HISPANOAMÉRICA

LA FUNDACIÓN DE SANTIAGO DE CHILE

El 12 de febrero de 1541, un grupo de 150 hombres y una mujer, liderados por Pedro de Valdivia, exhaustos tras cruzar el desierto más árido del mundo, en un acto que rozaba lo imposible, fundaron Santiago de Nueva Extremadura, la capital del actual Chile. Una ciudad que nació de un sueño y perduró frente a la hostilidad de un territorio indómito, gracias una apuesta de vida en el confín del mundo conocido.

Para entender la fundación de Santiago, primero debemos entender al hombre detrás del estandarte. Pedro de Valdivia no era el típico conquistador, a diferencia de Francisco Pizarro en Perú o Hernán Cortés en México, Valdivia ya era un hombre próspero. Tenía una lucrativa encomienda y una mina de plata en el Alto Perú.

Sin embargo, Valdivia quería ser el gobernador de su propia tierra, el arquitecto de un nuevo reino. Con esa determinación, y contra todo consejo lógico (dada la desastrosa expedición previa de Diego de Almagro en 1536), solicitó permiso para conquistar las provincias de Chile.

Valdivia salió de Cuzco en enero de 1540 con una hueste de apenas 11 españoles y unos 1.000 indígenas yanaconas. A medida que avanzaba hacia el sur, se le fueron uniendo otros grupos de conquistadores que habían fracasado en otras expediciones, sumando finalmente unos 150 españoles. Entre ellos destacaba Inés de Suárez, la única mujer española de la expedición, cuya inteligencia y arrojo serían determinantes para la supervivencia de la futura ciudad.

Tras cruzar el desolador desierto de Atacama —una hazaña de resistencia humana—, la expedición llegó al valle central en diciembre de 1540. El paisaje que encontraron era radicalmente distinto al norte árido; el valle del río Mapocho.

El cauce del río se dividía en dos brazos, creando una isla de tierra (donde hoy se ubica el centro histórico), por lo que el lugar ofrecía agua abundante, madera y tierras fértiles para el cultivo. Además, el cercano Cerro Huelén (rebautizado como Santa Lucía) servía como un puesto de observación estratégico para detectar movimientos de las poblaciones indígenas locales.

El 12 de febrero de 1541, a los pies del Cerro Huelén, con la solemnidad que exigía la corona española, se llevó a cabo el acto de fundación. Valdivia nombró a la ciudad Santiago de Nueva Extremadura. Santiago, en honor al apóstol patrón de España, y Nueva Extremadura en recuerdo de su tierra natal.

La Fundación de Santiago. Pedro Lira 1858

El Acta de Fundación es el certificado de nacimiento legal de Santiago. Aunque hoy la vemos como un documento histórico y solemne, en 1541 era, ante todo, un instrumento jurídico indispensable para que Pedro de Valdivia pudiera reclamar derechos sobre la tierra y el mando político ante el Rey de España.

El acta original de febrero de 1541 ya no existe. Cuando los indígenas destruyeron Santiago, unos meses después, el archivo del Cabildo fue una de las primeras cosas en arder. El documento que hoy se conserva es una reconstitución realizada en 1544 por el escribano Luis de Cartagena, basada en los testimonios de los fundadores y en borradores que sobrevivieron.

El documento declara que Valdivia toma posesión de estas tierras en nombre del Rey Carlos V. Se describe el lugar de forma estratégica:

«A las faldas del cerro que los indios llaman Huelén, y en medio de dos brazos de un río, por ser sitio fuerte y de mucha agua…»

El acta deja claro que la ciudad no es un campamento temporal. Se funda para asentar la fe cristiana, establecer una administración civil y servir de base para la expansión hacia el Estrecho de Magallanes.

Detrás de la pluma estaba Luis de Cartagena, el primer escribano de Chile. Su labor, como la de los demás escribanos, era vital en el Imperio Español, «lo que no estaba escrito, no existía». Sin un acta firmada por testigos, Valdivia no podía repartir tierras ni encomiendas.

Acta de fundación de Santiago de Chile. Redactada por Luis Cartagena

Cartagena tuvo que escribir el acta de memoria tres años después del incendio, asegurándose de incluir los nombres de los 150 conquistadores originales para que sus derechos de vecinos fundadores quedaran garantizados para la posteridad, los nombres que quedaron grabados en la historia representan a la élite de la hueste de Valdivia.

Inés de Suarez. Aunque legalmente en 1541 las mujeres no firmaban actas de fundación de ciudades, la presencia de Inés de Suárez fue fundamental. Ella era la mano derecha y pareja de Valdivia. Participó activamente en la defensa de la ciudad y en la organización de los suministros. En la práctica, su opinión pesaba tanto o más que la de los alcaldes recién nombrados, siendo la única mujer española que sobrevivió a los horrores del primer año de Santiago.

Francisco de Aguirre, «El León de la Conquista», primer alcalde ordinario de Santiago, uno de los hombres más rudos y polémicos. Valdivia confiaba plenamente en él por su ferocidad en combate. Más tarde fundaría la ciudad de La Serena.

Francisco de Villagra. Si Valdivia era el cerebro, Villagra era el brazo ejecutor. Era un estratega militar brillante y gozaba de una lealtad absoluta entre los soldados. Regidor del primer Cabildo, llegaría a ser Gobernador de Chile tras la muerte de Valdivia. Su papel fue clave para mantener la colonia en pie tras los desastres iniciales.

Pedro de Gamboa. Sin él, Santiago hoy sería un laberinto. Encargado de medir y repartir los solares con cordel en mano, fue el urbanista que diseñó el trazado de damero que aún sobrevive en el centro de la ciudad. Estableció el estándar de cómo debían construirse las ciudades en el Cono Sur.

Gerónimo de Alderete. Tesorero Real. Tenía la misión de vigilar el Quinto Real (el 20% de las riquezas para el Rey). Quizás el mejor amigo de Valdivia y su hombre de confianza para las misiones diplomáticas. Murió en el mar cuando regresaba de España tras haber sido nombrado sucesor de Valdivia por el propio Carlos V.

Juan Jufré. Alcalde de Santiago en 1541. Representaba el ala más empresarial de la expedición. Era un hombre con visión comercial y logística. Fundó la ciudad de Mendoza (en la actual Argentina) y fue uno de los hombres más ricos del Virreinato gracias a sus molinos y astilleros.

Luis de Cartagena Escribano Público. Sin su pluma y su fe pública, el acto no tenía validez legal ante España.

Rodrigo de Quiroga. Capitán y futuro Gobernador. Un hombre equilibrado que más tarde se casaría con Inés de Suárez.

Fray Rodrigo González Marmolejo. Primer sacerdote de Santiago. Representaba el testimonio eclesiástico necesario para toda empresa española.

Juan Fernández de Alderete. Regidor.

Algunos de estos firmantes terminaron odiándose o enfrentándose en guerras civiles en Perú años más tarde. La lealtad en 1541 era una cuestión de supervivencia, no necesariamente de amistad.

Inés de Suárez

El acta es el primer registro de urbanismo planificado en Chile. A partir de su firma, se procedió a clavar el rollo o picota en la Plaza de Armas (símbolo de la justicia real).

El urbanista Pedro de Gamboa fue el encargado de diseñar la ciudad. Siguiendo las Ordenanzas de Descubrimiento y Población, utilizó el sistema de damero o tablero de ajedrez. Todo giraba en función a una Plaza de Armas central como corazón político, religioso y social. El Santiago inicial constaba de nueve calles de oriente a poniente y quince de norte a sur. Dividió las manzanas en cuatro solares para los primeros vecinos.

Este diseño además de estético facilitaba la defensa y la distribución equitativa de la tierra entre los colonos.

La actual Catedral se ubica en el mismo solar destinado a la iglesia mayor en el plano original de Gamboa. Las órdenes religiosas (mercedarios, dominicos, franciscanos) comenzaron a llegar poco después, estableciendo no solo templos, sino los primeros centros de enseñanza.

La planta original tenía la forma de un trapezoide que limitaba por el oriente con el cerro Huelén, por el norte con el Mapocho, por el poniente con la chacra de Diego García de Cáceres (aproximadamente la actual Av. Brasil) y por el sur con la cañada de San Lázaro, actual Alameda Bernardo O’Higgins.

El trazado original de Pedro de Gamboa sigue vivo en el corazón de Santiago. Las calles que hoy recorren millones de personas fueron delineadas por un grupo de 150 visionarios y supervivientes en el rincón más alejado del imperio hispano.

«La ciudad se fundó para que fuera cabeza de este reino, con la esperanza de que en ella se conservase la memoria de nuestra nación.»

Pedro de Valdivia al Emperador Carlos.

Plano inicial de Santiago

La paz inicial fue un espejismo. El 11 de septiembre de 1541, siete meses después de su fundación y mientras Valdivia se encontraba fuera de la ciudad en una expedición de reconocimiento, los indios Mapuche lanzaron un ataque masivo.

La situación era desesperada. Santiago era apenas un conjunto de chozas de paja y barro protegidas por una empalizada de madera. Los indígenas incendiaron la ciudad. En el momento más crítico, Inés de Suárez tomó una decisión brutal y pragmática; decapitó a siete caciques que estaban prisioneros para desmoralizar a los atacantes. Su acción, sumada a la resistencia feroz de los pocos españoles y yanaconas que quedaban, logró que los atacantes se retiraran.

Tras el ataque, Santiago entró en su periodo más oscuro. No había comida, las semillas para la próxima siembra eran mínimas. Los cronistas narran que tuvieron que vestirse con pieles de animales, y que Valdivia tuvo que racionar hasta el último grano de trigo. Pasaron dos años de aislamiento casi total hasta que en 1543 llegó el barco Santiaguillo con provisiones y refuerzos.

Pese a los desastres, la ciudad se reconstruyó, esta vez con materiales más sólidos. En el año 1552 el Emperador Carlos I le otorgó a Santiago el título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad.

Santiago de Chile nació del barro y el fuego, elementos que parecen haber forjado el carácter de una ciudad que, a pesar de terremotos, incendios y crisis, siempre vuelve a levantarse sobre sus propios cimientos.

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