REVANCHA EN AMIENS

Amiens (Francia) 1597. Es una fría mañana de invierno como otra cualquiera. En el cuerpo de guardia una veintena de soldados abre la puerta de la amurallada ciudad, pues hay un grupo de comerciantes con un grueso carro tirado por caballos y cargado de manzanas y otras “delicatessen”, esperando para vender su mercancía. Pero nada más abrir la puerta, algo sospechoso ven los soldados franceses en la mirada de aquellos hombres, y sin apenas tiempo para reaccionar, los presuntos comerciantes desenvainan bajo sus ropajes espadas y no otras “delicatessen”. Antes de escucharlos hablar, por el buen manejo de las espadas, ya saben los franceses que aquellos no son comerciantes sino soldados españoles.

Tan pronto como los franceses descubren el engaño, uno de ellos logra accionar el mecanismo de bajada de la enorme reja que protege la puerta pero antes de que esta baje por completo, cae sobre el carro que los espabilados españoles llevaban con esa intención, por lo que la maniobra resulta inútil; la puerta de la ciudad queda abierta para las tropas de su católica majestad, quienes ahora, como caídos del cielo salen de sus escondites alrededor de extramuros y entran por la puerta como sí del encierro de San Fermín se tratara. Y al tiempo que unos españoles entran en la ciudad, otros muchos franceses escapan de ella, según avanzan los primeros hasta el último rincón de la amurallada ciudad, de tal modo que en menos que canta un gallo, los que estaban adentro ahora están afuera y los que estaban afuera ahora están adentro.

Decían los nuestros que era tanta la multitud de gente que se veía desde la muralla en la campiña de los que salieron de la ciudad, que sí se defendieran con solas piedras, cuando no tuvieran otras armas, les dieran bien en que entender, y les dificultaran la empresa, que tan fácilmente y con tanta gloria consiguieron y tanto de mayor estimación, cuanto fueron menos los muertos de nuestra parte, que no pasaron de tres, y de los franceses más de cien

La operación había sido ideada por Hernán Tello, gobernador de Dorlan, y al mando de los veteranos disfrazados de comerciantes estaba el sargento mayor Francisco de Alarcón, quien recibió 200 escudos y el mando de una compañía como premio. El resto de hombres que habían sido escondidos en una ermita abandonada a las afueras de la ciudad, a la espera que los hombres de Alarcón tomaran la puerta, era una fuerza compuesta por unos 1.800 hombres, casi la mitad de ellos españoles.

La toma de Amiens según un grabado de la época por Franz Hogemberg
La toma de Amiens. Detalle del ataque sorpresa sobre la puerta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La toma de Amiens era la respuesta española a la reciente derrota en Tournay, a modo de golpe psicológico para que no subiera demasiado la moral del enemigo, aunque también resulto ser un golpe a la logística francesa, pues tras la toma de Amiens, se descubrió una gran cantidad de avituallamiento de todo tipo para el ejército francés. Fue un gran golpe de efecto y militar. El escritor Eduardo Marquina, en su obra “En Flandes se ha puesto el sol“, sobre la toma de Amiens, escribió:

Y fue que, apenas roto

por nuestro esfuerzo el muro,

salieron de la aldea en alboroto

sus gentes, escapándose a seguro.

Niños, mozas y ancianos,

en pelotón revuelto, altas las manos,

como a esquivar la muerte, que les llega

envuelta en el fragor de la refriega,

a derramarse van por los caminos

y los campos vecinos. 

Y de esta manera tan ingeniosa, se tomó la ciudad de Amiens en 1597.

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