LA TORMENTA DE IMÁGENES

Asaltos a iglesias, destrucción de imágenes religiosas y persecución, intimidación e incluso asesinatos a los católicos. Esa era la situación que había creado la nobleza protestante en los Países Bajos, incluso en pueblos y ciudades con mayoría católica. La guerra de religión provocada por los anglicanos en Inglaterra, con resultado de genocidio católico y la que había también en Francia, tenía pinta de extenderse a los Países Bajos. Era el año 1566, gobernaba en la región desde Bruselas, Margarita de Parma (hija de Carlos V) y reinaba el imperio Felipe II. A esta serie de disturbios se le conoce como Tormenta de imágenes por la gran cantidad de imágenes católicas que fueron vandalizadas y marcó el inicio de La Guerra de los 80 años ó como lo llamamos en España, La Guerra de Flandes.

CONTEXTO

A principios de abril de 1566, 350 pistoleros acudieron a Bruselas reunidos por el príncipe protestante Guillermo de Orange, como muestra de fuerza y con la intención de amedrentar a Margarita de Parma y a los católicos habitantes de la ciudad. En este ambiente, los nobles protestantes, le entregaron un documento a Margarita de Parma llamado “El Compromiso de Breda”, en el cual exigían la libertad de religión y la independencia de las provincias de los Países Bajos (cuyo reparto provincial en secreto ya se habían repartido para gobernarlas cada uno de los nobles protestantes). Aunque Bruselas disfrutó de una relativa paz durante la presencia de los pistoleros, simultáneamente en varias ciudades hubo asaltos vandálicos a iglesias, quema de biblias y todo tipo de disturbios que sembró el caos en los Países Bajos. Felipe II y Margarita de Parma no respondieron inicialmente con represión a esta violencia, es más, Margarita de Parma instó a Felipe II a que negociara y concediese más privilegios a la nobleza protestante y aunque El Rey Prudente” no hizo caso a la princesa, tampoco ordenó castigo a los sediciosos. Solo la reacción de los ciudadanos católicos que terminaron haciendo frente a los alborotadores, acabó con la violenta revuelta… Temporalmente, porque sí algo demostró la historia con los sucesos posteriores, es que los protestantes solo buscaban la guerra contra España.

Margarita de Parma. Gobernadora de Los Países Bajos (1559 – 1567)

LA GOTA QUE COLMÓ EL VASO

Haciendo caso omiso a los consejos de Felipe II, Margarita de Parma, creyó que mostrándose receptiva acabaría con el clima de violencia y accedió a las peticiones de la nobleza protestante. Los alborotadores fueron perdonados y permitió la libertad de religión para la practica del protestantismo. La única condición era que debían abandonar las armas y que no estorbaran el ejercicio de la Fe católica, de igual manera que a ellos no se les estorbaba. Pero como el asunto de la religión solo era una excusa para la nobleza protestante, la tolerancia mostrada por Margarita de Parma no solo no causó efecto, sino todo lo contrario; la difamatoria campaña mediática de bulos contra España y la violencia contra todo tipo de manifestación católica, fuese persona física o patrimonio cultural, aumentó hasta tal punto que a mediados de agosto volvieron los disturbios y asaltos a iglesias católicas. Pistoleros, delincuentes, agitadores y charlatanes actuaban de manera sincronizada por toda la región, armados y con miles de pasquines y panfletos llenos de odio y mentiras contra España, como el bulo que España quería implantar la Inquisición, algo que nunca ocurrió y que no era decisión de Felipe II sino del Papa. Esta ola de violencia física y especialmente la costosa campaña mediática, no era espontanea, sino que estaba bien organizada y financiada por la nobleza protestante alemana, Inglaterra y Francia que vieron en todo esto un motivo excelente para debilitar a España. Este suceso histórico es conocido como “La Tormenta de Imágenes”, debido al cuantioso vandalismo que sufrió el patrimonio católico, especialmente las imágenes religiosas que en la doctrina luterana y calvinista son tabú.

Grabado de la época de un asalto a una iglesia en agosto de 1566

En vista que los protestantes no abandonaban los ataques, Felipe II cansado del choteo, anuló la ley de libertad religiosa y encargó al Duque de Alba la organización de un ejercito para restaurar la paz en la región. La determinación de Felipe II no era un acto impulsivo decidido a la ligera, sino que buscaba una reacción. Sabía que la libertad religiosa solo era un pretexto urdido por la nobleza para manipular a la plebe, como demostraba que aunque la había habido, no se había conseguido el fin de los disturbios. Con estas medidas tan drásticas la intención era desenmascarar a cada uno de los miembros de la nobleza flamenca para que se posicionasen explícitamente a favor o en contra de España y así fue. Ese fue el caso de Guillermo de Orange, quien públicamente hasta entonces alegaba que permanecía fiel al rey de España, mientras que en secreto se dedicaba a organizar la rebelión contra España. Así que en vista de la situación extrema que Felipe II había provocado, a Guillermo de Orange no le quedó más remedio que quitarse la careta, declararse en rebeldía y exiliarse en la Alemania protestante. Otros nobles protestantes también se vieron forzados a declarar públicamente su posición en contra del rey de España. Ahora el rompecabezas político quedaba esclarecido.

Como era de esperar, en cuanto llegó la noticia de la inminente llegada del Duque de Alba con su ejercito, volvió el ambiente de guerra civil y comenzaron de nuevo los asaltos en las ciudades dependientes de los nobles flamencos que se habían declarado contra España; Amberes, Valenciennes, Tournay, Maastricht, Bois le Duc, Utrecht, Rotterdam y Groninga.

Mapa de los Países Bajos en 1566

RESTAURAR EL ORDEN

Como Margarita de Parma no tenía suficiente fuerza militar para hacer frente a los disturbios, siguiendo instrucciones de Felipe II, ordenó reclutar tropas católicas en Flandes y Alemania para proteger a la población católica a la espera de la llegada del ejercito del Duque de Alba. Pero en vez de esperar su llegada como le aconsejó Felipe II, decidió empezar las acciones militares con su escaso y limitado ejercito local para terminar con los disturbios y con la intención de afianzar su imagen como gobernadora.

La hija de Carlos V envió una fuerza de unos 1.000 hombres, al mando del Señor de Noirquermes, a la ciudad de Tournay y en su camino se encontraron con 4.000 tipos que se dirigían a Valenciennes para unirse a la revuelta. Mataron a la mitad y la otra mitad huyó o fueron apresados. Al llegar a Tournay, la ciudad se rindió y se restableció el gobierno. Después fueron a Valenciennes, una ciudad más importante que tras dos días de asedio se rindió y los cabecillas fueron ejecutados. Cuando en Maastricht se enteraron que el pequeño ejercito de Margarita de Parma se acercaba a la ciudad, se rindieron y aceptaron gustosamente que tan solo se ejecutara al cabecilla de la ciudad. Y cuando en Bois le Duc, se enteraron que los de Maastricht se habían rendido, ellos también se rindieron.

El siguiente objetivo era Amberes, una ciudad grande que se había convertido en el bastión de los protestantes. Para retomar el control de la ciudad no bastaban las tropas que mandaba el Señor de Noirquermes, por lo que se le unió otro pequeño ejercito al mando del Señor de Meghem, otro flamenco leal a Felipe II. Ahora eran dos pequeños ejércitos pero no necesitaron disparar ni una bala porque antes que llegasen, los católicos de Amberes se rebelaron contra los protestantes y los expulsaron de la ciudad a palos. Casi al mismo tiempo que salían “por patas” unos, entraban los otros. La pérdida de Amberes fue un duro golpe para los protestantes y especialmente para Guillermo de Orange, que en tuvo que huir precipitadamente de Amberes, amenazado incluso por los suyos:

El de Orange, viendo el contrario efecto de lo que esperaba y rota su tropa, intentaba apaciguar los ánimos a los suyos y ellos le culpaban de la muerte de sus parientes y amigos con tal furia que uno le puso una pistola en el pecho, lo cual le hizo retirarse del tumulto.

Bernardino de Mendoza

La derrota de Amberes causó una gran desmoralización en los protestantes. Guillermo de Orange vendió todas sus pertenecías en Flandes y escapó a la Alemania protestante. Las otras ciudades donde los protestantes se habían sublevado, se rindieron y acataron la autoridad de Margarita de Parma y la del rey de España. Se encarceló a los cabecillas y se castigó a quienes habían atacado iglesias y fieles. Restablecido el orden, Margarita de Parma escribió a Felipe II rogando que no enviase al Duque de Alba, temerosa que la autoridad del Duque eclipsara su poder. Pero Felipe II, no dudaba que Inglaterra y Francia seguirían favoreciendo el desorden, financiando a los protestantes y que tarde o temprano volverían los disturbios a los Países Bajos, estaba decidido a evitar que se repitieran en Flandes las matanzas de católicos que ya había habido en otros lugares de Europa. La decisión estaba tomada; El Duque de Alba estaba en camino.

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