LA CAMARADA, EL ARMA MÁS PODEROSA DE LOS TERCIOS

Uno de los más potentes factores que influyó en la fuerte cohesión interna de los Tercios fue la camarada. Cuando un tercio tenía que prolongar indefinidamente su estancia en un ciudad, algo que sucedía con bastante frecuencia, era habitual vivir en régimen de camaradas, que lejos de tener un significado político, se refería al hecho de compartir una misma cámara, habitación o vivienda alquilada, contribuyendo por igual a los gastos comunes. Solía estar compuesta por ocho o diez soldados que no eran agrupados a la ligera, sino que eran organizadas por los mismos soldados, bien por amistad, ser originarios del mismo pueblo ó como ocurría en muchas ocasiones, por ser miembros de una misma familia (hermanos, primos). Las camaradas forjaban una afectividad muy sólida en la cual los miembros se sacrificaban individualmente por el bien común y en caso de apuro se exaltaba el sentimiento de unión.

Tanta importancia tuvo esta costumbre nacida de manera espontanea ante la necesidad del alojamiento, que el embajador de Venecia en una carta al Dux, lo señaló como uno de los pilares de la fortaleza interna de los Tercios:

Hacen la camarada, esto es, se unen ocho o diez para vivir juntos dándose entre ellos el juramento de sustentarse en la necesidad y en la enfermedad como hermanos. Ponen en esta camareta las pagas reunidas proveyendo primero a su vivir y después se van vistiendo con el mismo tenor, el cual da satisfacción y lustre a toda la compañía.

Pero las camaradas no solo se hacían entre soldados, también entre oficiales y en ocasiones entre los propios maeses de campo, convirtiendo al tercio en una gran familia. Incluso una ordenanza de 1632 imponía que esta costumbre no debía desaparecer ni aun en tiempos de paz, si es que los hubiera:

Las camaradas son las que más han conservado a la nación española, porque un soldado solo no puede entretener el gasto forzoso, como juntándose algunos lo pueden hacer, ni tiene quien lo cure y lo retire, si está enfermo o herido. 

Este sentimiento de unidad fue una poderosa arma contra el enemigo y evitó el desmoronamiento de la supremacía de España en Europa cuando los numerosos motines por falta de pago, hacían estragos dentro de los Tercios. Un claro ejemplo es la carta que enviaron los soldados de Flandes a los amotinados españoles en la ciudad de Alost, pidiendo que abandonaran temporalmente el motín para socorrer a los compatriotas sitiados en Gante:

Prometemos como españoles y juramos como cristianos de morir por ellos, como amigos por amigos y hermanos por hermanos. Porque Españoles pelear tienen por gloria, y vencer por costumbre, pues vamos señores por amor de Dios a socorrer el castillo de Gante donde están nuestros amigos y hermanos.

Y así fue, dicho y hecho. Palabra de camarada.

 

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