán González, conde de Castilla, pero se negó a entregarlo a los moros, pese al gran beneficio que hubiera obtenido.
García Sánchez I murió el 22 de febrero del año 970. Fue sepultado en la pequeña iglesia de San Esteban, en el castillo de Monjardín, en Navarra. Dejó un reino mucho más extenso, unido y respetado que el que recibió. Si su padre fue el que inició la expansión, García fue quien la institucionalizó.


