CUANDO ESPAÑA DIJO NO AL COMERCIO DEL OPIO

Es generalmente aceptado que el comercio de las drogas es un invento moderno, surgido en Estados Unidos en la década de los 60 y trasplantado a España a finales de los 70 pero basta con leer una de las páginas mas oscuras de la historia de Inglaterra y del resto de la Humanidad para descubrir que es algo muy antiguo y una arma de destrucción masiva. Nos referimos a la conocida como La Guerra del Opio, un suceso que para muchos es, con razón, el inicio del consentimiento y participación del “stablishment” en el lucrativo negocio de las drogas. Para no aburrir demasiado al público profundizando en este lamentable hecho histórico, resumiremos diciendo que fue una guerra que hizo Inglaterra a China para obligar a los gobernantes chinos a aceptar el cultivo y consumo del opio en la propia China. Tal cual, como suena.

Autoridades chinas destruyendo un cargamento de opio

A mediados del siglo XIX, la economía británica se encontraba al borde de la bancarrota. La Compañía Inglesa de las Indias Orientales necesitaba urgentemente encontrar un producto que fuera del interés para los chinos, pues estos rechazaban constantemente los artículos industriales que producían los británicos, ya que contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, China por entonces tenía una importante producción industrial moderna que hacía incensaría la mercancía ofrecida por los ingleses.

Ante la urgente necesidad de dinero, los comerciantes británicos y posteriormente su gobierno, decidieron imitar aquello que los holandeses llevaban haciendo desde el siglo XVI en Indonesia; Importar opio desde Bengala en cantidades ingentes. El opio, además de ser un negocio muy lucrativo, era un arma política y colonial muy efectiva, como habían comprobado siglos atrás los holandeses, quienes gracias al opio crearon unas narcosociedades adictas en Indonesia que terminó desplazando a los portugueses.

Aunque en un primer momento la importación del opio a China se hizo utilizando la falsa bandera del contrabando, la eficaz administración china comenzó a interceptar gran número de barcos y contrabandistas ingleses, incluso el emperador chino Lin Hse Tsu escribió una carta a la Reina Victoria de Inglaterra pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas:

 Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (…) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (…) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy graves a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. (…) Todo opio que se descubra en China se echará en aceite hirviendo y se destruirá. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (…)

Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839

Lord Palmerston, Primer Ministro de Inglaterra favorable al comercio del opio

Pero la carta del sabio emperador no sirvió de nada y Londres comenzó una serie de operaciones militares justificándolas con motivos ajenos al opio. El resultado final fue la derrota naval de los orientales y China fue obligada a firmar los Tratados Desiguales, abriendo varios puertos al comercio exterior con Inglaterra y anexionándose Hong Kong… Y millones de chinos adictos al opio.

El comercio del opio reportó tantos beneficios económicos que en 1865 se crea el banco HSBC para administrar las ganancias generadas por el tráfico de opio.

¿Y que tiene que ver todo esto con España…? Pues eso, nada. Aunque el comercio del opio en el lejano oriente era tan antiguo como el siglo XVI, España no aceptó utilizar el opio como mercancía, ni siquiera para venderlo más allá de sus territorios. Y fue precisamente ese tantas veces despreciado sentimiento católico, tan arraigado en la sociedad española de la época, el motivo por el cual España ni se planteó el comercio del opio, pese a contar con un favorable clima para el cultivo en Filipinas, la cercanía del archipiélago a las costas chinas y con una inmejorable infraestructura marítima en la región.

Solo Fernando VII aportó un borrón en el limpio papel que España durante siglos mantuvo respecto a tan deleznable comercio, al levantar la prohibición del cultivo del opio en los alrededores de Manila pero ni en eso fue secundado por su pueblo. El profundo sentimiento religioso del pueblo filipino y la gran cantidad de religiosos allí ubicados, hizo que nadie cambiara su tradicional cultivo por el opio.

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