TERCIOS DE FLANDES

GEMBLOUX 1578

La Batalla de Gembloux fue el último gran triunfo de Don Juan de Austria y la carta de presentación de Alejandro Farnesio. En apenas una hora de combate real, un pequeño destacamento español destruyó al ejército más grande que los rebeldes habían logrado reunir hasta la fecha. Librada el 31 de enero de 1578, es uno de los hitos militares más impresionantes de la Guerra de los Ochenta Años.

Para entender Gembloux, hay que mirar el caos de los años previos. En 1576, tras el «Saqueo de Amberes» por tropas españolas amotinadas, las provincias de los Países Bajos se unieron en la Pacificación de Gante, exigiendo la salida de las tropas extranjeras y libertad religiosa.

Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto, llegó como nuevo Gobernador General con una misión casi imposible: pacificar la región con diplomacia. Sin embargo, los protestantes no confiaban en él. Para 1577, la tregua se rompió. Don Juan se vio obligado a retirarse a Namur y pedir refuerzos urgentes a su hermano, el rey Felipe II.

Don Juan de Austria

Felipe II envió a lo mejor de su ejército. Bajo el mando de Alejandro Farnesio, llegaron veteranos de los Tercios de Italia y España. Era una fuerza compacta, disciplinada y motivada, compuesta por unos 12.000 infantes y 4.000 jinetes, dirigidos por Don Juan de Austria (Mando supremo) y Alejandro Farnesio (Mando de la vanguardia).

Aunque el ejército real contaba con tropas valonas y alemanas, el peso del asalto y la vanguardia recayó en los españoles.

Tercio de Lope de Figueroa (Tercio de la Liga), una de las unidades más famosas de la época. Figueroa era un veterano de Lepanto y de la guerra contra los moriscos en las Alpujarras. Sus hombres eran conocidos por su disciplina extrema y su capacidad para operar tanto en tierra como en galeras.

Tercio de Francisco de Valdés. Valdés era un maestro de las encamisadas (ataques nocturnos sorpresa). Su tercio estaba formado por veteranos que conocían perfectamente el terreno de Flandes, habiendo participado en los asedios más duros de los años anteriores.

Tercio de Juan del Águila. Aunque su fama creció años después en la expedición a Irlanda (Kinsale), en 1578 sus hombres ya formaban parte de la fuerza de choque que devolvió la iniciativa a Don Juan de Austria.

Eran la «élite de la élite», soldados veteranos curtidos en las guerras contra los otomanos y en las guarniciones del Milanesado y Nápoles que representaban la columna vertebral del ejército español en Europa.

Francisco Valdés

Aunque los Tercios de infantería terminaron la faena, Gembloux fue, técnicamente, una victoria de la caballería pesada y ligera. Los comandantes de estas unidades fueron quienes decidieron el destino de la batalla fueron Octavio Gonzaga, Comandante de la caballería ligera, el primero en detectar el desorden en la retirada rebelde. Bernardino de Mendoza, Capitán de lanzas y más tarde famoso historiador y diplomático. Su carga junto a las tropas de Farnesio fue fundamental para sembrar el pánico en el flanco enemigo.

También es obligado mencionar que Alejandro Farnesio, aunque actuaba como mando superior, cargó en primera línea con una pica en la mano, comportándose como un capitán de caballería más, lo que inspiró a sus hombres a realizar una maniobra casi suicida.

No todo el ejército era español. Don Juan de Austria logró movilizar a la nobleza católica de los Países Bajos. Estuvieron integrados en el Tercio de valones de Cristóbal de Mondragón. Mondragón, aunque español, era una figura legendaria, apodado «el coronel» por sus hombres, y su presencia daba una legitimidad local a la causa de Felipe II. Además de estos aliados valones, también participaron Regimientos Italianos enviados por los estados aliados en Italia, expertos en el uso de armas de fuego (arcabuceros y mosqueteros).

Por su parte, los rebeldes protestantes sumaban una fuerza superior. Estaba compuesto por holandeses, flamencos, valones, y mercenarios ingleses, escoceses, franceses y alemanes. En total, 20.000 infantes y 5.000 jinetes. El mando nominal era del Archiduque Matías, pero en el campo lideraba Antoine de Goignies.

El ejército rebelde, acampado cerca de Namur, decidió retirarse hacia la ciudad fortificada de Gembloux al saber que Don Juan se acercaba. La retirada se realizó de forma desordenada a través de caminos estrechos y terrenos pantanosos.

Don Juan envió a su vanguardia, liderada por Octavio Gonzaga y Cristóbal de Mondragón, para hostigar la retaguardia enemiga. La orden era clara; vigilar y hostigar, pero no empeñarse en una batalla general hasta que el grueso del ejército español llegara.

Mientras la vanguardia española seguía a los rebeldes, Alejandro Farnesio observó una oportunidad de oro. La retaguardia rebelde estaba cruzando un desfiladero flanqueado por un arroyo pantanoso. El terreno era difícil, pero el enemigo estaba expuesto y en formación de marcha, no de combate. Farnesio, desobedeciendo parcialmente la cautela inicial, pronunció su famosa frase:

«Decid a Don Juan que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se ha arrojado al precipicio para salir de él con la palma de la victoria.»

Alejandro Farnesio

Farnesio supo leer el terreno y el estado anímico del enemigo. No esperó órdenes; actuó cuando el enemigo era más vulnerable. Tomó un grupo de caballería ligera y cargó directamente contra la columna enemiga. La audacia fue tal que los rebeldes pensaron que todo el ejército español estaba sobre ellos. La reputación de invencibilidad de los Tercios jugaba a favor de España. El solo grito de «¡Santiago!» en un momento de desorden bastaba para quebrar la voluntad de mercenarios menos cohesionados. La caballería de los Estados Protestantes, presa del pánico, huyó hacia adelante, arrollando a su propia infantería. Los soldados, atrapados en el lodo y los caminos estrechos, no pudieron formar los cuadros de picas para defenderse.

Los Tercios de Figueroa y Valdés avanzaron a paso ligero para ocupar las posiciones que la caballería iba limpiando, impidiendo que los herejes pudieran reagruparse. Los soldados de estos Tercios portaban el mosquete, más pesado y potente que el arcabuz, capaz de atravesar armaduras a mayor distancia. En los desfiladeros de Gembloux, el fuego concentrado de los mosqueteros españoles desde las alturas de los caminos destrozó la moral de los mercenarios que intentaban huir.

La batalla de Gembloux. Obra de Frans Hogenberg

Los herejes perdieron toda su artillería (más de 30 cañones) y sus estandartes. El ejército de los Estados Generales simplemente dejó de existir como fuerza combativa ese día. La desproporción de las bajas es uno de los datos más asombrosos de la historia militar. Mientras que las bajas del ejército español y sus aliados no tuvieron más de 20 heridos, los protestantes perdieron 8.000 hombres y otros 2.500 fueron hechos prisioneros.

Gembloux no terminó la guerra (que duraría décadas más), pero cambió la dinámica de poder. Tras la victoria, ciudades como Lovaina y Nivelles cayeron rápidamente ante los españoles. Marcó el inicio del ascenso de Alejandro Farnesio como el mejor general de su época. Tras la muerte de Don Juan poco después, él tomaría el mando.

La derrota acentuó las divisiones entre las provincias católicas del sur y las protestantes del norte. Las provincias del sur empezaron a ver con mejores ojos un acuerdo con Felipe II.

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